SIMÓN BOLÍVAR MÁS ALLÁ DE LA ETERNIDAD

Bolívar escuchó, en los estertores de la muerte, los ladridos fantasmales de Nevado, el perro fiel que le acompañó en muchas batallas. Esa misma mañana del 17 de diciembre se lo encomendó para siempre al indígena Tinjacá, al que la tropa y oficiales de nuestro Simón, apodaron como “El edecán de Nevado”.

Raúl Freytez / Foto: Magaly Martínez / Óleo de Arturo Michelena año 1888

Óleo de Arturo Michelena (1888). Esta obra de arte se encuentra en el Palacio de Gobierno de Carabobo.
Óleo de Arturo Michelena (1888). Esta obra de arte se encuentra en el Palacio de Gobierno de Carabobo.

Quiso Dios de salvajes formar un gran imperio y creó a Manco Cápac; pecó su raza, y mandó a Pizarro. Después de tres siglos de expiaciones, ha tenido piedad de la América y os ha creado a vos. Sois pues el hombre de un designio providencial; nada de lo hecho atrás se parece a lo que habéis hecho; y para que alguno pueda imitaros, será preciso que haya otro mundo para libertar... Habéis fundado cinco repúblicas, que en el inmenso desarrollo a que están llamadas, elevarán vuestra grandeza, donde ninguno ha llegado. Vuestra fama aumentará así como aumenta el tiempo con el transcurso de los siglos y así como crece la sombra cuando el sol declina”. (Premonición del mestizo peruano José Domingo Choquehuanca).

Bolívar lo tuvo todo desde niño pues su familia era adinerada, y ahora yacía en un catre ante la vista de su séquito, extenuado por las enfermedades mal curadas, la crudeza de las batallas y las desilusiones. Aún era muy rico tan igual como la grandeza de su obra magna, la libertad de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela, así como la fundación de Bolivia. El Libertador jamás se aprovechó del erario público. “Declaro que no poseo otros bienes más que las tierras y minas de Aroa, situadas en la Provincia de Carabobo” (hoy territorio de Yaracuy), según el cuarto punto del Testamento de Simón Bolívar, del 10 de diciembre de 1830.

Ciudad de Santa Marta, departamento del Magdalena, Colombia. En sus últimas horas de vida, entre los sopores de la agonía, Simón Bolívar con seguridad cabalgó al galope de los recuerdos. Se vio al frente de los soldados más valientes de la época; esos hombres sabían que en cada batalla su hora había llegado, pero antes de morir se llevaron con ellos por lo menos dos o más enemigos al infierno. ¿Trescientos años de calma no bastan?

Bolívar deliraba. Con los ojos cerrados se solazó en el aroma de las mujeres que tuvo a montones, y no solo por su grandeza de genio universal, sino también por su presencia “embrujadora”, “encantadora”, “galante”, sencillamente abrumadora. Pero no hay nombres. Los caballeros no tienen memoria.

De repente se vio niño en los brazos de quienes fueran sus nodrizas ocasionales, y su boca reseca saboreó la tibieza del líquido perlino de Luisa Mancebo de Miyares, una dama española y luego amamantado por Hipólita, una esclava negra de la familia Bolívar y Blanco. En ese instante sus labios se entreabrieron, pero no dejó escapar más que un débil gemido.

Bolívar recordó el tronar de la tierra tras el escape del ejército español que triplicaba sus fuerzas armadas con mayor número de soldados, pero los pocos patriotas que tenía a su mando, que luego se hicieron miles, buscaban la libertad de Venezuela aunque perdieran la vida en el intento.

El soldado recordó el recorrido a lo largo del río Magdalena, hasta llegar a Cúcuta, y de ahí rápidamente a San Antonio del Táchira, seguido de sus leales oficiales Ricaurte, D'Elhuyar, Urdaneta, Ribas y Girardot, entre muchos patriotas para iniciar la Campaña Admirable que lo llevó triunfante a Caracas. Era el año de 1813. Luego los vítores del pueblo llegaron a sus oídos: ¡Es el Libertador! Eso fue en Mérida. El sudor bañaba su frente y el escalofrío febril le hacía temblar cada palmo de su cuerpo. Sí. Libertador. Mi “Título más glorioso”.

El pueblo de Mucuchíes, en su Plaza Bolívar, erigió un monumento al indígena Tinjacá y a "Nevado".
El pueblo de Mucuchíes, en su Plaza Bolívar, erigió un monumento al indígena Tinjacá y a "Nevado".

Se me murió mi señor!”

Gritos y olor a pólvora. La guerra. O ellos, o nosotros. Y entonces firmó el Decreto de guerra a muerte. Corrió mucha sangre, pero ese apenas fue el inicio. Luego fue José Tomás Boves, después La Victoria, San Mateo y Carabobo. Los Llanos, Bogotá, Perú, Ecuador…El hedor a menjurjes, remedios y pócimas del doctor Reverend le hizo toser y de nuevo se desvaneció en la oscuridad de sus pesadillas, mientras recibía los santos sacramentos en las palabras serenas de Hermenegildo Barranco, el humilde sacerdote de Mamatoco, pastor de almas en ese poblado de Santa Marta.

Bolívar escuchó, en los estertores de la muerte, los ladridos fantasmales de "Nevado", el perro fiel que le acompañó en muchas batallas. Esa misma mañana del 17 de diciembre se lo encomendó para siempre al indígena Tinjacá, al que la tropa y oficiales de nuestro Simón, apodaron como “El edecán de Nevado”.

