San Felipe “Por la ruta del sol y del fuego”

“Se decreta como Himno Oficial de la ciudad de San Felipe, a la composición, letra y música del autor Diógenes Antonio Hernández, según acta de fecha 19 del mes de octubre del año dos mil, suscrita por un jurado conformado por personalidades calificadas, designadas por ese despacho”.

Raúl Freytez / Fotos: Magaly Martínez / Pedro Hernández

Un díptico realizado por la diseñadora gráfica Grecia Yánez, le será entregado a los escolares del municipio San Felipe, y ya el video del himno (música y letra) está en la página bitacoradelcronistasf.jimdo.com (Foto: Magaly Martínez)
Un díptico realizado por la diseñadora gráfica Grecia Yánez, le será entregado a los escolares del municipio San Felipe, y ya el video del himno (música y letra) está en la página bitacoradelcronistasf.jimdo.com (Foto: Magaly Martínez)

Según la Real Academia de la Lengua, el vocablo himno, del latín hymnus, y este del griego ὕμνος hýmnos, significa: “Composición musical emblemática de una colectividad, que la identifica y que une entre sí a quienes la interpretan”. Esto da como resultado una diversidad de composiciones musicales ideales para exaltar el gentilicio, respeto, identidad y territorialidad de las regiones donde surgen.

Los himnos son cantos de amor y fe por el terruño, y se manifiestan en las voces del pueblo que lo convierten en parte de su patrimonio cultural, pues aunque muchos tienen su autoría en letra y música, estos compositores transfieren su inspiración para ser cantados por los pobladores que a su vez lo difunden y convierten, con el pasar de los años, en ecos de identidad.

Así fue como se dio a conocer el canto de los sanfelipeños, “Por la ruta del sol y del fuego”, en el Parque Histórico Arqueológico San Felipe “El Fuerte”, el lunes seis de noviembre del año dos mil, en la Sesión Solemne y Extraordinaria efectuada para conmemorar los 271 años de cuando el rey Felipe V firmó la real cédula que le confirió condición de ciudad al “Cerrito de Cocorote”.

El Alcalde Víctor Moreno presidió la sesión que en el séptimo punto del orden del día se le daba lectura al Decreto de la creación del Himno del municipio San Felipe, momento en el cual se premió al Dr. Diógenes Antonio Hernández, como compositor de la letra y música del canto oficial de los sanfelipeños.

Días antes, el 27 de octubre del año 2000, el Alcalde Víctor Moreno, en uso de las atribuciones que le confería la Ley Orgánica de Régimen Municipal, artículo 74, ordinal 3ero, en concordancia con el artículo 36, ordinal 18, formuló el primer Considerando: “Que es deber del Alcalde y de la Cámara municipal contribuir al desarrollo de una identidad cultural propia, y del conocimiento de sus raíces para exaltar de esta forma los roles y protagonismos de las ciudades y sus habitantes”.

Y entre otros Considerandos, decretó: Artículo primero: “Se decreta como Himno Oficial de la ciudad de San Felipe, a la composición, letra y música del autor Diógenes Antonio Hernández, según acta de fecha 19 del mes de octubre del año dos mil, suscrita por un jurado conformado por personalidades calificadas, designadas por ese despacho”.

El Artículo segundo establece: “Téngase como Himno Oficial, al “Himno municipal de San Felipe”, en todos los actos públicos donde se haga necesaria la entonación de los himnos respectivos”.

Artículo tercero: “Publíquese y comuníquese en la respectiva Gaceta municipal. Dado, firmado y sellado en el despacho del Alcalde a los 27 días del mes de octubre del año dos mil. Firman el Alcalde Víctor José Moreno Escalona, y el secretario Gilbert Arturo Hernández Ojeda.

Diógenes Antonio Hernández, autor del Himno Oficial del municipio San Felipe
Diógenes Antonio Hernández, autor del Himno Oficial del municipio San Felipe

El autor

Diógenes Antonio Hernández nació en San Pablo, capital del municipio Arístides Bastidas, estado Yaracuy, el 20 de mayo de 1933; hijo de doña Emilia Hernández, quien desde muy niño le inculcó el amor al estudio, por lo que apenas terminó la primaria en la Escuela Federal Graduada "Carmelo Fernández", en su pueblo natal, inició una nueva travesía que lo llevaría a conquistar la instrucción secundaria en los Liceos "Agustín Codazzi", de Maracay y "Lisandro Alvarado" de la ciudad de Barquisimeto, de donde egresa como bachiller en Filosofía y Letras. Luego se inscribió en la Universidad Central de Venezuela (UCV), y con el respaldo de su tío Pedro Francisco Hernández, y su afecto por las leyes, egresó con el título de abogado en el año 1962.

