San Felipe “El Fuerte” y el terremoto de 1812

Se desconoce qué motivó a las autoridades de la Alcaldía del San Felipe renacido, a quitarle el calificativo “El Fuerte”. No hay documento alguno que testifique el por qué se le arrebató el nombre que con tanto esfuerzo lograran sus fundadores…

Raúl Freytez / Fotos: Magaly Martínez / Mariela León

La pila bautismal de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, que data del 17 de diciembre de 1748. (Foto: Magaly Martínez)
La pila bautismal de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, que data del 17 de diciembre de 1748. (Foto: Magaly Martínez)

Al atizar el calor de la memoria se pueden avivar también los instantes en que una población, ansiosa de seguir expresando su calidez humana tras el trauma de haberlo perdido todo, dejara lo que en una ocasión fuera el predio de mayor orgullo para sus habitantes. Y por encima de los avatares que les deparara el destino siempre buscaron amaneceres distintos, en el afán de cimentar las bases de un nuevo vecindario. Así sucedió con la ciudad del origen que en alguna ocasión fue reconocida como Cerrito de Cocorote.

Desde aquellos primeros años de enfrentarse a los oprobios del Cabildo de la Nueva Segovia de Barquisimeto, que logró destruir cualquier intento poblacional en el Gran Valle, los fundadores llegados del Archipiélago de las Islas Canarias, tildados de “invasores”, no doblegaron sus ansias de tener su propio poblado, a pesar de que destruyeran sus cosechas y viviendas en 1710, luego en 1717 y finalmente -a sangre y fuego- el 8 de septiembre de 1724. Estos hechos les obligó a mudarse al sitio de Valle Hondo, terreno adquirido años antes al hacendado de origen canario Juan Francisco Mampolao y Soler.

El Cerrito de Cocorote fue finalmente destruido a sangre y fuego el 8 de septiembre de 1724.
El Cerrito de Cocorote fue finalmente destruido a sangre y fuego el 8 de septiembre de 1724.

La cédula real del 6 de noviembre de 1729 llegó tarde

La perversidad de las autoridades monárquicas de Barquisimeto había llegado a límites inconfesables, de modo que sus desmanes fueron del conocimiento de las autoridades de la Provincia de Venezuela a través de Fray Marcelino de San Vicente, fiel creyente y promotor de la formación de pueblos en esta parte del mundo, que obtuvo el apoyo del Gobernador Portales y Meneses para exponerle al Rey Felipe V la inquietud de la población de “El Cerrito”, por lo que el monarca finalmente autorizó por Real Cédula la condición de Ciudad del Cerrito de Cocorote, el 6 de noviembre de 1729, con jurisdicción en el extenso Valle hasta la desembocadura del caudaloso Río Yaracuy, en el Golgo Triste del Mar Caribe.

Pero ya habían pasado cinco años de haberse poblado el sitio de Valle Hondo, cuando llegó la real cédula, y el primero de mayo de 1731 el primer Cabildo designado por disposición del Gobernador Don Sebastián de la Torre, le cambió el nombre descrito en la real cédula como “Ciudad del Cerrito de Cocorote”, por el de “Ciudad de San Felipe”, pues de acuerdo al santoral romano era el día del Apóstol Felipe, quedando de este modo como el Patrón espiritual de la naciente ciudad. Lo del título “El Fuerte” fue por la constancia de los habitantes en alcanzar a toda costa su emancipación del gobierno neosegoviano.

Así lo confirma el escritor y cronista Horacio Elorza Garrido, cuando indicó que “los pobladores deciden llamarlo SAN FELIPE, en abierta contradicción a la autoridad del rey, haciendo valer la soberanía de nuestro pueblo y su autodeterminación para regir su propio destino. No por ello deja de tener su connotación histórica la real cédula, ya que fue obtenida gracias a la lucha tenaz de los habitantes de El Cerrito, germen inicial de nuestra ciudad capital”. 

