“Podrá no haber serenateros pero siempre habrá serenata”

Entonces fui testigo, esperando mi turno con la guitarra, de que la noche facilitaba su carpa negra tejida de encantos románticos para amparar el beso rápido y clandestino que premiaba al cantor, y en otra ventana observé el breve albor interno de un cuarto donde se reflejaba la silueta de un rostro a media luz, acción considerada también como una recompensa al desvelo. No había estridencia, pues el más breve murmullo entorpecía la solemnidad que revestía la romanza. Y todos respetábamos el instante.

 

Raúl Freytez / Fotos: Roibert Muhlemann

Podrá no haber serenateros pero siempre habrá serenata, dijo Tico Camacho

(Dedicado a la memoria de Enrique Tirado Espinoza y Alberto Puche Derkach)

Una costumbre se perdió en la espesura del tiempo dejando un tibio sabor a nostalgia, que de práctica ideal para el “levante” o enamoramiento, se convirtió en una pieza más del zaguán de la memoria.

“Por las puertas de oriente ya viene el día, despierta niña despierta, amada mía (…), no le dejes al viento mi serenata, mi serenata…”, de los hermanos Gómez, fue tan sólo una de las miles de canciones que se dejaron colar en las frescas noches y madrugadas del San Felipe de los sesenta y setenta, al pie de una y más ventanas visitadas por grupos de serenateros en la vieja Quinta avenida, en la Ascensión, en la avenida Paz y en cualquier rincón escogido para “cantarle” los sentimientos de amor a una flor yaracuyana, a través de las guitarras cadenciosas de Gerardo “Cámara” Aular, Henrique Tirado Espinoza, José Luis Gutiérrez, Juan Ospino el “Lagarto Juancho”, William Alvarado, Ennio e Israel Jiménez y los infaltables Armando Arteaga, Ramón “Copito” Salcedo, Luis Garranchán y Efraín Guevara del “Trío Los Galanes”, el único trío de cuatro, tan igual que el inolvidable “Trío Universitario”, integrado por Franklin Sánchez, Onésimo “Chiche” Betancourt, Toñito Silva, Francisco Sánchez y Juan Barradas.

¡Qué tiempos aquellos!

De esa gama de artistas destacan los integrantes de la nueva generación de voces y guitarras en el Trío Silueta con Franklin y Guillermo Arias, junto a Iván González, a saber los únicos serenateros activos de la entidad. Hicieron llave durante un tiempo con Francis García, Carlos Suárez y Eli Romero. En sus inicios, Franklin y Guillermo formaron equipo con Omar Ugarte y Franklin Reyes, con grupo “El Bohemia”, destacándose en ambas épocas por el romanticismo de sus interpretaciones musicales, que aún en la actualidad causan asombro por la regia ejecución en voces y acompañamiento en guitarra y requinto.

¡Que tiempos aquellos! Agarraba un grupo de serenateros y se enrumbaba a pie hacia el Bar El Doblón, a la Cueva del Oso, donde Eusebio Reyes en la 4ta avenida, a la bodega de Coa, o bien a la 7ma avenida con calle 30 y 31 en La Veroeña, El Nuevo Tango en 7ma y 8va; Bar Cacique en la 28 o el Bar El Guanábano en la avenida 12 entre calles 18 y 19, entre muchos bares y taguaras, a comprar un “aditivo” para afinar las cuerdas vocales, que daría inicio al preámbulo musical de la noche al cuadrar las canciones y las respectivas locaciones, entre buches de Gran Reserva, y todo esto sin que nadie osara molestarlo y mucho menos atracarlo.

Sembrando futuro

Desde el siglo XIII la serenata se manifestaba en horas nocturnas sin llegar a la medianoche, solo en veladas aristocráticas, y en Venezuela se hizo verbo, pues serenatear formó parte de la galantería de los jóvenes músicos. Según afirmara Elí Chinchilla, autor del libro “Serenatas y serenateros”, “la serenata era un regalo espiritual para agasajar a todo ser querido, no sólo a la amada sino también a la madre, al padre, a los amigos y hermanos, a la madre superiora, a la Virgen María, a personas fallecidas y a ciudades”.

De estas aventuras musicales nocturnas sanfelipeñas tiene mucha leña que cortar Héctor Camacho Aular, a quien mejor se le conoce como “Tico”, pues escribió cálidas reminiscencias en su libro “La alegría descifrada”, y de aquellos recuerdos imborrables de la infancia y adolescencia, parte mi vuelo hacia las evocaciones del San Felipe añorado, con una breve pero provechosa charla con él para reconfortar el alma con este cronista, escritor, farmaceuta y docente de Química analítica cuantitativa, jubilado del Instituto Universitario de Tecnología del Yaracuy (IUTY).

