Así es “Reyita”, Reyes Yánez

De la pared de su casa no cuelgan títulos ni placas, pero se sienta por las tardes al frente y se cruzan los saludos cariñosos de vecinos, amigos y ahijados, con un perpetuo Dios te “coudi” muy singular en la forma de bendecir a sus sobrinos, hijos, nietos y bisnietos.

Adilcia Alvarado. (Cronista egresada de la tercera cohorte de la UNEY)

Reyes, "Reyita", como es más conocida, aquí a los 91 años plena de amor por su familia y su patria chica.
Reyes, "Reyita", como es más conocida, aquí a los 91 años plena de amor por su familia y su patria chica.
Reyita y sus hijos, a quienes "levantó" a fuerza de amor, respeto y trabajo.
Reyita y sus hijos, a quienes "levantó" a fuerza de amor, respeto y trabajo.

"Reyita" es el diminutivo de su nombre

Cuando la ciudad era un bosque y San Felipe e Independencia conformaban un solo territorio, Alejandra Bejarano, envuelta en el misterio de la vida, trajo al mundo el 20 de septiembre de 1925 a un extraordinario ser humano: Reyes Yánez.

Reyita, le dicen las personas que la quieren y le muestran su cariño con el diminutivo de su nombre. Agua Fría (municipio Independencia), fue el lugar donde vio la luz por primera vez, pero desde los seis años vivió con su padre, Juan Eladio Yánez, cuya casa de habitación se ubicaba en el barrio Punta Brava, por la Avenida La Patria frente a la plaza Don Teófilo Domínguez, terreno ocupado para la época por la familia Gavidia, quienes contaban con amplios solares para la cría de aves de corral y ganado, contexto que nos resulta inimaginable cuando transitamos por las caminerìas de la mencionada plaza. Vecino a los Gavidia estaba don Aponte, padre de Domingo Aponte Barrios, quien posteriormente sería el quinto Cronista oficial de San Felipe.  

Reyita recuerda el San Felipe de su infancia como un pueblo tranquilo, con muchos árboles donde los pájaros anidaban y entonaban sus cánticos en el umbral de un nuevo amanecer. Sus pasos de niña recorrieron trochas y caminos, “no había más de tres calles”. En edad escolar comienza a estudiar con “misia” Carmen Reyes en una escuela privada situada en la 6ta Avenida con la calle 18, sitio que dio paso al edificio El Rey. Allí compartió con el futuro escritor y médico pediatra de sus hijos, Dr. Nicolás Capdevielle. Más tarde estudiaría en la escuela para niñas Cecilia Mujica, bajo la dirección de la Profesora Luisa de Morales, abuela de la expresidente del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

La agrupación musical "Caña dulce", entre amigos, durante la celebración de los 80 años de Reyita.
La agrupación musical "Caña dulce", entre amigos, durante la celebración de los 80 años de Reyita.

Cultivó el arte de la amistad

Para Reyes la vida no ha sido fácil, desde siempre fue una incansable luchadora por el bienestar de su familia para lo cual se desempeñó en diferentes oficios, desde pulir muebles hasta lavar botellas para una destilería, trabajo que realizaba en la estación del Ferrocarril Bolívar, instalaciones aún en pie, conservadas por la Sociedad Bolivariana y otras organizaciones culturales.

También fue ayudante de cocina en el Instituto Nacional de Nutrición (INN), cuando la cocina central funcionaba en el Hospital Central “Plácido Daniel Rodríguez Rivero”; desde allí se distribuía la comida a diferentes centros educativos. El viejo hospital estuvo ubicado frente a la Plaza Sucre de Independencia, para luego estrenar las instalaciones ubicadas en el sector La Mosca, por la Avenida Villarreal durante el gobierno del Dr. Juan José Caldera, quien derribó la antigua estructura para establecer el actual mercado municipal.

