Los pájaros vuelan y cantan en las escuelas

El hombre nunca es feliz aunque esté en una jaula de oro. Imagínense entonces a un ave, en virtud de la fortaleza que posee de volar y volar constantemente como su razón de existir, comer insectos, frutillas, aparearse, construir nidos, empollar los huevos y cuidar sus pichones para que el círculo de la vida se repita una y otra vez, como es lo natural, pues.

Raúl Freytez / Fotos: Cruz Durán, René Odeide y Diana Duque

Los Periquitos (Brotogeris jugularis), en bandadas alborotan el ambiente con sus voces estridentes. (Foto Cruz Durán)
Los Periquitos (Brotogeris jugularis), en bandadas alborotan el ambiente con sus voces estridentes. (Foto Cruz Durán)

Vivir en San Felipe es lo más cerca que se puede estar en lo que imaginamos como el edén, por ese compañero que nos alienta los días, tardes y noches con su gratificante paleta de colores: el imponente y majestuoso pico El Tigre, o cerro Chimborazo.

También estamos rodeados de naturaleza viva en el camposanto natural donde yacen las ruinas sacrosantas de la ciudad mártir en el Parque Histórico Arqueológico San Felipe “El Fuerte”, y a escasos metros de lo que conocemos como la zona sur de la capital, se encuentra un sitio emblemático por haber sido el lugar por excelencia para refrescarse en las pozas de “Tres quebrá”, convertida en la actualidad en un delgado hilo de agua, aún cristalino, a pesar de la invasión de aguas servidas y otros desperdicios al que ha sido sometido invariablemente.

El Turpial venezolano, (Icterus icterus), canta el himno de libertad de los venezolanos. (Foto: Rene Odeide)
El Turpial venezolano, (Icterus icterus), canta el himno de libertad de los venezolanos. (Foto: Rene Odeide)

Sonatas en el cielo

En ese verdor imperante, la vida vuela en el plumaje de las aves de disímiles colores y cantos. Entonces, en ese viaducto arbóreo entre el Chimborazo y el bosque capitalino, hay una trocha aérea de voces hermosas en el canto de los pájaros que a pleno vuelo nos regalan un concierto de colores y armonías deliciosas, bien en el Parque Leonor Bernabó, en la Plaza Bolívar de San Felipe, en los apamates de la Avenida La Patria con grandes parvadas de periquitos, o en el Parque Junín y en las barriadas de Marín-San Javier y Albarico con sonatas de azulejos, reinitas, canarios, cristofué, conotos, turpiales, gonzalitos, arrendajos y paraulatas. Otras aves muestran su imponencia en plumajes coloridos y envergadura al desplegar sus alas.

Las aves enjauladas muchas veces pierden el apetito y mueren en cautiverio. Es un acto criminal.
Las aves enjauladas muchas veces pierden el apetito y mueren en cautiverio. Es un acto criminal.

Es un acto criminal

Y pensar que algunas personas atentan contra esos suspiros de Dios, al atraparlos y enjaularlos para tener solo para ellos el canto lírico de los pájaros, sin pensar en que sus trinos jamás serán de alegría, sino de infinita tristeza por haber perdido la capacidad de volar en ese pequeño espacio donde se desesperan tras chocar y golpear cientos de veces su delicado cuerpo, al punto de dañar el plumaje en ese recinto infernal que los aprisiona.

El hombre nunca es feliz enjaulado, aunque su jaula sea de oro. Imagínense entonces a un ave, en virtud de la fortaleza que posee de volar y volar constantemente como su razón de existir, comer insectos, frutillas, aparearse, construir nidos, empollar los huevos y cuidar sus pichones para que el círculo de la vida se repita una y otra vez, como es lo natural, pues.

A esas personas que aprisionan aves les digo, que cuando al fin alguien abre la puerta de la jaula, los pájaros simplemente aletean fuertemente hacia el infinito, como papagayos al viento, lo más alto que puedan elevarlos sus alas, sin dejar atrás resquemor alguno por quienes fueran sus carceleros. Ellos vuelan para vivir libres, silvestres, salvajes, dirían algunos, sin percatarse de que salvaje es la misma humanidad que encarcela a un ser que nació para volar, cantar y alegrarnos la existencia con su mágica presencia.

Perico carasucia, (Aratinga pertinax). (Foto: Diana Liz Duque Sandoval)
Perico carasucia, (Aratinga pertinax). (Foto: Diana Liz Duque Sandoval)

Semillero de pajareros

Día tras día, no es la fría claridad del sol la que anuncia el amanecer, ni tampoco la bruma de la madrugada que se esfuma para dar paso al alba. Es el gorjeo adormecido de las aves, que como canto despertador le da la bienvenida a la mañanita. Además, “un pájaro es la alegre calma tras la lluvia”, según palabras de mi dilecto amigo y compadre Argenis Sequera Herrera.

Estas reflexiones tienen que ver con el deseo de la Oficina del Cronista de que los escolares, docentes, padres y representantes del municipio San Felipe, tengan la posibilidad de escoger el ave emblemática para completar los símbolos ecológicos, considerando el hecho de que ya tenemos la mapora como el árbol local y la orquídea como la flor que nos representa.

De esta forma estaríamos dando un paso gigante hacia el conocimiento y preservación de las aves, por la importancia que tienen como portadores de nueva vida vegetal al esparcir semillas. También se reforzará el concepto ambientalista, y quizás surja una nuevo semillero de cuidadores de aves en el hábitat, o pajareros, porque desde el mismo instante en que se institucionalice el Concurso para escoger el ave emblemática del municipio San Felipe, los pájaros volarán y cantarán en las escuelas, y otro será el sentimiento que tendrá la gente de estos seres alados cuando vean una bandada de pájaros en el cielo, o sencillamente posados en alguna rama, para que solo apunten hacia ellos con su mirada, o el visor de una cámara fotográfica, y jamás con una fonda u otra arma mortal.

Para el logro de esta idea contamos ya con el respaldo de la Alcaldía y Concejo municipal de San Felipe, así como de la Zona Educativa (ZE), la Asociación Civil Bosque Urbano, Colegio Nacional de Periodistas (CNP), y del Círculo de Reporteros Gráficos de Venezuela, seccional Yaracuy, (CRGV), con la intención de proteger el medio ambiente e incentivar y enseñar a nuestros escolares, la necesidad de proteger la vida de esos mágicos seres que revolotean sobre San Felipe y cada uno de los municipios que conforman el estado Yaracuy.