CUENTOS DEL ABUELO: HUEVEROS Y LECHEROS

Uno de estos personajes que ejerció este trabajo con regularidad en San Felipe fue Crisanto Mendoza, el popular “Chompa”, quién recorría toda la ciudad montado en su bicicleta de reparto, para vender los sustanciosos “huevos sancochados”, sobre todo a los que acudían a los cines de la ciudad los sábados y domingos, para ver sus películas favoritas, en el horario de la tarde.


Héctor Camacho Aular

Era tradicional comprar “huevos sancochados”, para degustarlos en los cines de la ciudad los sábados y domingos
Era tradicional comprar “huevos sancochados”, para degustarlos en los cines de la ciudad los sábados y domingos

Una mirada retrospectiva hacia las costumbres de nuestros padres y abuelos, nos lleva luminosamente a divisar en los patios de las casas aquellos pintorescos criaderos de gallinas, que tenían la mayoría de las familias de la región centro occidental. Esta sana usanza logró mantenerse activa hasta mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX.

En efecto, las casas tenían para entonces un amplio solar cuya área para delimitar con el vecino estaba cercada, en su totalidad, con alambre de púa sostenido firmemente con la ayuda de frondosos troncos de rabo é ratón y rodeando el perímetro, a su vez, con vistosas matas de pitiminí y de peonía, las cuales tupían completamente el lugar.

En un rincón de dicho cercado estaba el criadero de gallinas, patos y pavos, protegido celosamente a su alrededor por una menuda tela metálica. De esa genuina industria artesanal saldrían las famosas gallinas ponedoras, cuyo producto estaba destinado, la mayoría de las veces, para el consumo alimenticio del núcleo familiar, el resto se vendía en las bodegas cercanas y también en forma ambulante en las calles, por los famosos hueveros del pueblo.

Uno de estos personajes que ejerció este trabajo con regularidad en San Felipe fue Crisanto Mendoza, el popular “Chompa”, quién recorría toda la ciudad montado en su bicicleta de reparto, para vender los sustanciosos “huevos sancochados”, sobre todo a los que acudían a los cines de la ciudad los sábados y domingos, para ver sus películas favoritas, en el horario de la tarde.

De ese criadero se seleccionaban además un grupo de gallinas destinadas a la producción de pollos, para la cual le colocaban en un ancho aposento los mejores huevos, con el propósito de que los empollaran por un lapso de 20 a 22 días y lograr al final el advenimiento de pequeños polluelos. En ese mismo gallinero, se apartaban también las más robustas, las cuales serían la materia prima fundamental para la preparación de suculentos condumios de pica tierra, como bien lo bautizara el excéntrico comensal yaracuyano Juan de la Cruz Aular.

Para comprar el líquido perlino de la consorte del toro, el cliente debía llevar su envase respectivo.
Para comprar el líquido perlino de la consorte del toro, el cliente debía llevar su envase respectivo.

Lecheros

Otra costumbre de aquella época en la región centro occidental fue la de comprar leche cruda a través de inolvidables personajes conocidos como lecheros, estos eran los encargados de comercializar, a domicilio, el producto lácteo. Comenzaban su trabajo a partir de las cuatro de la mañana, dejando sus encargos en la entrada de la puerta principal del cliente.

Por otra parte, existían también lecheros que vendían su producto en su propia casa, para la cual disponían de grandes cántaras llenas del líquido y para comprar la leche el cliente debía llevar su envase respectivo. Además había algunas casas de familia en la ciudad que tenían una vaca en su solar y ellos mismos se encargaban de ordeñarla.

Es importante señalar que para consumir esta leche había que hervirla inmediatamente. Una vez enfriada, la nata era separada y posteriormente utilizada para la elaboración de mantequilla. Otras veces, se apartaba una porción de la leche cruda para preparar el nutritivo suero mezclado con ají dulce.

Con la llegada de la leche pasteurizada y el surgimiento de la industria del pollo en Venezuela, la producción artesanal de estos rubros entró en franca decadencia. Sin embargo, recordar aquellos hueveros y lecheros siempre será motivo para gozar un puyero.