Recuerdos de agua clara

Para las mujeres del pueblo ir al río era una necesidad. Había que lavar la ropa, recoger el agua en las tinajas para mantener agua fresca en las casas. Se llenaban baldes y barriles pues el aseo dependía de ellas. Los niños correteaban en las cercanías y aprovechaban para darse una remojadita hasta la hora de volver a sus casas.

 

Yasmily Villegas / Fotos: Magaly Martínez

(Mención publicación de la II Bienal de Crónicas Domingo Aponte Barrios 2015, bajo el seudónimo Escorpión 13)

Hubo felicidad en esas aguas de ayer, alegrías y salud a través del cauce clarito hoy ensombrecido con un terrible color amarillo turbio de fetidez indescriptible
Hubo felicidad en esas aguas de ayer, alegrías y salud a través del cauce clarito hoy ensombrecido con un terrible color amarillo turbio de fetidez indescriptible

El marco de estas líneas se escenifica en la parte baja o último tramo de nuestro amado Río Yaracuy, señalado por algunos autores como el Bajo Yaracuy, deteniéndome exactamente en “El Chino”, poblado que alumbró mis primeros pasos y dejó la imaginación abierta con solo recordar las expresiones fantásticas  de los visitantes. Quienes tuvieron el privilegio de ver, conocer, tocar, probar y bañarse en sus aguas, dan fe de un espacio hídrico conformado en su mayoría por arena, sin grava ni piedras, el cual invitaba como vista de playa cualquiera a retozarse en sus aguas.

Hubo felicidad en esas aguas de ayer, alegrías y salud a través del cauce de agua clara hoy ensombrecido con un terrible color amarillo turbio, con fetidez indescriptible.

“El Yaracuy era claro, un agua tan sabrosa que uno se bañaba y se la bebía”, comentó Agustín Villegas. “El río se echó a perder cuando hicieron el Central, recuerdo yo, pero de muchacho lo disfruté muchísimo, hasta aprendí a nadar allí, porque como bien dice el dicho: El que no nada se ahoga, yo tuve que aprender y aquí estoy”. El rostro de Agustín se iluminaba al recordar sus aventuras cuando tenía 17 años. Él asegura que esas aguas estaban nutridas de peces. Allí pescaban bagres, guabinas, un pescadito rallado conocido como cuincle, muy sabroso por demás, y las infaltables sardinitas.

“La vida de antes era mejor que ahorita. No había lujos, pero la gente humilde tenía su conuco en el patio de su casa; chivos, gallinas, cochinos, plátanos, ocumos, yuca, eso era lo que comían. Vivían del campo y en el campo”.

Para las mujeres del pueblo ir al río era una necesidad. Había que lavar la ropa,  recoger el agua en las tinajas para mantener agua fresca en las casas. Se llenaban baldes y barriles pues el aseo dependía de ellas. Los niños correteaban en las cercanías y aprovechaban para darse una remojadita hasta la hora de volver a sus casas. Las mujeres se reunían en horas de la mañana en la orilla del río. Mientras estrujaban la ropa, comentaban los acontecimientos más recientes vividos en el pueblo. Para las más jóvenes era interesante conocer aspectos de los posibles pretendientes, y para las casadas era sitio de reunión para quejarse de las petulancias de sus maridos.

Agustín Villegas, el río se echó a perder cuando hicieron el Central
Agustín Villegas, el río se echó a perder cuando hicieron el Central

María Teotiste Graterol, quien nació y se crió en el poblado de “El Chino”, recuerda claramente que fue un 1 de mayo de 1970 cuando el Central Río Yaracuy inició sus actividades en el sector de Carbonero. En el pueblo estaban muy contentos con la molienda pues significaba adelanto para sus habitantes, la gente tendría otra fuente de empleo.

María evoca en su memoria un río caudaloso, del cual ella también traía su lata de agua fresca agarrada en el  jagüey.

Arcadia Osorio y Carmelo Parra también se sumaron a los comentarios, afirmando vivazmente que el Río Yaracuy, en el tramo de El Chino, sí era claro  antes de la llegada del Central. “El central de caña fue lo que dañó el río”, señalaron ellos. Recuerdan que las casas del pueblo eran de palma, tabla, cogollo y guano, el puente era de tabla, se pasaba en canoa. Es más, “esto no era pueblo, eran caminos de conuco que se recorrían en burros y yeguas”. Uno caminaba sobre el barro cuando la tierra estaba humedecida o sobre el polvo de los terrones de tierra porque no había vialidad.

Nuris Piña todas las veces que iba al río a llenar su lata de agua, se daba un bañito en sus aguas claras
Nuris Piña todas las veces que iba al río a llenar su lata de agua, se daba un bañito en sus aguas claras

De manera graciosa, Nuris Piña relató parte de su infancia y su fascinación por la búsqueda del agua para su casa, pues todas las veces que buscaba la lata de  agua se daba un bañito en el río, lo cual disimulaba llenando hasta el tope la lata, para luego decir que su ropa estaba mojada por el derrame de agua sobre su cabeza. Esta situación se repetía en los comentarios emitidos por María y por Arcadia.

En otros tiempos, pero en el mismo río, un cronista amigo, de mi misma sangre, recordó cómo lo halaban de las orejas para sacarlo del río, pues apenas sonaba el timbre para salida de la escuela, se iba sin permiso, con cuaderno y todo, a sumergirse rápidamente en esas aguas claras, que lo invitaban a desafiar la templera de su madre casi a diario. 

Llama notablemente la atención el arraigo por las tradiciones de un pueblo, que a pesar del tiempo transcurrido manifiesta sus mejores recuerdos, unidos en una misma y coincidente temporada: Semana Santa. Es valioso resaltar las miradas retraídas salpicadas de emoción de cada individuo al despertar tan preciadas remembranzas, así como también la concurrencia en todos los relatos al mencionar la importancia de la Semana Mayor; se percibe alegría. En el conglomerado de sus recuerdos llegan las imágenes de muchedumbre, bullicio y cantidad de dulces compartidos con amistades que venían de lejos a visitar estas aguas, durante la temporada religiosa.

Agustín, Nuris, Arcadia, María, Carmelo, entre otros, visitados por la curiosidad de escuchar sus comentarios sobre aquel pedazo de río, por el cual lastimosamente ilustramos una triste realidad, lograron despertar otra no menos importante, como lo es el rescate de las sanas tradiciones.

Su punto en común fue la añoranza del sabroso compartir con familiares y amigos.  Las tradiciones existen, pero se han perdido. “Todo se va acabando”, dijo Carmelo Parra. “Ahora parece como si nada. Viene una temporada y pasa otra, pero ya nada es igual”.

Semana Santa era época de celebración cristiana, tiempo en que recordamos a las abuelas con sus comidas tradicionales, dulces y negaciones. A juicio de María Graterol, la mayoría de los visitantes eran oriundos de la zona, quienes en busca de mejoras para su familia se fueron a otras partes del país a trabajar, pero con la mente puesta en regresar a disfrutar los días santos con sus familiares en el pueblo y de paso invitaban a sus nuevos amigos a conocer las bellezas del verde veroense, además de reunirse para deleitar un buen sancocho a la orilla del río,  comer hallaquitas de maíz,  dulce de plátano, arroz con coco y buñuelos.

Los visitantes se delitaban con hallaquitas de maíz, dulce de plátano, arroz con coco y buñuelos
Los visitantes se delitaban con hallaquitas de maíz, dulce de plátano, arroz con coco y buñuelos