San Felipe, bastión de lucha por la libertad

El día de San Felipe es efectivamente el primero de mayo; la real cédula del 6 de noviembre de 1729 lo que hizo fue elevar a la categoría de ciudad al poblado El Cerrito, pero el primero de mayo de 1731 los pobladores deciden llamarlo San Felipe, en abierta contradicción a la autoridad del rey, haciendo valer la soberanía de nuestro pueblo y la autodeterminación para regir su propio destino.

Raúl Freytez / Fotos: Magaly Martínez

Portal de San Felipe El Fuerte (Foto cortesía  Freyvan Orozco)
Portal de San Felipe El Fuerte (Foto cortesía Freyvan Orozco)

Hoy se cumplen 284 años de cuando los ediles del Cabildo del Cerrito de Cocorote, decidieron ejercer su primer acto de soberanía para designar la nueva ciudad con el nombre de San Felipe “El Fuerte”, que de acuerdo al santoral romano es el día del Apóstol Felipe, quedando de este modo como el Patrón espiritual de la naciente ciudad, reconocido como el quinto pastor de almas escogido por el propio Mesías para predicar la palabra de Dios, quien al parecer ocupó un lugar privilegiado entre los apóstoles después de los dos pares de hermanos, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Hoy también estaría cumpliendo 103 años de nacido el sanfelipeño  Félix Pifano Capdevielle, precursor de la medicina tropical en Latinoamérica y orgullo de Yaracuy; insigne sabio, trabajador y orfebre de la ciencia que hizo de la sencillez y la humildad una forma de vida, del saber y el conocimiento, la expresión más elevada de una fecunda existencia. Un saludo cordial a los trabajadores en su día, nervio motor de progreso.

Heroica, valiente y hermosa con visos de drama es la historia de San Felipe, y por la importancia de esta fecha relevante para el acervo cultural local, es menester conocer que desde tiempos remotos esta gran extensión de terreno fue asiento de grandes proezas a través del accionar de sus primeros pobladores, bien a través de los indígenas, los dueños legítimos de este terrón por siempre noble, y posteriormente de quienes lo habitaran para hacerlo grande y próspero.

Los fundadores

A lo largo de su historia un grupo de familias de origen canario decidió asentarse en el Gran Valle que los aborígenes, desde tiempos remotos, conocían como Uadabacoa que en la lengua autóctona lleva un acentuado matiz poético: “Pradera siempre llena de flores”, y que luego el conquistador alemán Nicolás Federmann decidió bautizarlo como “Valle de las damas”, por la hermosura de las indígenas caquetías.

Estos grupos familiares zarparon del archipiélago de las Islas Canarias a finales del siglo 16, y desde entonces tuvieron que soportar muchas penurias para hacerse de un lugar que pudiera servir de asiento a sus familias. De modo que luego del proceso de la llegada de los españoles, las vías coloniales constituidas en caminos de arreos de mulas, y mucho antes paso de indígenas, rápidamente se convirtieron en componentes de progreso con el intercambio de los diferentes productos de la tierra, animales de carga, reses y mercancía del contrabando, pues al atravesar las inmensas planicies y bosques, los colonizadores canarios pudieron observar el verdor y la lozanía de los lugares recién avistados y eso fue lo que pudo haber llamado la atención de estas familias que decidieron fundar un rancherío en tierras del Gran Valle cercanas a Barquisimeto, tiempo en el cual tuvieron el primer percance con Don Martín de Gainza, Teniente de Gobernador y con Don Juan Luis de la Parra, Alcalde de esa ciudad, quienes ordenaron la inmediata destrucción de sus casas, haciendas y conucos en el año de 1710.

Esta pila bautismal data del 17 de diciembre de 1748 (Foto Magaly Martínez)
Esta pila bautismal data del 17 de diciembre de 1748 (Foto Magaly Martínez)

Ese acto agresivo e inesperado por parte de las autoridades neosegovianas pudo haber amedrentado a este conglomerado humano que sobrepasaba los dos mil habitantes, pero no fue así pues casi de inmediato dirigieron sus pasos más adentro en el Gran Valle y fundaron nuevos ranchos con sembradíos que muy pronto dieron sus frutos por la prodigalidad de la tierra preñada de árboles de cacao, siembras de tabaco, conucos de frutos menores y maíz, trapiches de caña, mulas y burros; excelentes artesanos, un sastre, herreros, zapateros y más de 170 esclavos repartidos en las diferentes fincas del lugar, según informe del emisario Francisco de la Parra, quien dio a conocer el producto de sus pesquisas a las autoridades españolas de Barquisimeto por lo que el Capitán General Marcos Betancourt y Castro dictó una orden cruel: Que se demuelan las casas, se expulse a los extranjeros; que no se consientan tiendas ni se venda vino y que no se transite por el camino de San Nicolás de Bari. Disposición que se consumó de inmediato y el lugar quedó totalmente desmantelado en el año de 1717.

