El reloj de la Iglesia Matriz y yo nos reencontramos

A ningún funcionario de entonces se le ocurrió que ese reloj era parte de nuestra herencia y por lo tanto tenían la obligación de protegerlo, resguardarlo como testigo fiel de un tiempo que ya nunca más será por la pérdida de esa reliquia de incalculable valor patrimonial. ¡Qué ingratitud, qué antipatía, Dios mío!

Raúl Freytez / Fotos: Omar Hernández / Uziel Gutiérrez de la Isla

El Barrio Zumuco quedó de luto con la desaparición física de la Iglesia Matriz de San Felipe y del reloj, su despertador mayor. (Foto: Omar Hernández)
El Barrio Zumuco quedó de luto con la desaparición física de la Iglesia Matriz de San Felipe y del reloj, su despertador mayor. (Foto: Omar Hernández)

Los momentos son especiales por lo que te hacen sentir: Amor, odio, alegría, tristeza, pasión o indiferencia. Y ese día fue un caos, definitivamente. El ruido de la máquina se confundía con el vocerío de la gente entre gritos, reniegos y oraciones atormentadas, entremezcladas de una profunda angustia matizada de dolor, rabia, tristeza y frustración.

Mientras tanto, una inmensa bola de acero se balanceaba al final de la cadena aferrada a la máquina para golpear con furia estrepitosa las blancas paredes del templo. El primer Golpe, violento y ruidoso, no hizo mella en la gruesa pared, pero sí en el alma de los presentes. El segundo, sacudió el murallón lateral y zarandeó el ánimo de la feligresía allí congregada; el tercero resquebró la hermosa fachada que pronto fue derribada, dejando en ruinas la Iglesia Matriz de San Felipe y el corazón partido de quienes amamos esa reliquia histórica trágicamente demolida. Los demás golpes parrandeaban sobre las pocas paredes aún erguidas del santuario luchador, caído en tierra en un combate de fuerza dramática, desigual.

Ese día el Barrio Zumuco quedó adolorido, afligido, de luto entre los rumores del recuerdo, pues uno de sus hijos más ilustres dejó de existir físicamente, para inmortalizarse en la memoria de su pueblo.

Los tesoros del templo no fueron valorados como era debido. Muchos de los trajes hermosos de San Felipe Apóstol, hechos a mano por Doña Daría Jiménez, quedaron arruinados por el polvo y el agua; la pila bautismal de una preciosidad indescriptible desapareció quién sabe en manos de quién; las inmensas lámparas de la nave central de la Iglesia, también desaparecieron, igual que los enormes candelabros de bronce del Altar Mayor, y el antiguo reloj, que obsequiara la esposa del general Félix Galavís, presidente del estado Yaracuy en 1930, para ser empotrado en el campanario del ilustre santuario sanfelipeño, se ocultó como por arte de magia.

Desde 1930 el reloj se hermanó con la bonita campana mayor para dar las horas con su tic tac perpetuo, al que semanalmente daba cuerda Don Rafael Carrillo, y callaría para siempre ese fatídico día de 1970, al estrellarse estrepitosamente en el pavimento junto al campanario del templo derribado, y duele admitir que no hubo una mano piadosa que lo desencajara del grueso muro para resguardarlo como la joya histórica que era. Y es.

A ningún funcionario de entonces se le ocurrió que ese reloj era parte de nuestra herencia y por lo tanto tenían la obligación de protegerlo, resguardarlo como testigo fiel de un tiempo que ya nunca más será por la pérdida de esa reliquia de incalculable valor patrimonial. ¡Qué ingratitud, qué antipatía, Dios mío!

El reloj de la Iglesia Matriz de San Felipe y yo nos reencontramos, viejos los dos. (Foto: Uziel Gutiérrez de la Isla UGI)
El reloj de la Iglesia Matriz de San Felipe y yo nos reencontramos, viejos los dos. (Foto: Uziel Gutiérrez de la Isla UGI)

“Allí está el reloj”

El viejo reloj empotrado en el alto del campanario frente a la Plaza Bolívar de San Felipe, formó también parte de nuestra memoria histórica y se convirtió en leyenda, pues algunos vecinos dijeron que se atrasaba regularmente, mientras que otros argumentaron que tenía la precisión de los relojes suizos. Lo cierto es que desde ese aciago año de 1970 el despertador mayor de los sanfelipeños desapareció de la vista de sus parientes.

Pero el pueblo sigue despierto y muchas voces se han sumado a esa especie de cazador de tesoros en que me he convertido, para devolverle a los sanfelipeños lo que nos pertenece. Una de esas señales de yaracuyanidad provinieron de Horacio Elorza, de William Ojeda y de Mercedes Salom, quienes apuntaron hacia el Museo del Parque Histórico Arqueológico San Felipe “El Fuerte”. “Allí está el reloj”, me dijeron.

Fue la mañana del domingo 6 de septiembre de 2015. Ese día llevé a mi profesor, amigo y colega Uziel Gutiérrez de la Isla, Cronista de la Universidad Autónoma de Zacatecas, México, para que conociera el santuario de paz donde yacen los restos inmortales de la ciudad del origen, resguardadas en el Parque Histórico Arqueológico San Felipe “El Fuerte”. Fuimos recibidos amablemente por los funcionarios del Instituto Nacional de Parques (Inparques), y de la Corporación Yaracuyana de Turismo (Coryatur). Y entonces Uziel conoció la potente y maravillosa historia del pueblo originario y el orgullo me brotaba del alma cada vez que Uziel se admiraba solazado en la vista imponente de esas ruinas sacrosantas.