Peldaños del altar mayor de la Iglesia, Calle Real, Cárcel pública y lugar poblado de árboles donde antes estuvo la casa del Alcalde.
Peldaños del altar mayor de la Iglesia, Calle Real, Cárcel pública y lugar poblado de árboles donde antes estuvo la casa del Alcalde.

San Felipe y la Real Compañía Guipuzcoana

Desde entonces San Felipe “El Fuerte” prosperó, ya sin la amenaza constante del Cabildo de Barquisimeto, por lo que su producción agrícola y comercial repuntó con marcado éxito a través de la fundación de nuevas haciendas de cacao y caña de azúcar para la fabricación de papelón, desde San Javier y Albarico, pasando por San Felipe y Guama con grandes plantaciones del oro marrón colonial, coincidiendo con el establecimiento de la Compañía Guipuzcoana en 1728, que asumiría el monopolio de la comercialización para los productos que salían y entraban a la Provincia, punto de partida de lo que habría de ser uno de los centros económicos de mayor importancia en Venezuela con la llegada de los vascos.

La ciudad tenía una calle principal empedrada, la “Calle del Rey”, ubicada en lo que sería la prolongación de la calle 10, actual Avenida Caracas; la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, situada en la calle principal y frente a ella se encontraba la Plaza del Águila; dos cuadras más abajo la sede de la Compañía Guipuzcoana, la casa del Alcalde, y después la Policía y Cárcel Pública.

San Felipe “El Fuerte” se había convertido en el centro de abastecimiento por excelencia, entre Barquisimeto y Valencia por más de 80 años, y el censo poblacional ya contaba con más de siete mil habitantes cuando el terremoto del 26 de marzo de 1812 inmortalizó a la ciudad del origen. 

La falla sísmica cruzó por este lateral de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación. (Foto: Magaly Martínez)
La falla sísmica cruzó por este lateral de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación. (Foto: Magaly Martínez)

El terremoto del 26 de marzo de 1812

Ese día la feligresía estaba congregada en la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación para festejar el Jueves Santo y alrededor de las 4 y 7 minutos de la tarde, en cuestión de segundos, las aves negaron sus preciosas melodías enmudeciendo también el canto de las chicharras, mientras los perros con los ojos extraviados por el miedo buscaban refugio en lastimeros aullidos, corriendo hacia las afueras del poblado.

Una ráfaga de viento sacudió con furia el polvo de la Calle Real y algunos ramajes soltaron sus hojas escapando con la rabiosa ventolera. De pronto, un rugido tenebroso y desconocido plenó el ambiente entre gritos desesperados, y un gruñido sordo, ahuecado y profundo intensificaba el temor imperante sacudiéndolo todo violenta y espantosamente; cientos de vecinos salieron despavoridos de sus casas chocando unos con los otros entre el tumulto, mientras la tierra gemía mortalmente herida en su intimidad.

Los más creyentes saltaban entre los escombros buscando el amparo del templo para implorar entre plegarias y llantos, suplicándole a Dios que por ese instante parecía desampararlos. Para entonces todo era confusión y sobresalto, y tan sólo se atinaba a correr sin rumbo tratando de salvar sus vidas. Unos minutos más y las pesadas paredes de las casas antañonas y el Convento de los Capuchinos cedieron al telúrico movimiento.

Luego, entre el polvo y el crujir de las empedradas calles, se escuchó el traquetear del templo al venirse abajo estrepitosamente el pesado techo de cañas y tejas por el resquebrajamiento de sus columnas octogonales, opacando el llanto, oraciones y lamentos de quienes la ocuparan. Algunos huyeron hacia las afueras de la ciudad a cielo abierto, y cuando todo pasó, sólo el polvo revestía los sombríos escombros. 

Vestigios de las altas paredes de la Iglesia, donde se observan las columnas octogonales y la nave central del templo. (Foto: Raúl Freytez)
Vestigios de las altas paredes de la Iglesia, donde se observan las columnas octogonales y la nave central del templo. (Foto: Raúl Freytez)

Cenizas de Ave Fénix

Apagados lamentos se dejaron escuchar a ratos vistiendo de luto esa tarde del 26 de Marzo de 1812 y bajo la aglomeración de ladrillos, piedras y árboles caídos, yacía la hermosa ciudad de San Felipe, que en el lapso de segundos se había convertido en un osario de almas, donde hasta el mismísimo dolor escondía el rostro adolorido también de su desgracia.

