Blas Herrera: Insigne trabajador yaracuyano

Blas Herrera fue un cocoroteño de una inquebrantable fe católica, altruista y filántropo, tanto que en su tumba se lee el siguiente epitafio: “Blas Antonio Herrera (1912-1998): Hombre bueno, benefactor de los humildes, sembrador de realidades”.  

Cruz Ramón Galíndez   

Blas Herrera, un trabajador a tiempo completo.
Blas Herrera, un trabajador a tiempo completo.

A la fragua del trabajo

Nació el 3 de febrero de 1912 y murió a los 86 años, el 1 de abril de 1998. Vino al mundo en Cocorote, ciudad muy cercana a lo que fue El Cerrito, hoy San Felipe, donde falleció y transcurrió su longeva existencia, bajo el signo aleccionador del trabajo. Su nombre: Blas Antonio Herrera, un insigne trabajador yaracuyano del siglo XX.

Su primer centenario se cumplió el viernes 3 de febrero de 2012, motivo más que suficiente para evocar e invocar su nombre y algunas facetas de su vida de ocho décadas, desde su más tierna infancia (6 años) dedicados sin reposo y sin descanso a la fragua del trabajo, hasta el último aliento de su existencia.

En lo regional, cuando nace Blas Antonio Herrera, es el mismo año de nacimiento (1912) de mis amigos (sus amigos también) Félix Pífano, Manuel Rodríguez Cárdenas y Manuel Alcalá Medina. Para entonces gobernaba el Yaracuy el general Diógenes Torrellas Urquiola con un presupuesto de apenas diez y seis mil bolívares mensuales. En lo nacional, era Presidente de Venezuela el general Juan Vicente Gómez, un tirano militar de férreo mando; y en lo internacional, también en 1912, una brutal tragedia en el mar impactó a la opinión publica universal: el 15 de abril de ese año, se hundió el “Titanic”, luego de chocar con un iceberg en su viaje inaugural. De sus 2.358 pasajeros y tripulantes, 1.635 hallaron la muerte en las gélidas aguas del Atlántico Norte.

De izquierda a derecha Blas Herrera, Carlos Pinto Domínguez y José Antonio Vásquez.
De izquierda a derecha Blas Herrera, Carlos Pinto Domínguez y José Antonio Vásquez.

El Blas Herrera que conocí

No haré un esfuerzo superlativo para referirme esta vez a Blas Antonio Herrera, habida cuenta de que lo conocí desde hace 60 años (1952), cuando yo imberbe de 15 años, estudiante de bachillerato, ya ejercía el periodismo como comentarista deportivo en Radio Yaracuy, donde también tenia un programa taurino (“A los toros”), en el cual era anunciante el ya próspero comerciante Blas Herrera (Bar Cocorote).

Nuestra amistad se consolidó en 1958, cuando frente a su vivienda, en la casa de Pedro Miguel Estrella (sexta avenida, 122) teníamos la oficina de redacción del diario “El Día”, que dirigían el médico Pablo Emilio Mendoza y Chun Morales, mientras que yo era redactor y Jefe de Información (21 años). Ahí también anunciaba don Blas.

Recuerdo que en ese 1958, Blas Herrera partía siempre a las 5 de la mañana en su poderoso automóvil, hora en que yo recibía el matutino que se imprimía en Barquisimeto para ser distribuido en toda la región. Cuando regresaba a su casa, aproximadamente a las 7, nuestras pláticas eran extensas y perduraron por muchos años. Memorizo algunos hechos y datos. Me dijo que era hijo de Félix y María, y hermano de María Pastora, y que había alcanzado apenas el segundo grado de instrucción primaria, en un medio rural, cargado de miseria, ignorancia y pobreza extrema.

Precisó que desde niño fue dominado por el trabajo, al que consagró 80 años de su existencia, y murió con las botas puestas, bregando, luchando, sin dar reposo ni descanso al trajín cotidiano de su actividad comercial. “Cada hombre tiene su propio destino, mas allá de la ética, y ese destino es su carácter; ese destino es la ética secreta del hombre”. Eso lo dijo hace 2500 años nada menos que Heráclito de Efeso (576 – 459, antes de Cristo), filósofo griego, defensor de la mutabilidad de la materia.

