¡Quién fuera Marimón para desde allá ver el lado claro de mi pueblo!

De la poca reminiscencia que nos queda del arte del sortilegio, de la adivinación de los fenómenos naturales y sobrenaturales, entre nosotros está el de predecir un aguacero al mirar a Marimón, es decir leer el lenguaje de la nubes en el cielo.

Israel Jiménez Emán

El Cerro Marimón, más allá de la distancia se corona de nubes para anunciar la lluvia
El Cerro Marimón, más allá de la distancia se corona de nubes para anunciar la lluvia

Debió haber sido antes de la Navidad de 1964 cuando nos mudamos desde Caraballeda, en el litoral de Vargas, a San Felipe. Mi padre había sido nombrado secretario privado del gobernador Alberto Sira Gutiérrez. Desde entonces, hasta hoy, ha transcurrido un buen trecho. Pero recuerdo claramente que desde que vine la primera vez, quise que se repitiera, algo parecido a lo que sentía cuando por ejemplo, íbamos a Atarigua, el caserío natal de mi padre. Estando en Caraballeda, sentía que me repetía en ellos, que moriría aquí o en Atarigua. Creo que fue mi primer acercamiento al mundo de los símbolos. Pasaron los años e intenté inútilmente preguntarme cómo interpretar aquella sensación que de lugar y tiempo me ocurría. Supe entonces que era el paisaje lo que me hacía sentir aquello cuando niño. Aún así, no podía descifrar qué era lo que me jalaba desde aquellos paisajes. Y comencé a atar cabos, a pensar.

En Yaracuy, el peso que fui sintiendo del paisaje fue mayor y diverso. Y aunque mi madre y algunos allegados contaban en el patio de mi casa historias de personajes locales, reales y ficticios, asociados más a la historia de la ciudad o del estado, siempre era el sitio, el paisaje el que terminaba en mi imaginación imponiéndose. Por mi mamá supe, que mi abuelo fue el que tuvo la idea por el año 29 o 30, apoyada por Félix Galavís, de traer desde el Parque Ayacucho de Barquisimeto y sembrar las primeras maporas en el Palacio de Gobierno y la Avenida Yaracuy. Según ella, supe también que creó y dirigió el primer vivero de la ciudad, ubicado al comienzo de la Avenida La Patria, en donde funciona el palacio buhoneril.

Hoy sé que nuestro paisaje no es histórico, es mítico. Muchos no somos conscientes de eso y podemos hasta llegar a ser incapaces de desenmascarar el paisaje, el cielo en donde se esconde el misterio de la diversidad yaracuyana.

Pocos perciben seguramente que están también ante un paisaje que se presta para intentar explicar el origen del mundo, para construirlo. Somos nosotros los llamados a desenmarañar el caos del universo de símbolos que a diario se nos manifiesta en el paisaje con la palabra, el pensamiento. El rito por sí solo, por más rico que sea, representa una parte del todo.

Nadie pide que vayamos por ahí narrando nuestras historias ancestrales, explicando el hecho sagrado. Es la manera cómo el verbo y el paisaje conviven en nuestra diaria actitud. Si todos nos transformáramos en un danto, un tigre o un golondrino cada día, si nos invadiera el temor de vernos en la laguna en la que se vio María Lionza, si con mirarnos nos narráramos mutuamente, nos sentiríamos un poco más yaracuyanos.

Hay palabras, cuentos populares, rituales, topónimos, que nos retumban en los oídos, marcan nuestros ojos. Si nos preguntáramos por qué exclamamos ¡soco!, qué significa la voz Cocorote, tal vez pudiéramos entender nuestra conexión con otras lenguas, otras culturas.

Estos son apenas ejemplos acerca de cómo intentar resolver cotidianamente cada uno de nosotros el hecho mítico. O cuando descubramos que al bañarnos en el Yurubí, nos bañamos no en un río, sino en un mito, que podamos sentir que el cielo que lo cubre está regido por sus dioses; que no vamos por una ciudad, vamos por una geografía llena de mitos, tal vez la única forma de transformar verdaderamente el paisaje.

De la poca reminiscencia que nos queda del arte del sortilegio, de la adivinación de los fenómenos naturales y sobrenaturales entre nosotros, está el de predecir un aguacero al mirar a Marimón, es decir leer el lenguaje de la nubes en el cielo. Los campesinos, que heredaron las historias ancestrales y europeas tienen una noción mucho más clara, más completa: su lectura une el mito de la fertilidad de los suelos con los ciclos del agua y el movimiento de las estrellas; y así, en enero, guijarros en mano y a la intemperie, en las descampadas noches, esperan las cabañuelas como lo hacían nuestros ancestros, acertando los posibles días en que el semen caerá desde el cielo y fecundará a la tierra.

Y es así como veo al cerro Marimón desde el callejón La Mosca: Como en una cicatriz voy bajando por La Mosca, mientras el cielo zurcido de musgos se va inclinando cada vez menos para abrirse en el más bello confín en el que reposan los tiernos pechos de aquel valle que nació para ser nube.

Y es que de tanto anunciarse uno ya hace de chamán adivinador para los caminantes que vienen en sentido contrario, saludando y leyendo los ojos para ver si uno les revela el estado del tiempo por la fuerza, y cuando acuerda anda uno calculando relámpagos en pleno día y rayos en el crepúsculo.

La esperada angustia que trae la habitual violencia del agua, hace seguir de largo al caminante desprevenido hasta cualquier vega, donde seguro está el platanal y después un remanso de ocumos con unas hojas amplias como si lo estuvieran esperando para que las sacaran a bailar, tan verdes y femeninas que da tristeza arrancarlas.

¡Quien fuera Marimón para desde allá ver el lado claro de mi pueblo!, soñar  con regresar algún día, subir por el callejón La Mosca y seguir derecho por los cerritos llenos de pajonales donde ya ni nortea, hasta que el cansancio me haga buscar el bebedero de las únicas golondrinas que saben por qué este callejón se remonta al revés, porque por El Casabe nunca se sabe.

Pareciera que es aquí, en Yaracuy, en donde por fin la luz se desvía y crea un solo color, el verde. Sí, el verde que pudiera ser la maldición que el mito exorciza, sobre todo en las tinieblas, en donde el verde se casa con el gris. En Yaracuy, algunos hemos aprendido a vivir en contraluz, aunque llevemos una vida diurna, en la que intuimos que no hay que fiarse del aparente absoluto de su luz.