El estudio del pintor Manuel Freytez

El arte, las composiciones musicales, la pintura, la rectitud y puntualidad, fueron parte de su trayectoria. Y su condición de padre, esposo, hermano, tío, vecino, amigo, profesor y compadre, colmaron su vida diaria para personificarlo como un buen ciudadano.

Raúl Freytez / Fotos: Alberto Olivares

El estudio del pintor de la Escuela de arte Manuel Freytez. (Foto: Alberto Olivares)
El estudio del pintor de la Escuela de arte Manuel Freytez. (Foto: Alberto Olivares)

El 24 de enero de 2017 recibí la llamada de un número de sólo cuatro dígitos -0311- exactamente a las 7:54 de la noche. Luego escuché la voz de Manuel Alejandro (Michino), que en un saludo amoroso pero fugaz, me dijo: “Tío, a mi papá lo acaban de llevar infartado a la Clínica San Ignacio. Por favor, te lo encargo. Haz lo que debas mientras llegamos…

En menos de diez minutos ya estaba con mi hija Orianna en la sala de emergencia donde mi compadrito estaba siendo atendido por la doctora Naylet Pimentel. Fue una escena impactante. Ahí estaban Maite, Emperatriz y David, nieta, hija y yerno. Él estaba azarado, quejándose con un fuerte dolor en el centro del pecho. Tomé su mano izquierda, le hablé; escuchó mi voz y los ojos se le agrandaron: “compadrito me estoy muriendo”, me dijo entre gritos desesperados. Habló con Maite, luego con Emperatriz e hizo salir a todos para hablar conmigo.

La doctora había logrado calmarlo y empezamos a enredarnos en rimas de palabras a las que estábamos acostumbrados. Pero el dolor jamás cesó, la intranquilidad aumentó y las bromas se acabaron cuando me dijo con voz muy seria y entrecortada: “atiéndame, póngase serio, me estoy muriendo”. Y sin querer me convirtió en su confesor: “(…) eso tiene que hacer cuando yo fallezca”. Hablamos largamente hasta que a las 10:45 de la noche lo trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) con un severo síndrome cardíaco.

Escolté la camilla hasta la sala solitaria y fría de la UCI. Sería la última vez que lo vería con vida. Al día siguiente, el 25 de enero de 2017, a las 3:15 de la tarde dejó de latir el corazón de Manuel Amado Freytez Quiñonez. Un paro cardíaco había dejado sin maestro el estudio del pintor.

El profesor Manuel Amado Freytez Quiñonez, pintado por el maestro Rafael Montilla.
El profesor Manuel Amado Freytez Quiñonez, pintado por el maestro Rafael Montilla.

Maestro normalista

La historia inicia con don Amado José Freytez Rodríguez, funcionario de carrera de Malariología, una institución al servicio del pueblo cuyos trabajadores profesaban dedicación por alcanzar la superación de las regiones, especialmente del área rural, que se hallaban flagelados por distintas enfermedades propias de las malas condiciones sanitarias y la proliferación de zancudos.

El General Eleazar López Contreras crea en 1936 el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, y ese mismo año el Congreso Nacional sancionó la ley de defensa contra el paludismo y funda la Dirección Especial de Malariología con el doctor Arnoldo Gabaldón como su director fundador, quien rápidamente creó la Escuela para la formación de expertos malariólogos, con el objetivo de enseñar a mantener el control del paludismo a través de la investigación y acciones para erradicar en las zonas palúdicas más acentuadas de Venezuela con la utilización del D.D.T. para el exterminio de los vectores de la malaria.

El Dr. Arnoldo Gabaldón contrató a don Amado Freytez Rodríguez entre muchos funcionarios con la responsabilidad de viajar constantemente por varias ciudades del país para fundar oficinas con áreas especialmente adecuadas para construir letrinas, guardar materiales e insumos hacia la erradicación del paludismo en esas regiones. Poco tiempo después ingresó a Malariología José Ramón, el hijo mayor de don Amado. Fue así como la familia Freytez Quiñonez se hizo viajera, y algunos de sus hijos nacieron en Barquisimeto y en otras regiones del país, como es el caso de Manuel Amado Freytez Quiñonez que nació en Valencia el 29 de noviembre de 1944.

Por un tiempo la oficina de don Amado estuvo en el pueblo de Güigüe, municipio Carlos Arvelo del estado Carabobo, donde Manuel cursó sus primeras letras, para luego ingresar a la “Escuela Normal Simón Rodríguez” de Valencia, donde logra graduarse a la edad de 16 años, e inició su carrera como Maestro Normalista, y por su experiencia, don de gente, preparación académica, gerencia y cultura general le designan director de la Escuela Básica “Buría”, de Nirgua, durante las horas del día, mientras que en el horario nocturno trabajaba también en la dirección del Centro de Cultura Popular “Francisco Javier Ustáriz” protegida por el cerro El Picacho.