Desde entonces su paso por la academia fue una constante como formador de muchas generaciones de estudiantes, bien como maestro de aula hasta alcanzar grandes responsabilidades como docente y gerente en el ámbito educativo del Instituto Universitario de Tecnología de Yaracuy (IUTY), en la actualidad Universidad Politécnica Territorial “Arístides Bastidas” y en la Universidad Nacional Abierta (UNA-Yaracuy), donde obtuvo el título de Magíster Scientiarum en Educación Abierta y a Distancia (Summa Cum Laude).

Entre 1984 al año 1993 coordinó el Núcleo Yaracuy del Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio - Universidad Experimental Libertador, en la actualidad en la honrosa condición de docente jubilado. La sala de usos múltiples del IMPM-UPEL lleva su nombre.

Diógenes Antonio Hernández es poeta, profesor, abogado, escritor, investigador de la historia y compositor, y entre sus obras poéticas se encuentran los libros: En la señal del viento; El ángel derribado; Cántaros de albores; Nimbo de laureles y la arcilla al fuego, así como el Pájaro teñido de infinito, que aunado a su condición de buen ciudadano, la vecindad le aprecia por su don de gente y entrega total a la ciudad de San Felipe a la que dedicó sus más hermosos versos convertidos en el Himno Oficial de los sanfelipeños.

José Joaquín Veroes alcanzó el grado de coronel graduado (julio de 1826), por órdenes del Libertador Simón Bolívar, luego de la Batalla de Ayacucho (Perú), el 9 de diciembre de 1824. (Ilustración: José Luis Díaz)
José Joaquín Veroes alcanzó el grado de coronel graduado (julio de 1826), por órdenes del Libertador Simón Bolívar, luego de la Batalla de Ayacucho (Perú), el 9 de diciembre de 1824. (Ilustración: José Luis Díaz)

“Por la ruta del sol y del fuego”

El Himno Oficial de San Felipe no ha sido difundido en las escuelas ni en las actividades protocolares, tal como lo ordena el Decreto 05 del año 2000, aun cuando es un hermoso poema hecho canción con agradables cadencias marciales, cuya letra guarda una estrecha relación con la historia de San Felipe, al punto de que hay que ser sanfelipeño para apreciar el valor fidedigno de nuestro gentilicio, sobre todo para comprenderlo en su justa dimensión.

De ahí el agradecimiento al profesor Miguel “Lucho” González, docente en el área de cultura (música) del Grupo Escolar República de Nicaragua, la Unidad Educativa Juan José de Maya y del Colegio Manuel Cedeño, por haber difundido nuestro canto municipal. A él, a los cronistas escolares, a Diógenes Hernández y a mi querido San Felipe, va dedicada esta crónica. Con toda el alma.

Cada vocablo es un poema, un mensaje de identidad convertido en el Himno de San Felipe, pues al compás de semblanzas históricas revela los acontecimientos notorios de lo que en un principio se conoció como el poblado “El Cerrito”, o los “Cerritos de Cocorote”, destruido en tres ocasiones, la última vez a sangre y fuego por las autoridades del Cabildo de la Nueva Segovia de Barquisimeto, reflejado así por Diógenes Hernández en el Coro del canto municipal, incorporada al hecho histórico de cuando José Joaquín Veroes alcanzó el grado de coronel graduado (julio de 1826), por órdenes del Libertador Simón Bolívar, luego de la Batalla de Ayacucho (Perú), el 9 de diciembre de 1824 al mando del general Bartolomé Salom, punto final del dominio español en América del sur: “Por la ruta del sol y del fuego,/ es mi llama ancestral una flor/ libertaria, con alas al cielo,/ que Ayacucho prendió en mi fervor”.

La rebelión de los criollos. Boceto del pintor venezolano Arturo Michelena para el 19 de abril de 1810. Obra sin fecha.
La rebelión de los criollos. Boceto del pintor venezolano Arturo Michelena para el 19 de abril de 1810. Obra sin fecha.

