EL LEJANO TAÑIDO DE LA VOZ DE DIOS: LA CAMPANA Y SUS GRABADOS

El gesto de recuperarla y revalorarla en todas sus posibilidades, tiene la doble significación de resarcirnos de la fea práctica de la ingratitud y de abrirnos a los horizontes que la memoria nos ofrece para ser más nosotros mismos.

Lázaro Álvarez / Fotos: Magaly Martínez

La campana muestra la grieta que supuestamente se produjo durante la caída del campanario de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación el 26 de marzo de 1812
La campana muestra la grieta que supuestamente se produjo durante la caída del campanario de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación el 26 de marzo de 1812

Símbolos de la sagrada voz de Dios, las campanas han sido los objetos en lo más alto uncidos para ordenar el tiempo de los hombres, no sólo para marcar la liturgia de la mañana, la tarde y la noche, sino, en general, para separar el tiempo sagrado del tiempo profano.

En la tradición católica, tanto como en otras religiones, la fabricación de las campanas derivó en un arte que exaltaba la sutil vibración de las mismas como un modo de exaltación espiritual. Cosa que no es muy difícil percibir aún hoy para nosotros cuando escuchamos las notas electrificadas de las nuevas catedrales, a lo lejos, en ciertos momentos de la tarde, y su dulce efecto tranquilizador que nos reubica en un tiempo y un espacio más íntimos y más nuestros. Incluso quienes de niños vivíamos en los arrabales del San Felipe viejo, oíamos sus lentos tañidos sobre el valle sereno, cuando permanecíamos subidos en las más altas y balanceantes ramas del gran árbol de mamón, que, como un patriarca, reinaba en el centro del incipiente barrio El Paradero.

En realidad, el poder simbólico de la campana abarca, incluso, asociaciones relativas a su papel mediador, de objeto que ordena dos instancias y dos tiempos distintos: en ella resuena lo espiritual que baja a lo material, lo celeste que cubre con sus dulces vibraciones a la tierra, para convertirla en un objeto mediador que une dos mundos o dos reinos y eje propiciador de comunicación en el mismo sentido de las puertas, los umbrales, los puentes y los arcoíris.

Pero, más todavía, la campana es símbolo, por su forma de copa invertida, no sólo de la “voz de Dios”, sino su “lugar sagrado”, es decir, del Cáliz como símbolo del Sagrado Corazón, centro divino del Ser Integral que se ofrece para la comunión a través de la cual el hombre trasciende hacia su esencia.

Qué significado tienen estas siglas numeradas
Qué significado tienen estas siglas numeradas

La campana de hermosa rareza en sus grabados

La campana que ahora vuelve a ocupar la atención de los yaracuyanos tiene la singularidad, no sólo de las circunstancias de su propia y accidentada historia, sino también la de la belleza barroca de su propia forja, con grabados extraordinarios y sumamente raros. Las asas y el estilo en general de la campana parecen propios de una campana típica del siglo XVII, aunque no tiene inscripciones en latín puestas a voluntad de sus fundidores, como era propio en las antiguas campanas españolas. Y, además, sus orlas y figuras, con hermosos motivos vegetales, tampoco son comunes en estos sagrados instrumentos.

Si bien perteneció a la Iglesia de Nuestra señora de la Presentación, fundada a fines del siglo XVII (de 1694 a 1700), el dulce tañido  de esta campana pudo empezar su llamado desde entonces o quizás más tarde, pero podríamos dudar de que sea posterior a la adquisición de la pila bautismal de la misma, hecha en diciembre de 1748. Incluso podríamos vernos tentados a especular sobre la posibilidad de que hubiese entrado por vía de Curazao, como lo hacían, gracias al contrabando, tantos objetos, materiales y enseres finos, exquisitos e impresionantes de que hicieron gala los sanfelipeños en ocasión de la visita del Obispo Mariano Martí en 1782, según el minucioso inventario en la “Relación” de la visita del mismo Obispo.

Más aún si consideramos -aparte de la rareza de sus grabados e imágenes- que, para la época, Holanda tenía los mejores artífices fundidores de campanas cuyo desarrollo era entonces notable. Pero la inscripción en español sobre uno de sus bordes inferiores, que dice “J9 DICIEMBRE J93J” (sic), nos hace pensar que podría tratarse de una obra hecha por un maestro de origen hispano y que esa es la marca personal del fundidor, según entonces era costumbre, con la fecha abreviada de su fabricación, es decir, un año antes de una de las fechas asignadas como fecha de fundación de la iglesia de Nuestra Señora de la Presentación: “1694”.  Pero –nos lo advierte el acucioso amigo Eduardo Anzola-  en la misma “Relación” de su visita, el obispo Martí señala que, para esa ocasión, es decir, en 1782, aún no se había terminado el campanario de la iglesia. Regresamos, de nuevo desamparados, al enigma y no nos queda sino especular que la fecha probable pudiera ser la de “diciembre de 1793”.

