Sorte y los adoradores del fuego

Raúl Freytez / Fotos: Amir Vásquez, Omar Yépez y Jean Anthony Pérez Música: Soco Voz (Reina)

Adentrándose en la montaña, miles de creyentes y curiosos instalados en carpas y chinchorros, se aprestan a observar en una atmósfera enigmática y misteriosa, la manifestación espiritual más controversial hasta ahora conocida, donde se le rinde culto a los muertos, o por lo menos a sus espíritus.


Escultura de la Reina María Lionza, ubicada en la entrada de Chivacoa. (Omar Yépez)
Escultura de la Reina María Lionza, ubicada en la entrada de Chivacoa. (Omar Yépez)


El estado Yaracuy, ubicado en la región Centro Occidental de Venezuela, es conocido por propios y visitantes como el terrón de mitos y leyendas, asociado también a la exuberancia de sus paisajes, abundante flora y profusa fauna; “tierra hermosa que el cielo bendijo y natura le dio su esplendor…”, colmada de gente amable y talentosa que ha dejado su huella impresa en reconocidos científicos, periodistas y juristas, además de ser el terruño en el cual se inspiran escritores de hábil pluma, pintores afamados y poetas reconocidos.

Durante gran parte del año y sobre todo en Semana Santa y el 12 de octubre, Bruzual, y específicamente Chivacoa, se convierte en el centro espiritual de Venezuela por las prácticas mítico-religiosas que se realizan en la montaña encantada de Sorte.

Allí, en ese lugar privilegiado de exuberante verdor y belleza casi sobrenatural, entre ríos de aguas cristalinas vive eternamente la Diosa del amor y la fortuna: María Lionza, representación divina de la naturaleza donde la realidad se hace fantasía y el ensueño entidad, entre cánticos, pólvora, tronar de tambores y velaciones.

Es así como la notoriedad del mito se ha reflejado de generación en generación, abrigado al vínculo del pueblo creyente en la gracia de las Tres Potencias que invocan a la Reina junto al Negro Felipe y al cacique Guaicaipuro, en ceremonias donde le rinden culto a orillas de los ríos Sorte y Quibayo, adorados además por muchos devotos deseosos de ser tocados por el espíritu que encarna su estampa mítica.

Las brasas crujen al paso de los adoradores del fuego en el baile en candela. (Foto Omar Yépez)
Las brasas crujen al paso de los adoradores del fuego en el baile en candela. (Foto Omar Yépez)

Adoradores del fuego

Adentrándose en la montaña, miles de creyentes y curiosos instalados en carpas y chinchorros, se aprestan a observar en una atmósfera enigmática y misteriosa, la manifestación espiritual más controversial hasta ahora conocida, donde se le rinde culto a los muertos, o por lo menos a sus espíritus, que levitan en el mundo mágico de los adoradores del fuego, la fe y la naturaleza, ante la sensación de asombro, curiosidad y nerviosismo de los miles de devotos.

Grandes grupos de adoradores, viajeros de caravanas, buscan lo mejores lugares cerca del lugar donde resplandecen las velaciones y el tronar de los tambores invade el ambiente con su frenético compás africano de retumbar interminable, por las encallecidas manos de los adoradores del fuego.

“De que vuelan, vuelan”

En ese tumulto de gente es imposible conciliar el sueño, pues durante toda la noche retruenan los tambores y el humo del tabaco cunde por el lugar como espesa neblina, entre clamores y quejidos mientras los espíritus se posesionan de los cuerpos en grotescas formas apoyados por los “bancos” que sirven como protectores de éstos, mientras les bañan el cuerpo con licor.

El gentío hace un gran círculo y observan a los “iluminados” muy cerca de las brasas mientras el fuego ahúma el ambiente enrareciéndolo aún más. A todas éstas, los espíritus posesionados de las personas mastican vidrios y se entierran filosas agujas y cuchillos en el cuerpo. De inmediato comienzan a balbucear frases incoherentes y a hacer predicciones a los más creyentes, hasta que seguidos de cerca por sus guardianes, empiezan a caminar por las brasas entre las chispas del fuego aún ardiente y así durante horas y horas hasta que nace el nuevo día.