Y ese niño de carácter fuerte, que era Blas Herrera, oteó desde su más tierna infancia lo que sería su destino en el marco ennoblecedor del trabajo. No sería un ingeniero del montón o un médico mediocre o un caviloso litigante al detal, sino un recio comerciante que inició su faena a los 12 años, con un préstamo (o regalo) de quinientos bolívares que le facilitó su padrino, el italiano Genaro Gallo, casado con Rosario Mastrodonaldo, que llegó a Cocorote en 1893. Así empezó la carrera de comerciante de Blas Herrera, un hombre agradecido.

Antes de ser comerciante, estuvo dedicado a la agricultura (tabaco) y después a distintos rubros del comercio: propietario del famoso bar “La Cita” (en Cocorote) que más tarde trasladó a San Felipe, con el nombre de su tierra nativa  “Cocorote”; fue vendedor de automóviles y finalmente se dedicó a la venta de electrodomésticos, con una pasantía en la política, como concejal del municipio San Felipe. Así lo escribí en un reportaje de “personajes” (CADA MES, abril/ mayo 2006) bajo el titulo: “Cuatro trabajadores insignes: Blas Herrera, Jorge Humberto Saturno, José Antonio Vásquez y Carlos Pinto Domínguez”, donde digo también que Blas Herrera “fue un hombre altruista, filántropo”.

De izquierda a derecha: Gabriel Gallo, Blas Herrera y Victoriano Giménez.
De izquierda a derecha: Gabriel Gallo, Blas Herrera y Victoriano Giménez.

Genaro, Gabriel Gallo y Blas Herrera

Blas Herrera, amén de ser un hombre solidario, altruista, católico practicante, venerador de la Santa Cruz, de principios y valores, de amistades entrañables, fue un humano agradecido, que compartió en su vida con lo que alguna vez proclamo el Libertador: “La ingratitud es el crimen más grande que un hombre puede atreverse a cometer”. Bajo esa óptica, en otro reportaje que publiqué en mi periódico CADA MES (marzo/abril 2006) bajo el título: “Tres cocoroteños honestos, de lucha y trabajo: Gabriel Gallo, Victoriano Giménez y Blas Herrera”, destaqué lo que este siempre me decía: “Gracias a don Genaro Gallo, que me prestó 500  bolívares, en 1924, y a su único hijo Gabriel, que me vendió el bar “La Cita” en un mil bolívares, en 1943, me hice una sólida posición económica con mi trabajo, sin descanso”.

Sobre el bar “La Cita”, cuya venta la calificaba, por lo irrisoria, de “simbólica”, recordó varias veces que en el primer año de actividad de ese negocio, en 1943, obtuvo ganancias brutas de 100 mil bolívares, y un año después, doscientos mil bolívares (200 millones hoy), hasta finales de la década de los 40, cuando trasladó el establecimiento a San Felipe, con el nombre de bar “Cocorote”, que vendió a Pedro Brito, ganador de un jugoso premio en la lotería de Caracas.

Entonces, en unos textos recogidos en el cuerpo de dos libros, con profusión de fotos, mucho relleno (sin créditos, ni bibliografías), barbarismos, galimatías, pleonasmos, gerundios y otras fallas gramaticales (ausencia de corrector de estilo), hay también omisiones e inexactitudes, donde se dice (fragmentos): “Musiú Saturno, que le otorgó un préstamo de 500 bolívares para su primer negocio, etc.”. Eso es totalmente falso. Don Blas decía siempre, hasta el cansancio: “Don Genaro Gallo, me prestó 500 bolívares y Gabriel me vendió el bar La Cita en un mil bolívares”. Musiú José Saturno fue el padre de Victoriano Giménez, otro insigne trabajador cocoroteño. Y Alberto Ravell, exiliado, no retornó a Venezuela desde La Habana, sino desde Trinidad.