Su pasión por la docencia fue natural, tan igual como el afecto por la cultura al atrapar en su alma el fervor por la lectura y la escritura. Fue compositor, afinado tenor y director de corales, aunque su pasión eterna fue la mandolina que tocaba a la perfección. Ya antes había incursionado en el arte del pincel con el maestro Rafael Montilla, el gran pintor nirgüeño y luego ofreció esos conocimientos a Rubén Serrano, de origen larense, quien habría de ser un reconocido pintor de bodegones. También admiró y compartió experiencias artísticas con Luis Guarenas, sobre todo en el arte de la espátula, y de igual forma con Chichita Roldán y Carmen Elena Pérez de Herrera, apreciadas maestras del pincel y el óleo, ambas de grata recordación.

Estudiantina y Cuarteto Smurfit-Mocarpel. Disco Visión Porteña (1989)
Estudiantina y Cuarteto Smurfit-Mocarpel. Disco Visión Porteña (1989)

Cuerdas y voces

Hacia el año de 1989 surge una de las obras musicales que recorrería varios países, a través de la Estudiantina y cuarteto Smurfit-Mocarpel con el disco (acetato) Visión Porteña (1989), dirigido por Manuel Freytez Quiñonez, que también tocaba la mandolina, junto a su hijo Manuel Alejandro, Enrique Tirado Freytez, Gustavo Quintero y Vicente Díaz; en las guitarras Enrique Tirado Espinoza, Jorge Costrá y Pedro Sánchez; en el cuatro, Fernando Sánchez y Gisela Tirado Freytez, y en el contrabajo Franklin José Sánchez. Una producción discográfica que vio la luz gracias al respaldo del ingeniero Roger Fairest, gerente fundador de esa importante empresa yaracuyana.

Mucho tiempo antes había formado el Coro de voces de la Asociación de Pintores y Similares de Nirgua (APISNIR), que dirigió junto al maestro Arístides Sanchez, donde participaron, entre otros talentos, Héctor y Berta Silva; Ilsa y Mary Moreno, así como las hermanas Carmen, Aracelys y Faridy Freytez. También incursionó en el canto con varias agrupaciones musicales como primera voz (tenor), junto a Franklin Sánchez y el Trío Universitario, así como también con el Trío Los Galanes, en esta ocasión como ejecutante de la mandolina, junto al reconocido cantautor Armando Arteaga, Ramón “Copito” Salcedo, Isidro Cañizales, Efraín Guevara Iglesias y Luis Garranchán. De igual forma compartió con el tenor Arístides Sánchez, así como Héctor y Harny Silva (mandolinistas maestros), nirgüeños los tres, todos ellos gente nuestra, aquilatada su huella en cada armonía por lo que ya forman parte del acervo musical yaracuyano.

Los talentosos músicos del Instituto Universitario de Tecnología del Yaracuy (IUTY), junto a los maestros Franklin Sánchez, Manuel Freytez y Gerson Casanova.
Los talentosos músicos del Instituto Universitario de Tecnología del Yaracuy (IUTY), junto a los maestros Franklin Sánchez, Manuel Freytez y Gerson Casanova.

Cultura a raudales

Ya hacia el año de 1973, el profesor Freytez obtuvo el traslado a la Escuela “Padre Delgado” de la ciudad de San Felipe, como subdirector, pero ese empeño incansable por apuntalar la cultura regional le estimuló a ocuparse en la formación de estudiantes en el área artística y fue musicalizador a medio tiempo en el Instituto Universitario de Tecnología de Yaracuy (IUTY), hoy Universidad Politécnica Territorial “Arístides Bastidas”, para esparcir cultura a raudales.

Estando en el IUTY se hace cargo de la estudiantina y del orfeón Cuerdas y Voces del Yaracuy, durante el período 1985-1991, donde compartió con Franklin Sánchez, Alberto Rubio Bencomo, Ledy Vicierra, Josefina “Nena” Graterón, Seidel Gutiérrez, Froila Gil, Libey Ríos, Sara López, Oriol Parra Yarza, Gerson Casanova e Iván Chejade, entre muchos talentosos músicos, con quienes viajó por Venezuela y algunos países para compartir con el mundo la calidad de sus interpretaciones, en gratas vivencias que marcaron su legado musical y artístico por los caminos de la enseñanza y el arte, ataviado de un innegable buen trato cuyas frases fueron parte de su galanura: “es un honor ser tu amigo”; “considéreme su servidor”; “su tiempo es tan valioso como el mío, por eso lo respeto…”; “si yo puedo, usted también”; "siempre hay que confiar y esperar", frases, hechos y realidades que hoy forman parte de su historia convertida en música, pinturas al óleo, cantos, composiciones y retratos, como su razón de ser en el mundo del arte.

Manuel Freytez fue estricto y respetuoso a la hora de acordar un encuentro o un trato, que sellaba con un fuerte apretón de manos.
Manuel Freytez fue estricto y respetuoso a la hora de acordar un encuentro o un trato, que sellaba con un fuerte apretón de manos.