En “El Cerrito” diseminaron su amor a la agricultura

Y en este punto se engrandece su condición de gente perseverante ante la adversidad, rayanos en la testarudez por alcanzar el objetivo común de consolidar su propio poblado, por lo que en esta ocasión lograron sembrar sus raíces en un pueblito que muy pronto sería reconocido como “El Cerrito” donde diseminaron su amor a la agricultura alrededor de una Iglesia consagrada a la Santísima Virgen María del Valle en la advocación de Nuestra Señora de la Presentación, edificada por los pardos, grupos de aborígenes y negros procedentes del pueblo de Misiones de San Jerónimo de Cocorote, y bendecida el 21 de noviembre de 1693 por Don Domingo Carlos Becerra, cura doctrinero de los pueblos San José de Guama y Cocorote, durante la regencia del rey Carlos II, conocido también como “El hechizado”.

Este puñado de isleños se inspiró en una campaña de fe y esperanza, cifrada en la constancia de originar un pueblo propio con autonomía plena de desarrollo social, cultural, espiritual y comercial, tal y como sigue siendo y será San Felipe, una ciudad colmada de esplendor, dinamismo y calidez humana.

Lo cierto es que cronistas, historiadores y ensayistas han escrito aspectos relacionados a las penurias que padecieron aquellos primeros pobladores, pues desde un principio las autoridades del cabildo de Barquisimeto se opusieron a que los citados “invasores o extranjeros” ocuparan las tierras del Gran valle, por lo que insensiblemente fueron literalmente echados más hacia el centro, y al no más enterarse que conquistaron nuevos espacios, otra vez fueron brutalmente expulsados, hasta los hechos del 8 de septiembre de 1724.

Fue entonces cuando el Alcalde y Maestre de Campo de Barquisimeto Luis López de Barahona, quien tenía control administrativo de las tierras y por lo tanto derechos pretendidos para sus desmanes y caprichos, ordenó el incendio del poblado “El Cerrito” para dejar así devastado el caserío, hecho por el que finalmente los pobladores decidieron alejarse definitivamente del vecindario incendiado hasta el sitio de Valle Hondo, que años antes habían adquirido de manos del agricultor y comerciante isleño Juan Francisco Mampolao y Soler. En esa ocasión entre la tarde y noche del 8 hasta el 9 de septiembre de 1724 y días posteriores, enfilaron sus pasos hacia el nuevo terreno donde se anclarían definitivamente con las pocas pertenencias que lograron salvar del voraz incendio.

De El Cerrito a Valle Hondo

Ya instalados en el sector de Valle Hondo, siguieron solicitando el apoyo del rey de España respaldados por Fray Marcelino de San Vicente, el Sacerdote Juan Naranjo Juárez así como los vecinos Alonso Torres Ponce de León y el Capitán Lope Galíndez y Hurtado, estos dos últimos fueron antiguos Alcaldes Ordinarios del desaparecido poblado “El Cerrito”, hasta lograr que el rey Felipe V le otorgara categoría de ciudad al poblado de Los Cerritos de Cocorote, en real cédula fechada el 6 de Noviembre de 1729 con jurisdicción en el extenso Valle hasta la desembocadura del Río Yaracuy. Por cierto, el Capitán Lope Galíndez y Hurtado legó su linaje batallador a uno de sus parientes, el reconocido periodista y cronista yaracuyano Cruz Ramón Galíndez, de méritos invalorables por su aporte a las letras de este terrón de historias y leyendas.

Luego, el Gobernador Don Sebastián García de la Torre dispuso el 18 de octubre de 1730 la designación del primer Ayuntamiento integrado por el Teniente de Justicia Mayor, el capitán Don Juan Ángel de Larrea; Alcalde Mayor, Don Gerónimo Montañés y Machado; con funciones de Regidor; Alcalde segundo y Depositario General y Regidor Don Manuel Gerónimo Tovar; Regidor Decano, Don Bernardo de Matos; Fiel Ejecutor, Don Marcos Figueroa; y Escribano, Don Francisco Viñas. Y siete meses después, el 1º de mayo de 1731 los primeros ediles decidieron ejercer su primer acto de soberanía para designar la nueva ciudad con el nombre de San Felipe, y el título “El Fuerte”, por la perseverancia desmedida de los primeros pobladores, que de acuerdo al santoral romano era el día del Apóstol Felipe, quedando de este modo como el Patrón espiritual de la naciente ciudad.

