El chichero de la esquina del Palacio de Gobierno

Pancho era un coplero natural, a cada momento el que le oía, escuchaba versos, coplas y chistes (…) y así pasaban las horas bajo el sol de San Felipe y cuando llovía tapaba el carrito con un mantel de plástico y se guarecía en el Concejo municipal hasta que escampaba, entonces le quitaba la capota al carromato y proseguía con su eterno canturreo: “Consulte con el bolsillo por si viene mal parao, porque aquí en este negocio no tengo vuelto pal fiao”.

Raúl Freytez / Óleo: Prof. Manuel Freytez

Óleo del Prof. Manuel Freytez, de fecha 1995, el año en que Manochico se retiró de la esquina del Palacio de Gobierno.
Óleo del Prof. Manuel Freytez, de fecha 1995, el año en que Manochico se retiró de la esquina del Palacio de Gobierno.

En la mañanita fresca y tranquila del pueblo rural de Vijagual, en el entonces distrito San Felipe, nació Francisco Martínez, el 3 de diciembre de 1917, de la unión de los campesinos de oficio Juanita Martínez y de Juan Ramón Briceño, cuya estirpe, se dice, provino de Santos Briceño, quien fuera su abuelo; personaje muy ligado a las poblaciones originarias de África, enlazado posteriormente a la población de ébano, fuerte y trabajadora de la costa de Farriar y Agua Negra. De esta unión fue el único hijo y tuvo una hermana por parte de su padre Juan Ramón, a la que conocieron como Sixta Osorio.

Un chico “avispao” resultó ser Francisco sobre todo en las faenas del campo tajando el machete a ras del suelo para luego sembrar maíz junto a su padre, quien le impulsó a trabajar desde muy joven para ganarse y llevar el sustento a su humilde casa de barro y techo de paja.

Este muchacho al que empezó a conocérsele como “Manochico”, muy pronto encontró trabajo en una finca y a los 16 años cumplidos, un accidente le inhabilitó para seguir en las labores del campo cuando la gran rueda del tractor le pasó por encima del pie por un descuido del ayudante que manejaba la maquinaria pesada. Este accidente le mantuvo recluido en el Hospital de Puerto Cabello por más de tres meses.  

Una vez sanado del pie, regresó al pueblo y allí se consiguió nuevamente con una amiga de la niñez, la joven indígena Amalia Rosa, que habría de convertirse en su compañera de vida para cimentar una numerosa familia, hasta que la muerte les separó el 20 de marzo de 1996.

Manochico en sus inicios como chichero, frente al Parque Junín y el Bar El Avión de San Felipe.
Manochico en sus inicios como chichero, frente al Parque Junín y el Bar El Avión de San Felipe.

Chicha Popular

Pareciera que es fin el de esta historia, pero es apenas el principio, pues “Manochico” forma parte de la memoria colectiva de San Felipe desde el mismo instante en que decidió construir su propio carrito que llenaba de cocos que él mismo bajaba de las matas apuntalado con una cincha, aunque antes también había sido camionero y vendedor de avena fría, luego ayudante y caletero en la ferretería de don Concho Sira hasta que el destino le cruzó en el camino de un compadre que lo conminó a bajarse de los cocoteros y emplearse en un oficio menos peligroso y más lucrativo.

Así nació la popular chicha y se hizo un reconocido chichero por más de 40 años; faena que inició frente al Parque Junín, cerca del Bar El Avión y finalmente en la esquina del Palacio de Gobierno del estado Yaracuy, en la calle diez esquina con la 6ta avenida en San Felipe.

Uno de sus hijos, Carmelo, alegre como su padre, locuaz y artista de las tablas, es cultor del teatro en Barquisimeto desde hace muchos años, y nos contó que su padre “Francisco trabajaba de lunes a viernes en los días calurosos y soleados y también nublados y lluviosos de San Felipe, siempre con una sonrisa pintada en el rostro moreno. Los domingos colocaba el carrito en el mercado principal al lado de un vendedor de ropa llamado Bartolo; después comenzó a colocarlo en la esquina del Palacio de Gobierno, diagonal a la Alcaldía de San Felipe”.