Ahora le obligan a bajarse del lomo de su caballo Palomo, su corpulento ariete de batalla más preciado, un regalo de la campesina colombiana Casilda. Entre el rumor opacado y triste de los oficiales y allegados presentes en esa pequeña habitación de la Quinta San Pedro Alejandrino, la bestia de pelaje blanco escuchó la débil orden de su amo. Un relincho hizo palpitar las sienes del Libertador. La orden era esperarlo más allá de la eternidad.

El 17 de diciembre de 1830 falleció Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, unos minutos después de la una de la tarde. Algunos autores afirman que a la 1:03.55. Tenía 47 años de edad. El médico que estuvo a su lado, Alejandro Próspero Reverend no pudo hacer nada más para mitigar su agonía. José Palacios, su mayordomo oficial, en un rincón del cuarto evocó las frases de Su Excelencia: “Vámonos, aquí no nos quieren”, y exclamó entre sollozos: “¡Se me murió mi señor!”.

Los rios Yaracuy y Aroa fluyen paralelos, pero unidos al torrente de sus aguas plenas de identidad. (Foto: Magaly Martínez)
Los rios Yaracuy y Aroa fluyen paralelos, pero unidos al torrente de sus aguas plenas de identidad. (Foto: Magaly Martínez)

Bolívar y Yaracuy

Yaracuy está unido estrechamente a la vida del Libertador, un orgullo que es absolutamente nuestro, pues su bisabuela Josefa Marín de Narváez, es de Aroa, y aquí se forjó gran parte de la fortuna que heredarían los Bolívar. Hay historia y tradición, material de apoyo bibliográfico, testimonios claros que precisan con certeza que Aroa fue concedida por el rey Felipe IV al capitán Francisco Marín de Narváez, según real cédula del 21 de agosto de 1663 por la cantidad de 40 mil pesos, que incluía todas las montañas, cerros y valles con sus ríos y riachuelos, así como las costas del mar Caribe, además de los esclavos, edificaciones, herramientas, animales de carga y trabajo, e incluso las familias del pueblo de San Nicolás, como se conocía el vasto territorio.

Un extracto del libro “Contribución a la Historia Económica de las Minas de Aroa”, de Carlos Bowen, (2005), editado para conmemorar el cuatricentenario de las tierras y minas de cobre de Aroa, revela los límites de la propiedad minera: NORTE, Tucacas y el Golfo Triste; SUR, el río Aroa desde su desembocadura hasta la boca del río Yumare; ESTE, el Golfo Triste desde la boca del río Aroa, hasta el Norte de Tucacas; OESTE, el río Tocuyo hasta su desembocadura.

Fue Thomás de Ponte, Justicia Mayor de Nueva Segovia de Barquisimeto, quien le otorgó el documento de posesión el 15 de mayo de 1664, a quien fungió de apoderado del capitán Francisco Marín de Narváez, para legalizar el espacio territorial de Aroa, antes denominado San Nicolás de Tolentino, que corresponde al que firmara el monarca español en la Real Cédula de 1663, geográficamente ubicado a poco más de doce leguas de las minas de cobre y riberas del cristalino río Aroa, por lo que Yaracuy posee costa marítima desde la Boca del río Aroa hasta la Boca del río Yaracuy, irrefutable por la tradición histórica que nos une al cordón umbilical del padre Libertador Simón Bolívar a través de su bisabuela Josefa Marín de Narváez, única hija y heredera del espacio geográfico conocido como Aroa, a través de quien fuera su padre el Capitán Francisco Marín de Narváez, tatarabuelo de Simón Bolívar. 

Ahora Simón Bolívar le pertenece al mundo entero, pues su gesta fue, es y será de libertad para la historia universal. El cuerpo del Libertador fue sepultado en el altar mayor de la Catedral Basílica de Santa Marta, hasta el año de 1842 que trasladaran su ataúd a la ciudad de Caracas, en el Templo de San Francisco para los funerales de rigor. Posteriormente su féretro fue conducido a la cripta de los Bolívar y Palacios en la Capilla de la Santísima Trinidad de la Catedral caraqueña. Luego su tumba estuvo ubicada en la nave central del Panteón Nacional de Venezuela y en la actualidad sus restos mortales reposan en una urna de cristal en el nuevo mausoleo construido como una extensión del Camposanto, obra dirigida por el arquitecto Francisco Sesto. La urna de plomo donde estuvo desde 1876 hasta 2011 está en el Museo Bolivariano”.

El general Mariano Montilla, siempre fiel al legado del Libertador, fue uno de los acompañantes de los últimos días de Bolívar, junto a otros oficiales, y contrató al médico francés, Alejandro Próspero Reverénd, quien aceptó la encomienda sin cobrar honorario alguno. Luego redactó 33 boletines dando parte del grave estado de salud del ilustre paciente.

 

BOLETÍN NÚMERO 32 (ÚLTIMOS DÍAS DEL LIBERTADOR)

Todos los síntomas están llegando al último grado de intensidad; el pulso está en el mayor decaimiento; el fácies está más hipocrático que antes; en fin, la muerte está próxima. Frotaciones estimulantes, cordiales y sagú. Los vejigatorios han purgado muy poco. —Diciembre 17, a las siete de la mañana.—REVEREND.

BOLETÍN NÚMERO 33

Desde las ocho hasta la una del día que ha fallecido S. E. el Libertador, todos los síntomas han señalado más y más la proximidad de la muerte. Respiración anhelosa, pulso apenas sensible, cara hipocrática, supresión total de orines, etc. A las doce empezó el ronquido, y a la una en punto espiró el Exmo. Señor Libertador, después de una agonía larga pero tranquila.—San Pedro, Diciembre 17, a la una del día—REVEREND.

Es copia: fecha a la una y media de la tarde.—Cepeda, Secretario.

Cartagena, enero 12 de 1831.

 

El secretario de la prefectura, JUAN BAUTISTA CALCAÑO.