Tragedia del YV-C-AZUL en el Cerro Zapatero. (Foto: Wiston Durán)
Tragedia del YV-C-AZUL en el Cerro Zapatero. (Foto: Wiston Durán)

Catástrofe aérea (1952)

Desde los tres años de edad, jamás me ha traicionado mi memoria, los recuerdos de hechos y nombres están intactos en mi mente ya septuagenaria. Bajo esa óptica, escribí y publiqué dos reportajes a páginas desplegadas con fotos en el diario El Impulso (10 y 11 de septiembre de 1984), con el titulo siguiente: “Hace más de 32 años Lara y Yaracuy estremecidos por catástrofe aérea”, y abajo un breve resumen: “12 personas perecieron en la más impactante tragedia aérea que haya ocurrido en territorio yaracuyano. Tres hermanas de la familia Yépez Gil, de Lara, murieron en el accidente… Fue un 23 de marzo (sábado) de 1952 cuando sucedió este fatídico acontecimiento que conmovió a toda Venezuela. Había una tarde gris, como si la naturaleza se opusiera a los más oscuros designios al destino. A más de tres décadas de la tragedia del YV-C-AZU, bimotor DC – 3, de TACA, subsidiaria de la Línea Aeropostal Venezolana, este periodista vuelve a ver los restos del aparato”, con fotos de Winston Durán.

El 29 de Marzo de 2016 se cumplieron 64 años de este hecho. En la nave localizada en el cerro Zapatero, un lugar montañoso a 30 kilómetros al suroeste de San Felipe, viajaba Carlos Romero Agüero, de 41 años, nacido en San Felipe, a la sazón secretario privado del gobernador del Yaracuy, Héctor Blanco Fombona. El aparato fue encontrado tres días después, el 1 de abril de 1952, justo 46 años antes del deceso de Blas A. Herrera (1998).

Este recuerdo viene al caso porque ese 1 de abril de 1952, hablé por primera vez con Blas Herrera, para la época, él de 40 años y yo de 15, ya en pleno ejercicio del periodismo. Había una hilera de 12 urnas a la entrada de la iglesia de San Rafael Arcángel, en Independencia. Memorizo. Don Blas me dijo:” En una de esas urnas están los restos del bachiller Carlos Romero Agüero, hermano de mi hermana María Pastora, y del doctor Bartolomé Romero Agüero”. 32 años después (1984) entrevisté a don Blas sobre ese acontecimiento fatal, recogido en la segunda entrega en El Impulso (11/09/1984) y me dijo (fragmentos): “Producto de ese accidente aéreo, contrajo el Mal de Chagas, mi compadre Bartolomé Romero Agüero, en la búsqueda de los restos de su hermano Carlos. Un chipo lo picó para años más tarde provocarle la muerte”.

En la casa del artista Jesús Soto en Bailadores. De izquierda a derecha el periodista Iván Vivas.
En la casa del artista Jesús Soto en Bailadores. De izquierda a derecha el periodista Iván Vivas.

Epílogo

Hoy, por mi propia voluntad y por afectos entrañables he escrito sobre Blas Herrera, un insigne trabajador del siglo XX, con quien mantuve respeto mutuo durante seis décadas, y se marchó de este mundo bajo el signo de la filantropía, la gratitud, el deber cumplido, reconociendo sus humanos errores. Con su hija, María Auxiliadora, siempre le llevo flores a su tumba, de cuyo epitafio, soy autor: “Blas Antonio Herrera (1912- 1998); hombre bueno, benefactor de los humildes, sembrador de realidades”. Es una manera de recordar su memoria.

En el diario El Impulso, mayo 1992, en fragmentos escribí: “Cabe destacar que don Blas Herrera, de una reciedumbre que no he conocido en ningún ser humano de Venezuela ni de otros cuarenta países donde he residido y viajado, es un hombre de una aquilatada fe, católico practicante, asiste a misa todas las semanas y en su santuario hogareño, donde resalta una cruz blanca luminosa, reza diariamente de madrugada y de noche”.