Lo más curioso es que cuando el espíritu abandona el cuerpo, la persona no presenta signo alguno de quemaduras en los pies, ni magulladuras o heridas. De ahí el decir popular “de que vuelan, vuelan”.

Al parecer, el propósito de los cultores de esta práctica -arropada en la magia y el encanto- es el alivio a las dolencias físicas y espirituales de los devotos, así como también la búsqueda de hechizos que atraigan el dinero y el amor, aunque lo cierto es que el culto a la Diosa del amor y la fortuna es imprescindible en la admiración de los fervorosos a esta deidad espiritual, y es además un ícono transparente que representa a la mujer al simbolizarla con una pelvis elevada hacia el cielo, tal como se revela en la imagen ubicada en la autopista del Este en Caracas y a la entrada de la ciudad de Chivacoa, alzada todopoderosa en la escultura formidable del artista venezolano Alejandro Colina, que muestra a María Lionza a lomo de su danta, exaltando sin duda la condición de primer orden que guarda la madre en la existencia humana, como ser mensajero de vida.

Velas, velones, flores y esencias ofrendan a María Lionza. (Foto Jean Anthony Pérez)
Velas, velones, flores y esencias ofrendan a María Lionza. (Foto Jean Anthony Pérez)

Origen del culto

De la amplia obra de Gilberto Antolínez es razonable reconocer que fue el precursor del estudio e historia de María Lionza, a través de la versión más antigua del mito en la revista Guarura, hacia el año de 1939.

La declaración de Antolínez cuenta en su primer párrafo que “Los indios Jirajara-Nívar, en una fiesta de fin de cosecha, recibieron de su gran Piache un doloroso presagio. Decía el mismo que viniendo los tiempos nacería una doncella, hija de cacique, con los ojos de tan extraño color que, que de mirarse en las aguas de la laguna, jamás podría distinguirse las pupilas”. Tan pronto como esta mujer de ojos de agua se viese espejada en alguna parte, por el doble hueco vacío de las niñas de la imagen, iría saliendo una serpiente monstruosa, genio de las aguas, la cual causaría la ruina perpetua y extinción de los Nívar. Grande fue la aflicción de aquella altiva tribu. Pero pasó el tiempo, y todos los caciques, cada vez que nacía una niña, pasaban temores sin cuento hasta que se les anunciaba que, como siempre, la recién nacida tenía los ojos negros”. Al parecer esta es la leyenda que da origen al culto a María Lionza en Venezuela.

Diosa hecha luz

Gilberto Antolínez no sólo es meritorio por haber puesto en alto el nombre de Yaracuy a nivel internacional producto de sus estudios e investigaciones indigenistas, sino también por su aporte al acervo literario nacional que aún hoy en día actualiza los conocimientos sobre interesantes temas que reflejó en sus obras “Hacia el indio y su mundo”, “Retratos y figuras”, “El agujero de la serpiente” y “La Diosa y la danta”, tan sólo por nombrar parte del invaluable tributo a las letras sudamericanas, salidas de su manto de sombras por el acucioso empeño de Orlando Barreto, en la actualidad cronista del municipio Independencia.

Del mito de María Lionza se han escrito varias versiones, diferentes, como es natural en este tipo de relatos, precisamente porque nacen del sentimiento y de las vivencias del pueblo. Sin embargo todas ellas preservan algunos aspectos en común y es que la Reina es un símbolo de la raza, la clara demostración que caracteriza el crudo mestizaje hispano, indígena y africano, donde se conjuga la realidad con lo mítico en un mar de contrastes que en nada logrará cambiar la realidad inocultable de su presencia espiritual enigmática. Y si nadie puede afirmar con exactitud que haya existido, tampoco nadie puede aseverar que existe, porque lo cierto es que el mito reposa profundamente en el alma del creyente que la venera más allá de la realidad y la fantasía por encima de su inmaterialidad, traspasando las barreras limítrofes de Yaracuy hacia otros países y continentes.

Es el mito férvido de una Diosa hecha luz, en alas de una mariposa azul o sobre el rumor de las aguas que acrecienta su corriente con el paso de los años por encima de los sentidos, entre invocaciones, repicar de tambores y velaciones multicolores.

Ángel Tejero, cultista de María Lionza (Foto Amir Vásquez)
Ángel Tejero, cultista de María Lionza (Foto Amir Vásquez)