Los Hijos del Sol

El 19 de abril de 1810 se reconoce como el primer evento que da inicio a la causa de emancipación en Venezuela, “Alza el vuelo la recia protesta”. El Cabildo caraqueño cuestiona la autoridad del Capitán General, el Teniente de navío Vicente de Emparan, quien es llevado desde la Iglesia al balcón del ayuntamiento de Caracas, donde, en medio de sermones, él pregunta al gentío congregado en la Plaza Mayor si querían que él siguiera al mando. Detrás de Emparan estaba el sacerdote José Cortés de Madariaga, incitando con señales negativas, y de los ciudadanos allí reunidos, el primero que gritó ¡No!, fue el médico sanfelipeño José Rafael Villarreal: “Villarreal va de verbo febril,/ y Caracas que acera la gesta,/ vibra al son de mi Grito de Abril.”, y de inmediato todos corearon: ¡No lo queremos! De ese hecho surgió la famosa expresión de Emparan: “Pues yo tampoco quiero mando”.

Al pasar de los años, desde la ciudad del origen surgieron los patriotas sanfelipeños José Joaquín Veroes y José Gabriel Álvarez de Lugo, ambos guerreros de libertad; Veroes, militar victorioso en la Guerra de Independencia de Venezuela y Perú, mientras que Álvarez de Lugo combatió en la Campaña Admirable, de la Nueva Granada y en la Expedición de los Cayos junto al Libertador Simón Bolívar, del que también fue su secretario: “Los Cerritos lanzaron mi voz:/ Veroes, Lugo tramontan la cumbre/ ¡Son mis hijos los Hijos del Sol!”, de lo que se desprende la primera estrofa: “Alza el vuelo la recia protesta/ Villarreal va de verbo febril,/ y Caracas que acera la gesta,/ vibra al son de mi Grito de Abril./ Del rescoldo avivado en mi lumbre,/ Los Cerritos lanzaron mi voz:/ Veroes, Lugo tramontan la cumbre/ ¡Son mis hijos los Hijos del Sol!”

El cerro Chimborazo resguarda la ciudad de San Felipe, imponente en su mágico verdor. (Foto: Pedro Hernández)
El cerro Chimborazo resguarda la ciudad de San Felipe, imponente en su mágico verdor. (Foto: Pedro Hernández)

El Chimborazo resguarda a San Felipe

Se dijo, y está escrito, que los pobladores del Cerrito de Cocorote obtuvieron diversas mercancías a través del contrabando con barcos de banderas inglesas y holandesas, que intercambiaban por productos del campo, hasta que el monarca español ordenó la creación de la Compañía Guipuzcoana, en la ya conformada ciudad de San Felipe “El Fuerte”, y desde entonces todas las transacciones se hicieron a través de esta corporación.

Fue entonces cuando los productores del campo, afectados por los precios irrisorios que pagaba la Guipuzcoana por sus cosechas, entraron en convenios con Andrés López del Rosario, mejor conocido como el zambo Andresote, para que él les ayudara a trasladar estos productos desde el Golfo triste del Mar Caribe torrente arriba por el río Yaracuy, y así entre los años de 1732 a 1735 se produjo un fiero enfrentamiento convertido en insurrección entre este cabecilla de indígenas, negros y mulatos cimarrones contra los soldados del rey establecidos en la Compañía Guipuzcoana de San Felipe, (Ya Andresote gestaba un motivo).  Y aunque tal rebelión al final fue sofocada, ese fue el primer enfrentamiento contra el rey español en tiempos de la colonia. Con el pasar de los años se produjo el proceso de miscegenización, la mezcla de sangre indígena, ibérica y afrodescendiente, y nació otro gentilicio “mi abolengo español, otro albor”, así como también surgió la flama de la emancipación: “Cuando vino el tropel al estribo/ y fue toda mi tierra un temblor”.