Pero aún si se tratara de una copia bien hecha de una campana barroca fundida en “diciembre de 1931”, también agrietada por alguna caída de comienzos del XX, no se disminuiría en mucho su belleza y su enigma: de nuevo el mismo eco de una campana que atraviesa los tiempos. Sea de finales de siglo XVII o sea de finales del siglo XVIII, del XIX o comienzos del XX, lo seguro es que esta campana es una magnífica obra del barroco tardío hispánico cuya sonoridad suponemos también debió haber sido excepcional mientras se conservó en toda su integridad, como lo han testimoniado los viejos cronistas de la ciudad de San Felipe y bien lo argumenta Raúl Freytez, su cronista actual.

La campana tiene estos grabados de hipogrifos al que debemos concretar el significado y sentido histórico
La campana tiene estos grabados de hipogrifos al que debemos concretar el significado y sentido histórico

Las dos naturalezas de cristo, la humana y la divina

Se sabe que, en Caracas, según el estudio de Carlos F. Duarte (Los maestros fundadores del período colonial en Venezuela, 1978), ya en el siglo XVII, eran muy escasos los maestros fundidores debido al celo con que se enseñaba y se heredaba este saber artesanal, por lo que el primero que se encuentra en Caracas se ubica a mediados del siglo XVII. Según el mismo Duarte (“Los maestros canarios fundidores en Venezuela” en Anuario de estudios atlánticos, Nª 24, 1973) el primer maestro fundidor de que se tenga noticia se estableció en Coro en 1623 y se llamó Pedro López de Quiroga. En 1665, el primer fundidor en Caracas fue el canario Pedro Lugo quien hizo la campana de San Bernabé para la Catedral y, al parecer, atendía pedidos de otros lugares de la Provincia. Luego, creció sólo un poco más el número de maestros pero siempre siguieron escaseando mucho más que los dedicados a la platería y a otros trabajos de fundición o de artesanía en general.

Respecto a sus imágenes y demás ornatos podemos decir que, en la iconografía cristiana más conocida, son frecuentes, tomados la mayoría de ellos de muchos bestiarios de la edad media, el uso de ciertos animales simbólicos (el águila, la paloma, la serpiente, dragones, gárgolas, basiliscos, áspides, escorpiones, lobos, etc.) que no están presentes en los grabados que encontramos en ésta, excepto el de un animal alado. Estos son alegóricos de ciertos contenidos morales como virtudes positivas y ejemplares o, por el contrario, vicios y demonios a evitar. Pero no se pueden atribuir significaciones fijas, pues muchos de ellos terminan siendo muy ambiguos, y darle un significado depende más bien del contexto en que se encuentren.

Precisamente los grabados que encontramos en esta bellísima campana corresponden, entre los más importantes, y que se repiten alrededor del cuerpo de dicho instrumento, al Cáliz Sagrado o al Santo Grial en el cuerpo superior, perteneciente a la mitología cristiana medieval, y que también se puede identificar con el Sagrado Corazón de Jesús. Y, aparte de guirnaldas vegetales sostenidas por águilas, cornucopias y  motivos florales que la adornan, aparece otra figura de más difícil identificación  parecida, como dijimos, a un animal alado, que podría ser un basilisco. El basilisco, según leyendas medievales, era un animal imaginario nacido de un huevo puesto por un gallo pero empollado por una serpiente o un sapo, para dar en un fantástico animal híbrido. Su mirada, como ocurría con la Medusa, era mortal para los hombres y, en virtud de tal poder, se le asigna el resguardo de tesoros ocultos.

En el grabado en cuestión, se trata de dos figuras zoomórficas que custodian (cada una a un lado) a un cáliz sagrado mientras sostienen una serpiente en el pico. Pudiera pensarse que se trata de un basilisco, el más común de estos animales fantásticos en la tradición cristiana, como ya hemos dicho. Sin embargo,  el basilisco es, más frecuentemente, una serpiente con cabeza de gallo. En cambio,  aquí puede verse el cuerpo de un caballo alado con cabeza de águila sosteniendo a una serpiente en el pico. Tampoco coincide exactamente con la imagen del Grifo, que era también una figura híbrida, símbolo de las dos naturalezas de cristo, la humana y la divina, que combinaba los dones de agudeza del águila con los de la fortaleza del león y que aparecía casi siempre en capiteles de puertas y ventanas o custodiando a alguna figura venerable.  Aunque es menos común, nos inclinamos a pensar que corresponde más a un hipogrifo, lo cual sería  verdaderamente singular en la historia de la campanología hispánica, donde era mucho más visto el uso de motivos distintos. Y raro, incluso, en otros medios, como ventanales o columnas donde era previsible encontrar fantásticas figuras zoomorfas como dragones o gárgolas.