Personificación de la rectitud

Un hombre y su trágica historia se hizo leyenda con la novela de Alejandro Dumas: “El Conde de Montecristo”, sobrenombre que le endilgó don Amado Freytez Rodríguez a su hijo, Manuel Amado, pues éste era en verdad estricto y respetuoso a la hora de acordar un encuentro o un trato, que sellaba con un fuerte apretón de manos. Era puntual, tal como Edmundo Dantés (El Conde de Montecristo). Si él decía que iba a estar en un lugar determinado a las 2 de la tarde, llegaba a ese sitio diez minutos antes, y también fue reconocido por cumplir con la palabra empeñada; jamás tuvo deudas; no toleraba la hipocresía, detestaba el desorden y era un apasionado de las canciones y películas rancheras, además de un imperdible jugador de dominó, aficionado a la lectura, a la pesca y de paso bromista y amante del chocolate.

El salón principal de su casa, en la Urbanización Fundesfel I, lo convirtió en la “Escuela de Pintura Manuel Freytez”, ya jubilado del Magisterio, para enseñarles a los niños, adolescentes y adultos el arte del pincel, dibujo y pintura, en texturas de matices que hoy ostentan con orgullo los cientos de artistas en los cuatro puntos cardinales del estado Yaracuy, esculpidos por sus manos los martes y fines de semana puntualmente.

De modo que el arte, las composiciones musicales, la pintura, la rectitud y puntualidad, fueron parte de su trayectoria. Y su condición de padre, esposo, hermano, tío, vecino, amigo, profesor y compadre, colmaron su vida diaria para personificarlo como un buen ciudadano entregado en cuerpo y alma a enaltecer el gentilicio y culto a la yaracuyanidad.

Manuel Freytez no tomaba licor, aunque fue un bohemio empedernido, y su pasión por el arte, según él, se inició desde el vientre de Rosa Alejandrina Quiñonez de Freytez; una matriz enriquecedora pues la familia Freytez es musical y artística, y así también lo heredaron sus hijos; la primera hija del maestro, Magda Aracelis, posee una voz preciosa en brillante tesitura de soprano dramática, de rica y ardorosa sonoridad. Ada Yubirí heredó el talento de la pulcritud en sus acciones y es poeta, y su hija Luna Pacheco Freytez (nieta de Manuel Amado), toca piano y guitarra y es integrante de la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de Nirgua.

Su hijo Manuel Alejandro posee un canto bravío de barítono lírico, y toca la mandolina de un modo excelso; Ilsa Andreína ataca tesituras de mezzo-soprano con registros más graves y cálidos, de agradables sonoridades y exquisita dicción, mientras que Emperatriz del Carmen transita con brillo la senda del artista plástico, de la música y la escritura. Un tronco familiar de armonías y tonalidades, de ritmo y precisión, de cultura y arte; un torrente artístico que germinó en el alma de sus hijos y nietos.

Sus obras de arte se exhiben en muchos hogares e instituciones de Yaracuy, Venezuela y el mundo.
Sus obras de arte se exhiben en muchos hogares e instituciones de Yaracuy, Venezuela y el mundo.

El estudio del pintor

Luego de su paso por los pasillos y aulas del Instituto Universitario de Tecnología del Yaracuy (IUTY), ya jubilado se dedicó de lleno a la enseñanza del arte, y para ello convirtió un amplio salón de su casa en la “Escuela de Pintura Manuel Freytez”, con el apoyo perseverante de su esposa Ilsa Josefina, donde, en primera instancia, pasaba las horas pintando paisajes, marinas, rostros, bodegones y caballos, por lo que muchas de sus obras artísticas hoy forman parte de la colección de los amantes de las pinturas que traspasaron las fronteras patrias hacia Argentina, Estados Unidos, Puerto Rico, España, Rusia, Chile, Colombia, Canadá, Costa Rica, Egipto, Turquía, Chipre, Grecia y México, así como en muchos hogares de Yaracuy y Venezuela.

Sus obras fueron expuestas en varias ciudades del país a través de instituciones públicas y privadas, universidades, así como en el Museo “Carmelo Fernández” de San Felipe, en el Ateneo de Valencia y las ciudades de Valencia, Maracay y Barquisimeto. El óleo de “El chichero de la esquina de la Plaza Bolívar”, está exhibido en el Despacho del Alcalde de San Felipe; la obra “Bolívar pensador”, se encuentra en la oficina de la Secretaría general de Gobierno del estado Yaracuy y el óleo de “La Venerable Iglesia Matriz de San Felipe”, honra la Oficina del cronista oficial de San Felipe.

Su último lienzo “La potranca rucia”, que firmó el 17 de enero de 2017, “quedará para siempre en nuestra memoria, libre, briosa, recia”, según afirmó su sobrino Alberto Olivares, pues desde el 25 de enero de 2017 calló la voz del músico, ya los pinceles no acarician el lienzo del artista que dejó en la más triste soledad el salón de pintura, convertido ahora en un lugar colmado de pinturas, pulcro y cuidadosamente ordenado. Se fue el músico, pintor y compositor para transitar por los horizontes eternos del tiempo con su paleta de colores, sus pinceles, lienzos y caballetes; viajero del arte por el infinito azul del cielo.