Despacho firmado por el Libertador Simón Bolívar, donde le otorga el grado de Coronel al sanfelipeño José Joaquín Veroes. (UGI)
Despacho firmado por el Libertador Simón Bolívar, donde le otorga el grado de Coronel al sanfelipeño José Joaquín Veroes. (UGI)

En la Casa Museo

Ya de salida entramos a la Casa Museo y nos recibió una bocallave en forma de águila bicéfala conseguida durante las excavaciones en la ciudad génesis. En ese lugar se exponen algunos de los valiosos hallazgos en las inmediaciones de las ruinas de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, así como una copia de la Real Cédula del rey Felipe V que le otorgó condición de ciudad al Cerrito de Cocorote, también el acta de nombramiento al grado de Coronel del Ejército al sanfelipeño José Joaquín Veroes, firmada por el Libertador Simón Bolívar, entre otros objetos y documentos de significativo valor patrimonial.

De repente una ráfaga de luz me sedujo al aflorar los recuerdos de esa breve oración: “Allí está el reloj”. Y pregunté por él. Algunas miradas tímidas apuntaron a una puerta azul de dos hojas entreabiertas, que sirve de cuarto para guardar los aparejos de mantenimiento del Parque. Pasé por en medio de los guardianes y sin permiso, lo admito, abrí las puertas y adentro no vi sino solo lo que es usual en un cuarto de mantenimiento: palas, rastrillos, escobas, mangueras, uniformes de Inparques colgados en la pared y una cama, entre otros utensilios. Pregunté de nuevo por el reloj y me dijeron que estaba bajo el camastro cuyas sábanas casi llegaban al suelo. Entonces, de rodillas removí la sábana y vi, entre las sombras, la media luna del viejo reloj.

El reloj ya no muestra la galanura de sus primeros años, pero sigue siendo noble, nuestro, de los sanfelipeños, pues. (Foto: UGI)
El reloj ya no muestra la galanura de sus primeros años, pero sigue siendo noble, nuestro, de los sanfelipeños, pues. (Foto: UGI)

En Zumuco lo aprendí todo

Una profunda tristeza se apropió de mi espíritu. Recordé mis años infantiles en la casa signada con el número 98 de la Avenida 8 detrás del Templo Matriz donde aprendí a querer a San Felipe; salía bien tempranito de mi casa a recibir clases en el Grupo Escolar República de Nicaragua. Allí aprendí a leer y a escribir. Allí aprendí a cantar el Himno del estado Yaracuy, todos los alumnos en posición de firmes en fila, con disímiles voces pero con igual emoción. Aprendí a respetar. Recordé que a las doce del mediodía, al tañido de la campana mayor sincronizada con el viejo reloj de la Iglesia Matriz, mis hermanos y yo les pedíamos la bendición a mis padres, Amado José Freytez Rodríguez y Rosa Alejandrina Quiñonez de Freytez, que Diosito tenga en la Gloria.

Allí, en el Barrio Zumuco, aprendí a trepar los árboles de mamones y mangos que estaban al frente de mi casa, alrededor de la Iglesia, con Alfredo Wietstruck, los hermanos Luis, Pedro y Carlos Antón, así como con los hermanos Mayora, entre muchos amigos de la infancia. Y todo eso en un segundo. Luego halé el disco del reloj hacia mí, lo saqué debajo de la cama. Estaba empolvado de puro olvido. Hoy es apenas una mueca del destino, sus agujas ya no apuntan las horas, su corazón de hierro ya no existe, desterrado en un cuarto de museo; ya no con su magnífica estampa de tiempos idos, pero sí con el afecto de nuestro parentesco. Ese día él y yo nos reencontramos, viejos los dos.

Luego me enteré por Mercedes Salom que el disco del viejo reloj lo entregó Donato Circelli a Neptalí Gutiérrez, administrador del museo hacia el año de 1984. Entonces tenía una base de hierro donde calzaba con exactitud y estaba expuesto en la pared del museo, pero cuando empezaron a presentar las obras de teatro en el lugar, lo quitaban y lo guardaban para colocarlo de nuevo en el sitio acostumbrado, hasta que en alguna ocasión alguien decidió no sacarlo más y lo condenó al olvido.

Septiembre, mi mes de nacimiento, me obsequió esa visión ahora tatuada en mi mente para siempre. Nuestros corazones son relojes y su tic tac nos hace vivir, por la Gracia de Dios, igual que en nuestros recuerdos sigue intacto el ritmo acompasado del viejo reloj que renacerá, ya no con la esplendidez de sus mejores años, pero sí ante la vista de su pueblo; la gente de ayer, de hoy y de mañana.

Nuestra esencia está en lo que fuimos, en lo que somos y seremos, por lo que al invocar el poder del Gran Arquitecto del Universo, damos gracias por el renacer de nuestro reloj, ya sin su corazón de acero, pero lo que queda de él será rescatado, desempolvado de olvidos y luego expuesto en una urna de vidrio en alguna pared de la planta baja de la Alcaldía, con el apoyo del Alcalde Álex Sánchez y los ediles en pleno del Concejo Municipal de San Felipe.

El viejo reloj de la Iglesia Matriz es la conciencia, la identidad del San Felipe renacido, es un vestigio de nuestra historia. Es herencia, pariente, es nuestro orgullo que sigue más vivo que nunca y así será para siempre, por los siglos de los siglos. Que no se nos olvide. “Tic tac”.