Y para colmo de males, aún los pobladores del martirizado San Felipe tendrían que soportar nuevos tormentos, pues, luego del sacudón devastador, el cielo se cubrió de oscuras nubes y un torrencial aguacero inundó el vientre del Río Yurubí desbordando su cauce, y en su paso arrasador cubrió con fango los restos de la otrora hermosa y floreciente ciudad colonial, como el más triste epígrafe de un capítulo de incalculable horror.

Es rigurosamente cierto que, a pesar de la desventura por la que transitaron los sanfelipeños, su espíritu afanoso y combativo no se desmoralizó, pues luego del rugido de la naturaleza los sobrevivientes, aún con el espanto reflejado en sus rostros, hicieron lo indecible para remover los escombros a fin de rescatar al mayor número de víctimas en una extenuante jornada de varios días, junto al Vicario Bernardo Mateo Brizón, Cura Párroco de la localidad, de quien afirman textos históricos, consagraba la homilía en el Templo de Nuestra Señora de la Presentación ese infausto día en que la naturaleza colérica desfiguró el escenario en una zona de horror y sombras.

Esta pila bautismal revela su inmortalidad, tan igual como la ciudad de San Felipe "El Fuerte". (Foto: Mariela León)
Esta pila bautismal revela su inmortalidad, tan igual como la ciudad de San Felipe "El Fuerte". (Foto: Mariela León)

San Felipe "El Fuerte" es inmortal

Poco a poco, las poblaciones conmovidas por el terremoto empezaron su lenta reconstrucción, siendo San Felipe bastión de la perseverancia, pues aún con el llanto en las mejillas, un antifaz de alegría los hizo emerger de los escombros para rehacer la ciudad que tantos sacrificios y sufrimientos les costara en esos inicios del pueblo que quisieron llamar Cerrito de Cocorote, luego San Felipe “El Fuerte” y finalmente hoy, la hermosa ciudad de San Felipe que nos cobija bajo el esplendente sol de Yaracuy.

Del angustioso ayer sólo quedan las remembranzas del Cerrito de Cocorote, y más allá las evocaciones de la Iglesia donde se puede apreciar la pila bautismal con la inscripción: “Esta pila se hizo día 17 de diciembre de 1748 aun siendo mayordomo señor Barquilla a devoción de los hermanos”, pregonando en su altivez la herencia del San Felipe inmortal.

Un regio portal resguarda los vestigios sagrados de San Felipe "El Fuerte", la ciudad inmortal. (Foto: Freyvan Orozco)
Un regio portal resguarda los vestigios sagrados de San Felipe "El Fuerte", la ciudad inmortal. (Foto: Freyvan Orozco)

Vestigios sagrados

Así son sus vestigios sacros, sempiternos en toda su majestad, enaltecidos en tapices de ecológica esmeralda; un Camposanto que nos obliga a intimar con la riqueza de su pasado colmado de nobles huellas, para aferrarnos con más fuerza al baluarte de nuestras querencias, que desde su regio portal pareciera pregonar: ¡Conózcanme, aún vivo porque mis cenizas heredaron la fortaleza de mi nombre!

Se desconoce qué motivó a las autoridades de la Alcaldía del San Felipe renacido, a quitarle el calificativo “El Fuerte”. No hay documento alguno que testifique el por qué se le arrebató el nombre que con tanto esfuerzo lograran sus fundadores, pues luego del terremoto los sanfelipeños siguieron demostrando su acendrado espíritu combativo y su perseverancia para levantarse de las cenizas.

Lo cierto es que al pasar de los siglos, la ciudad de San Felipe ha crecido y sigue creciendo con más fuerza que nunca. Le suprimieron la designación “El Fuerte”, pero jamás su inigualable fortaleza.