Su pasión por la música y la escritura de crónicas data de mucho tiempo, pero nace en serio en el programa radial “Sembrando futuro”, transmitido por el dial 1530 de Radio San Felipe en 1985, con el siempre recordado Luis Alcina en la locución, bajo la conducción periodística de Ledy Vicierra y Alberto Rubio Bencomo.

Para entonces “Tico” estaba interesado en hacer un programa musical tipo show radial, con temas de interés, historias, comentarios y las mejores melodías de guitarras y voces inolvidables de ayer y siempre. Así nació lo que habría de convertirse en el tiempo como una cofradía inmune al olvido, con personajes y sus obras musicales. “El primer protagonista fue el maestro Alirio Díaz”, recuerda Camacho.

Por esa cabina pasaron Henrique Hidalgo y el grupo Botija, así como el inmortal Alfredo Sadel y Otilio Galíndez, entre una “catarraja” de artistas. Fueron años inolvidables y de gratos recuerdos a través del espacio radial “Armando y sus invitados”. De ahí dio un salto a la escritura en el desaparecido semanario “El Fuerte”, dirigido por Luis Alcina, en cuyas páginas dejó claras evidencias de su pasión por evitar la desmemoria de las remembranzas regionales.

Tico Camacho es autor del libro “La alegría descifrada”
Tico Camacho es autor del libro “La alegría descifrada”

Vivencias y remembranzas

Pero “Tico” ya traía la vena escritora de sus estudios primarios con la maestra Luisa Alvarado, quien le motivó a escribir parte de sus andanzas estudiantiles, lo que habría de convertirse a través de los años en una de las pasiones más genuinas de su existencia, que hoy refleja en las páginas del libro “La alegría descifrada”, publicado por la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY).

En las páginas de este interesante libro, recoge un cúmulo de vivencias y remembranzas del viejo San Felipe, trayendo a colación la elaboración de pepas de zamuro, llaveros naturales de cachitos, y juegos del palito mantequillero y la candelita entre otras diversiones. Retrata de un modo sentimental el viejo cine Tropical en el que antes de iniciar la función “se pasaban en la pantalla los avisos comerciales de la sastrería Yevoli, Casa Ideal, Discos Alfredo, Casa Laufer, Mueblería RAU, Bazar Arca de Noé y Tienda Ninoska”, entre otras firmas comerciales de la época. ¡Vaya que llegan al alma esos imborrables recuerdos!

Noches de serenata

Y entre ese cúmulo de apuntes de incalculable valor histórico-sentimental, trae a colación el arraigo musical de nuestra gente, cuyo aporte es sin duda elemental como contribución al conocimiento de nuestros valores artísticos. En resumen, un compendio de vida, una amplia vitrina que, a manera de quincalla, tiene de todo.

A la lectura de esas páginas, yo un lector afanoso, dejo volar mis recuerdos hacia una noche en la vieja 5ta. Avenida de calle angosta, acompañado de Enrique Tirado Espinoza, Ennio Jiménez Emán, José Luis Gutiérrez y Nicolás “Nené” Ojeda García, bajo los sopores etílicos de un “pecho cuadrao” para entonar la voz, mientras Ennio interpretaba “Lucía” del poeta Joan Manuel Serrat: “Vuela esta canción para ti Lucía / la más bella historia de amor, que tuve y tendré / es una carta de amor que se lleva el viento pintado en mi voz/ a ninguna parte a ningún buzón./ No hay nada más bello que lo nunca he tenido / nada más amado que lo que perdí / perdóname si hoy busco en la arena una luna llena que arañaba el mar (…)”. Son, sin duda, imborrables recuerdos de esas noches de serenata.

Entonces fui testigo, esperando mi turno con la guitarra, de que la noche facilitaba su carpa negra tejida de encantos románticos para amparar el beso rápido y clandestino que premiaba al cantor, y en otra ventana observé el breve albor interno de un cuarto donde se reflejaba la silueta de un rostro a media luz, acción considerada también como una recompensa al desvelo. No había estridencia, pues el más breve murmullo entorpecía la solemnidad que revestía la romanza. Y todos respetábamos el instante.