Bronce de incalculable valor histórico

El hipogrifo es nombrado por primera vez en occidente en el famoso poema épico Orlando Furioso (1516) de Ludovico Ariosto. Símbolo de la espiritualización de los impulsos primarios, esta criatura alada llevó a Astolfo hasta la luna. El animal, que resulta un ligerísimo caballo se convierte también en corcel del mago Atlante y transporta a los héroes de los poemas durante los rescates de las doncellas. En el caso que nos ocupa, puede ser un hipogrifo parecido a la estatuilla  del camposanto de la catedral de Pisa, probablemente la representación más antigua que existe, que es una escultura muy estilizada, de origen islámico (un simurgh persa) y tomado como botín en las islas baleares  por los pisanos durante la guerra contra los sarracenos. Tiene los mismo atributos que el grifo y en este caso es símbolo de ascensión espiritual a través de la cual se supera lo más bajo de la naturaleza humana. Pero en nuestra campana cumplen una función protectora y guardiana, con la serpiente atrapada en el pico como alegoría del control y de la derrota del mal, y ubicados en custodia a ambos lados del santo Grial.

Esta breve ojeada a lo que puede significar esta campana nos da la medida de su incalculable valor histórico. Es un milagro que, vista nuestra pertinaz amnesia –retardados comedores de loto siempre menos audaces que los hombres de Ulises-, se haya conservado hasta nuestros días, ello quizás debido a la generosidad de unos cuantos hombres que siempre van a contracorriente de la desidia general. Desmemoriados, al punto de abandonar y saquear lugares tan simbólicos de la importancia de la memoria misma como nuestros viejos cementerios (lugares por excelencia de la memoria debida a quienes adeudamos, con nuestras frágiles identidades, nuestra presencia aquí), por poner un ejemplo, el gesto de recuperarla y revalorarla en todas sus posibilidades, tiene la doble significación de resarcirnos de la fea práctica de la ingratitud y de abrirnos a los horizontes que la memoria nos ofrece para ser más nosotros mismos.

En Holanda y Francia todas las campanas del siglo XVII y XIX, consideradas como patrimonio invalorable, están catalogadas y no pueden ser modificadas ni restauradas sin un informe previo de la Oficina de Bellas Artes, sobre todo cuando se trata de un nuevo sistema de electrificación. Y cuando son sustituidas, cuidan incluso que las nuevas tengan la misma afinación. Así de cuidadosos debemos ser nosotros que ya perdimos la posibilidad de volver a visitar la vieja Iglesia Matriz donde llamó tantas veces esa misma campana. Y es lo que creemos que quiere hacer ahora la actual Oficina del Cronista.

Otros grabados reflejados en la campana. Se amerita conocer su significado
Otros grabados reflejados en la campana. Se amerita conocer su significado

Lo que somos y lo que podemos ser

No podemos ser ajenos a los hombres, faenas  y paisajes que dieron paso a los hombres, ciudades y paisajes que ahora somos. Nos pertenecemos  no sólo mutuamente sino más profundamente de lo que creemos: con luces y sombras, vicios y virtudes, bajas y nobles pasiones. Como queda dicho en el hermoso poema XVII de la Meditaciones del gran poeta metafísico inglés John Donne: “¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?/ ¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?/ ¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?/ ¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?/  Ningún hombre es una isla entera por sí mismo./ Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo./ Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, /como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.// Ninguna persona es una isla; / la muerte de cualquiera me afecta, / porque me encuentro unido a toda la humanidad;/ por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; / doblan por ti”.

No queda duda, así, de que el reencuentro con esta campana significa más que el simple recuerdo del rotundo terremoto de 1812 donde quizás cayó una vez ruidosamente. Aún alcanzamos a oír cómo resuena. Su belleza y su enigma pueden volver a oírse ahora como un otro bronce imperceptible donde reverbera lo que somos y lo que podemos ser. Nuestro nacimiento y nuestra posibilidad de ser que sólo encuentra su base más auténtica en el tiempo esencial que nos dio vida. En la recuperación de los fragmentos y restos diversos de lo que hemos sido. En la resonancia que debemos seguir propiciando de todo aquello que hemos venido siendo. En los sonidos –y los silencios- primordiales de la voz de nuestro propio origen. Y más aún, en la posibilidad de oír de nuevo el tañido de la lejana voz de Dios.