Carmelo fue testigo de cuando ese compadre de Manochico fue a visitarlo a su casa y le ofreció un dinero para que dejara de subirse en las matas de cocos e iniciara el oficio de chichero y hasta al parecer fue él quien le dio la receta para fabricar “esa chicha dulce, fresca y sabrosa al que ayudábamos a prepararla diariamente, por turnos, que iniciaba a las 4 de la madrugada”.

Compadre, (le dijo), baje que quiero hablar con usted. Él bajó. Compadre yo no quiero verlo más montado en esas matas, usted tiene esos muchachos muy pequeños. Tome. (Y le entregó un fajo de billetes). Póngase a trabajar en otra cosa menos peligrosa”.

Ese día, mi padre “Manochico” se puso altanero y hasta ofendido le reclamó a su compadre por lo que no quiso recibirle el dinero ya que él tenía fuerzas y el deber de alimentar y proteger a su familia, pero al final aceptó porque entendió que el ofrecimiento no era por su mal y menos para ofenderlo, “sino para que creciera como un próspero comerciante” y eso fue lo que le llamó la atención y aceptó, explicó Carmelo.

Manochico escogió el Parque Junín para vender la chicha. Luego se fue para la esquina del Palacio de Gobierno ya con el permiso sanitario otorgado por la Unidad Sanitaria bajo el número 4, y empezó a ofrecer lo que muy pronto se convirtió en una exquisitez para el paladar de chicos y adultos de varias generaciones, saboreada por muchos mandatarios regionales, diputados, concejales, periodistas y la gente del pueblo de San Felipe.

Francisco Martínez, el patriarca de la Martinera, trabajó incansablemente, y quedó para siempre en el imaginario colectivo sanfelipeño.
Francisco Martínez, el patriarca de la Martinera, trabajó incansablemente, y quedó para siempre en el imaginario colectivo sanfelipeño.

Consulte con el bolsillo…

Francisco Javier Martínez que era su nombre de pila, mejor conocido como Pancho Martínez o Manochico, “fue un hombre serio pero a la vez bonachón y echador de bromas que expendía su sabroso producto artesanal” que él mismo fabricaba con el apoyo de sus hijos, quien al transcurrir de los años empezó a conocérsele como el chichero de la esquina del Palacio de Gobierno, lugar en el que permaneció durante cuatro décadas aproximadamente, dedicado a vender al caminante, a los vecinos de Zumuco y zonas aledañas, esta deliciosa y refrescante bebida.

Sus hijos no vacilan en afirmar que gracias a su padre, ellos hoy son mujeres y hombres de bien, profesionales la mayoría, pues los crió con sólidas concepciones de honestidad y trabajo, fortaleciendo en ellos la rectitud en sus acciones y de ahí el orgullo de Manochico cuando afirmaba que su familia era “sana, honesta y trabajadora”, conformada por su esposa e hijos, razón por la cual se entregó en cuerpo y alma para atender a su numerosa prole. Se supo que tuvo mucha afinidad con una tía proveniente de la familia Gamarra.

De la unión de Manochico con la indígena Amalia Rosa nacieron Fidel Ramón, Olga Josefina, Miguel Ángel, Carmelo Alberto, Gilberto Antonio, Tito Armando, Remigio Antonio, Félix Alejandro, Omaira Albina, Marcelina Eugenia, Osbaldo José, Yunmari, Aleida Beatriz, Martha y unos morochos que murieron al nacer. “Algunos de mis hermanos ya no están con nosotros físicamente, pero igual se encuentran vivos en nuestros recuerdos”, afirmó Carmelo.

Pancho era un coplero natural, a cada momento el que le oía, escuchaba versos, coplas y chistes. Carmelo recuerda una copla que siempre entonaba: “Ahí te lo vi, no me lo escondas, que yo te lo vi”, y así pasaban las horas bajo el sol de San Felipe y cuando llovía tapaba el carrito con un mantel de plástico y se guarecía en el Concejo municipal hasta que escampaba, entonces le quitaba la capota al carromato y proseguía con su eterno canturreo: “Consulte con el bolsillo por si viene mal parao, porque aquí en este negocio no tengo vuelto pal fiao”.