Autodeterminación para regir su propio destino

Por lo tanto, el día de San Felipe es efectivamente el primero de mayo; la real cédula del 6 de noviembre de 1729 lo que hizo fue elevar a la categoría de ciudad al poblado El Cerrito, pero el primero de mayo de 1731 los pobladores deciden llamarlo San Felipe, en abierta contradicción a la autoridad del rey, haciendo valer la soberanía de nuestro pueblo y la autodeterminación para regir su propio destino. No por ello deja de tener su connotación histórica la real cédula, ya que fue obtenida gracias a la lucha tenaz de los habitantes de “El Cerrito”, germen inicial de nuestra ciudad capital.

Con el tiempo la ciudad de San Felipe “El Fuerte” creció próspera en el ámbito agropecuario, sobre todo por el auge del cacao en las cercanas tierras de San Francisco Javier de agua de culebras (San Javier) y Nuestra Señora de la Caridad de Las Tinajas (Albarico), aunado al repunte económico asegurado en el curso fluvial del caudaloso río Yaracuy, al punto de que el mismo rey de España ordenó la instalación de la Real Compañía Guipuzcoana con sede en la ciudad de San Felipe para combatir el contrabando y desarrollar un verdadero comercio de la Provincia de Venezuela con la Corona Española en detrimento del productor del campo, al que obligaban a vender sus cosechas a precios irrisorios para luego abultar las arcas del rey Felipe V con la reventa del producto a precios elevados en las principales ciudades de la Europa colonial.

Ochenta y un años después de haberse consolidado San Felipe “El Fuerte”, el 26 de marzo de 1812 un pavoroso terremoto asoló la hermosa y floreciente ciudad colonial, hecho que en nada amilanó a sus habitantes, pues a pesar de esa dolorosísima tragedia que enlutó muchos hogares sanfelipeños, todos hicieron acopio de su característica principal relacionada a la constancia en el accionar hacia la conquista de sus sueños, y a través de la perseverancia sembraron la semilla de una nueva ciudad con la edificación de viviendas y conformar calles de estrechas caminerías para el paso de carretas, burros, caballos y mulas; un nuevo suburbio por grupos familiares que con la misma calidez y encanto surgió bajo los destellos de un sol que habría de rubricar con su luz la nueva cuna de mujeres y hombres que nos dieron nombre y distinción a través del tiempo, transformado en el San Felipe actual.

Debemos ocuparnos y no preocuparnos

Lo cierto es que San Felipe y su gente, nuestra gente, ha estado siempre en la cúspide de la historia patria, y así debemos mantenernos invariablemente, orgullosos de nuestro gentilicio para honrar a nuestros abuelos y diseminar el empeño de seguir creciendo con optimismo hacia nuestro presente y futuro en distinción a ésta y a las futuras generaciones.

A mi parecer no creo prudente celebrar una fecha en especial con alharacas políticas para luego que pase el día específico hacer un silencio sepulcral, en vez de ocuparnos en hacer próspero este suelo a través del trabajo fecundo para forjarlo cada día más floreciente, pues eso es lo que requiere nuestro pueblo, voluntad y energía para surgir unidos en sana paz. En pocas palabras debemos hablar menos y hacer más; ocuparnos y no preocuparnos para seguir consolidando nuestro presente con el trabajo fértil de todos y cada uno de nosotros.

Y entonces aquí vale preguntarnos: ¿Qué nos enseña la poderosa historia de San Felipe? En primer término, debemos confiar siempre en el poder de nuestras habilidades y no darnos por vencidos ante el primer tropiezo; debemos mantener siempre pensamientos positivos y sobre todo ser perseverantes para alcanzar la senda hacia el éxito, y si esto no fuera suficiente, demos un vistazo al pasado para percatarnos de que los reyes Carlos II y Felipe V no lograron minar el ánimo de las familias fundadoras, ni siquiera la naturaleza, porque a pesar de la fuerza telúrica que asoló la ciudad del origen, esas ruinas sacrosantas aún pregonan su grandeza en el camposanto natural convertido hoy en el Parque Histórico Arqueológico San Felipe “El Fuerte” colmado de nobles huellas para aferrarnos con más ímpetu al baluarte de nuestras querencias.

Finalmente les invito a extender nuestra mano a esta tierra de ensueño para crecer juntos bajo el cielo de Yaracuy, en el terrón donde la magia y el encanto pueden hacer realidad tus sueños hoy, mañana y siempre en la ciudad convertida a través de los años en bastión de lucha por la libertad, lo cual nos debe honrar porque todos somos sus hijos, los nacidos en esta Tierra de Gracia, y aquellas personas que por su accionar valioso y productivo, durante décadas se han formado junto a nosotros para seguir fomentando el culto a la yaracuyanidad y al orgullo de sentirnos herederos de quienes forjaron nuestra autonomía.

(Discurso de orden a cargo del Lcdo. Raúl Freytez, Cronista Oficial de San Felipe, el 1ero de mayo de 2015)