En el INN, Reyes consigue la tan ansiada estabilidad laboral, y culmina el 6to grado. Antes de ese logro había laborado para la escuela privada Héctor Alcalá Poza, de la profesora Dolores de Mato, ubicada en la 4ta Avenida entre las calles 23 y 24, casa ocupada en la actualidad por la señora Inmaculada Guerrero, donde igualmente vivió Orlando Barreto, primer Cronista oficial del Municipio Independencia.

Con la estabilidad laboral se acabó el peregrinaje de Reyes ya que fue asignada a la escuela “Adolfo Navas Coronado” en el barrio que llaman “Los Muerticos”. El área de cocina estaba administrada por la ecónoma Carmen de Abreu. Estando allí le llega el momento de jubilarse, sin embargo continúa laborando en lo que sabe hacer y se va a cocinar a la empresa Mocarpel,  como trabajadora independiente. Dos años después presta sus servicios culinarios en la Policlínica San Felipe. Cultivó el arte de la amistad y la cocina, que ha sido siempre su pasión.

Los nietos y bisnietos de Reyita, en la casa de la calle 23 entre 3era y 4ta Avenidas del municipio Independencia.
Los nietos y bisnietos de Reyita, en la casa de la calle 23 entre 3era y 4ta Avenidas del municipio Independencia.

Numerosa familia

Ese mundo de ajetreo constante trajo secuelas, y el arcano tiempo lesiona su corazón obligándola al retiro; aun así, el ánimo siempre estuvo presente para hacer los buñuelos en Semana Santa, y corriendo el mes de octubre inicia la elaboración de bollos y hallacas navideñas, las cuales vuelan de la cocina al paladar de quien las compra.

No es extraño caminar al lado de Reyita y oír expresiones de cariño como esta que salió de la boca de un hombre trajinado por los años, pero con el recuerdo infantil a flor de piel: “hoy duermo feliz”. Verla y abrazarla, fue para él motivo de regocijo y es que ella además de cocinar estaba pendiente de servir el alimento, sobre todo, a los niños más necesitados, de manera que al sustento diario le agregaba los ingredientes del amor y la solidaridad, valores que le fueron inculcados por su padre e igualmente por su tío Carmelo Bejarano, este último, amparo y sostén de ella y de sus hijos quienes le retribuyeron con palabras y obras, su cariño y entrega.

Dios ha compensado sus luchas con una hermosa familia, de la que dice estar satisfecha, “porque sus hijas son buenas”. De mayor a menor: Sugdelia, Aleida, Luisa, Jonás, Marisol, Petra y Didia; estos a su vez la han rodeado con nietos, bisnietos e inclusive ha logrado ver algunos tataranietos. A los hijos del amor la vida le ha sumado otros entre los que me cuento, con el mayor agradecimiento por el cariño extendido a mi hijo Exel y sus descendientes.

De la pared de su casa no cuelgan títulos ni placas, pero se sienta por las tardes al frente y se cruzan los saludos cariñosos de vecinos, amigos y ahijados, con un perpetuo Dios te “coudi” muy singular en la forma de bendecir a sus sobrinos, hijos, nietos y bisnietos, manifestaciones éstas recíprocas por parte de la vecindad que reconoce a esta mujer que hizo desde la humildad de su trabajo como cocinera la mejor forma de servir a Dios, presente en cada alma de niño o de hombre a quien le tocó servir.

Reyes es un libro viviente, y cuenta con una memoria prodigiosa anécdotas de aquel viejo Hospital San Agustín, donde murió su mamá cuando apenas tenía seis años. También conoció y viajó a Farriar en el ferrocarril Bolívar. A sus noventa y dos años se dedica en la mañana a leer Yaracuy al Día, tejer y regar las matas, otra de sus debilidades. Por la tarde le corresponde a Jesús de la misericordia. Sus hijas Luisa y Didia la han sustituido en la cocina pero no deja de pasar por la prueba de su boca la sazón de su comida. ¡En hora buena! Así es Reyita, Reyes Yánez.