Un pasaje de su historia revela que Manochico siempre fue combativo y protector con su familia. “Era un hombre preocupado por sus hijos. Contaba la india Amalia que una vez viviendo en Crucito, uno de los niños jugaba afuera del humilde rancho y él observó que un tigre joven merodeaba muy cerca con ganas de atacar al chico y Pancho lo enfrentó haciéndolo huir”, aseguró Carmelo.

Manochico y su amor eterno, Amalia Rosa.
Manochico y su amor eterno, Amalia Rosa.

En homenaje a Manochico

Carmelo, con el orgullo reflejado en el rostro, se solaza en los recuerdos de su padre al confesar que Manochico en sus primeros inicios no fue vendedor de cocos ni chichero, sino bodeguero. “Viviendo en Monte Oscuro montó una bodeguita, pero la bondad lo mandó a la quiebra; fiaba mucho y lo que le quedó de eso fue un cuaderno lleno de cuentas por deudores que nunca le pagaron, por lo cual fracasó”. Pero ese estrujón del destino en nada lo amilanó, y prosiguió empeñado en levantar a su familia a fuerza de trabajo y persistencia. Y lo logró.

Esa condición de hombre sano y trabajador le hizo merecedor del reconocimiento público de su pueblo, que diariamente consumía el sabroso producto a base de arroz, y al cumplir 37 años desempeñándose en el oficio de chichero, el gobernador Manuel Segundo Santaella le rindió “un singular y emotivo homenaje” en su despacho, por iniciativa del jefe de la Oficina de Prensa, el periodista Rafael Fonseca Montani. Para entonces la información firmada por Oriol Parra indicaba que el gobernador prometió a Martínez “que muy próximamente, habría de resolverse en su exacta dimensión, la seguridad social del mismo y sus familiares y, de paso, habría de diligenciar la propuesta al Ejecutivo Nacional para que le sea acordada la Orden Mérito al Trabajo, que con actitud altiva y con sentido de pueblo, es acreedor y se ha ganado con creces, el chichero de la Plaza Bolívar, como familiarmente lo conocemos en San Felipe”.

Manochico trabajó arduamente para que Olga Josefina Osbaldo José, Gilberto Antonio, Carmelo y Miguel Ángel, pudieran estudiar.
Manochico trabajó arduamente para que Olga Josefina Osbaldo José, Gilberto Antonio, Carmelo y Miguel Ángel, pudieran estudiar.

Chicha espesa y blanquita…

Pancho no tuvo estudios pues siempre se dedicó a trabajar, y ahí sí que era bueno, pues fue incansable y muy orgulloso, porque su mayor sueño era que sus hijos fueran mejor que él, profesionales dignos y por eso trabajaba duro para que ellos pudieran estudiar. Tanto les obligó a dedicarse al estudio que al retirarse de la esquina del Palacio de Gobierno en el año 1995, lanzó los dos carros de chicha que tenía por un voladero cerca de la Estación de servicio Las Tapias, para que ninguno de sus hijos trabajara de chichero, y al año Manochico dejó de existir físicamente y con su desaparición terminó la historia de la fresca chicha, cuya fórmula la heredó su hijo Carmelo, según él, "bien guardada".

Que se haya sabido, Manochico, el chichero de la esquina del Palacio de Gobierno, residió en Sabaneta, Monte oscuro, Marín, Crucito y en el sector La Playita, vía San Javier, donde falleció en 1996, un año después de abandonar el lugar donde trabajó durante cuatro décadas.

Carmelo hoy agradece las reprimendas de su padre, porque esos regaños, sermones y uno que otro correazo, le hizo entender a él y a sus hermanos que el camino de la rectitud es el correcto para vivir con honestidad, amparados en el amor a la familia y al trabajo digno.

Por esa razón, y muchas más, reconocen el esfuerzo del padre artesano y coplero, del chichero que se fue con su carga de dulzura, espesa y blanquita, a alguna esquina del Paraíso, en el Cielo voceando su copla preferida: “Consulte con el bolsillo por si viene mal parao, porque aquí en este negocio no tengo vuelto pal fiao”.

Manochico, el padre artesano y coplero, el chichero que se fue con su carga de dulzura, espesa y blanquita, a alguna esquina del Paraíso, en el Cielo.
Manochico, el padre artesano y coplero, el chichero que se fue con su carga de dulzura, espesa y blanquita, a alguna esquina del Paraíso, en el Cielo.