Para entonces, una canción dejó correr su letra en las voces de William Alvarado y José Luis Gutiérrez, la inolvidable “Serenata” de Luis Laguna: “Quiero luna, que alumbres la noche/ en que llegue a tu reja con una serenata,/ y al compás de este valse hagas tu aparición…”

Historias que parecen cuentos

Retomo el encuentro con “Tico” quien con la franqueza del amigo nos relata su historia como si fuera un cuento: “La noche, definitivamente, es una caja de sorpresas”, afirma, al destacar que de las calles “surgen sombras que ensayan su melodía en las pisadas calles del silencio”, para referirse a los serenateros de quienes habla en la página 35 de su libro.

Y es que la serenata deja entrever un sentimiento noble hacia la mujer amada, la madre, la amiga o la hermana, propias o de otros amigos, porque generalmente era en grupo numeroso la tertulia musical noctámbula. Para ´Tico´, “la serenata es un pequeño concierto de ventana”, a lo que me permito agregar que lamentablemente se perdió en el tiempo.

Y es aquí donde florecen los recuerdos. Voces, guitarras y apoyo logístico, conformaban el grupo serenatero. Y así lo trata “Tico” con su afinado instinto de investigador al remontarse a los años 50, 60 y 70 para revelarnos nombres de personajes ya idos, cuyo legado quedó precisamente en haber dejado un recuerdo imperecedero en esas andanzas de la nocturnidad.

Serenateros y apoyo logístico

En la página 36 del libro “La alegría descifrada” de Héctor Camacho, se reflejan los nombres de una legión de serenateros, cada quien con su estilo, pero todos con la misión insoslayable de cantarle a la novia, la amiga, o a la amante, escapándose en la nocturnidad de efluvios etílicos. Entonces empiezan a sonar las “tablas” y las voces de Óscar Silva, Raúl “El negro” Gutiérrez, Enrique Tirado Espinoza, Francis García, Ennio Jiménez Emán, Héctor “Nino” Ojeda García, Alberto Puche, Israel Jiménez Emán, Douglas Gutiérrez, Argenis Sequera, Miguel Gutiérrez, William Alvarado y Rudy Kreubel; Sergio Domínguez, José Morales Dolande, Luis Alfonso Camacho Aular, Orlando Álvarez Parra, Alexis Gutiérrez y Gabriel Jiménez Emán,  entre muchos serenateros.

Y aquí evoco con especial deferencia a dos amigos: Alberto Puche Derkach y Enriquito Tirado, músicos y trovadores que en aquel tiempo no pelaban una pieza inolvidable: “Que importa si tus lindos labios rojos, no tengan para mí más que desdenes, si vivo con la imagen de tus ojos, y con el pensamiento entre mis sienes…”, del boliviano Willy Saenz.

Pero una serenata sin apoyo logístico distaba mucho de cumplir con su cometido, porque generalmente los músicos carecíamos de unidad móvil para trasladarnos de un sitio a otro, y ahí entraba la figura estelar de los “asistentes”, a saber otro grupo de serenateros que aunque no cantaban ni tocaban instrumento musical alguno, apreciaban el significativo encuentro con la noche y el romanticismo. Entre ellos destacan Nicolás Ojeda García, “Juan Rivero, Carlos Pinto Acosta y Daniel Román”, salvo Héctor ´Nino´ Ojeda García que tenía inclinación por las canciones de Sandro... (Ay Rosa Rosa tan maravillosa como blanca rosa como flor hermosa como me condenas a la dulce pena de sufrir (…), ay Rosa dame todos tus sueños, dueño de tu amor quiero ser (…).

Hasta la madrugada

Cercana las diez de la noche, los de la “partía” serenatera disponíamos de nuestro tiempo e instrumentos para entronarnos en el lugar de costumbre, y así practicar las canciones de la noche, generalmente en la “plaza de los curas” como entonces se le decía a la plaza Juan José de Maya, frente al colegio Fray Luis Amigó, o en las “bolas de Páez”, así mentado el monumento de la Plaza Páez en la Intercomunal Cocorote-Independencia, relata “Tico en su agradable charla sobre las costumbres de esa época dorada donde imperaba –hasta la madrugada- el romanticismo y la camaradería, y aunque ya las parrandas de los serenateros son reliquias nostálgicas del pasado, muchos nos negamos a embaular esos sempiternos recuerdos de cuando andábamos en brazos del desvelo, porque, “podrá no haber serenateros, pero siempre habrá serenatas”.

A modo de colofón, sería imperdonable olvidar el inmenso aporte de Don Armando Arteaga con su inagotable repertorio musical de canciones especialísimas para serenatear, tal como: “Excelente la idea darte una serenata esta noche de luna, y cantarle una a una y en cada nota mi gran amor por ti. Excelente la idea de decir que te quiero a todas las estrellas y ponerlas a ellas como testigos fieles y me digas que sí…”