En esos años de lucha por la independencia, los venezolanos decidieron desligarse del poder español (Al sumirme en la Patria aguerrida), hasta el 5 de julio de 1811, cuando se produjo el acto de "Declaración y redacción del Acta de Independencia", en la que estampó su firma el sanfelipeño Juan José de Maya, todos en la búsqueda de la libertad, (y detrás de Bolívar, mi vida), pues así como todos los hijos de Venezuela, la ciudad de San Felipe “El Fuerte” fue insurgente al formar parte de la autonomía de la patria con el (¡Chimborazo que escuda a Joaquín¡), que no es otro que el pico el Tigre, mejor conocido como el cerro Chimborazo a las faldas del río Yurubí en la ciudad del origen: “Ya Andresote gestaba un motivo/ mi abolengo español, otro albor,/ cuando vino el tropel al estribo/ y fue toda mi tierra un temblor./ Al sumirme en la Patria aguerrida/ firmó Maya aquella Acta, al clarín/ y detrás de Bolívar, mi vida:/ ¡Chimborazo que escuda a Joaquín!”.

El suelo fértil sanfelipeño bañado por el río Yurubí, una extensión de esmeraldas hecha naturaleza que hace de San Felipe la gema verde de Yaracuy.
El suelo fértil sanfelipeño bañado por el río Yurubí, una extensión de esmeraldas hecha naturaleza que hace de San Felipe la gema verde de Yaracuy.

En San Felipe Dios vela en paz

Se sabe que las semillas del cacao llegaron a estas tierras de manos de los campesinos de origen canario, y con el pasar de los años fue el fruto de mayor producción en tierras del imponente río Yaracuy. En la época colonial los pueblos de misiones produjeron excelentes frutos, gracias al impulso civilizador de los misioneros capuchinos andaluces, lo que permitió que florecieran haciendas en grandes extensiones de terreno donde progresó la cultura del cacao, hacia los albores de los siglos XVII y XVIII, haciendo de San Felipe “El Fuerte”, San Javier de Agua de Culebras, La Misión de Tinajas, la Misión de Nuestra Señora del Carmen, así como los valles de Yaracuy, un emporio de riqueza sin igual por la abundancia del petróleo colonial, el oro marrón de Venezuela, lo que significó un negocio financiero sin igual para la corona española, de donde surgiría la creación de la Real Compañía Guipuzcoana, que enviaba sus naves cargadas de estas semillas hasta Puerto Cabello, de ahí a La Guaira y posteriormente a España, tan igual que otros rubros como el café y papelón: “En las naos, el cacao de mi pulso/ a otros puertos llevó mi esplendor,/ y encendido de verdes mi impulso/ da el café caña dulce al sabor.

Este espacio geográfico que con el pasar de los años se denominó Yaracuy, mucho antes del año 1530 cuando llegó a este suelo Nicolás Federmann, fue asiento de extensas sociedades indígenas, habitada entonces por ayamanes, cuibas, ciparocotes, caquetíos y jirajaras, entre otras colectividades nativas. Los aborígenes caquetíos eran numerosos y fueron los primeros con quienes entabló alianzas el enviado de la Casa de los Welser, no así con los jirajaras, de la casta caribe; valientes hasta el último de los guerreros liderados por Parífano y luego al mando de Parifanelo, quienes lucharon frente al brío del conquistador español que al final diezmó esa comunidad indómita que prefirieron morir luchando sin rendirse jamás al conquistador: “Caquetío de la mano amistosa; Jirajara de afán pertinaz”.

Aunque el añil, planta silvestre de la cual se extraía el color azul para teñir las telas, se convirtió en el segundo producto de exportación a fines del período colonial, su cultivo fue más productivo en San Francisco Javier de Agua de Culebras (San Javier), entre otras regiones del centro del país, y así lo dio a conocer el autor del himno al conjugarlo con el azul del cielo sobre el suelo fértil sanfelipeño bañado por el río Yurubí, el lugar donde Dios, con excelsitud, creó la paleta de colores verdes más hermosos expuestos en las diferentes manifestaciones de sus recursos naturales; una extensión de esmeraldas hecha naturaleza que hace de San Felipe la gema verde de Yaracuy y Venezuela, “yurubiano de añil, miel y rosa: ¡Un edén donde Dios vela en Paz!”. “En las naos, el cacao de mi pulso/ a otros puertos llevó mi esplendor,/ y encendido de verdes mi impulso/ da el café caña dulce al sabor./ Caquetío de la mano amistosa;/ Jirajara de afán pertinaz;/ yurubiano de añil, miel y rosa: ¡Un edén donde Dios vela en Paz!”.