Mauricio Lorenzo y Juan Rubén Badel

De las “Tostadas El Gallo” al pregonero de San Felipe. Dos generaciones, dos nacionalidades, dos hombres de buena voluntad que conjugaron sus vidas para dejar un rastro de identidad con las tradiciones de nuestro pueblo, unidos en el recuerdo desde la cotidianidad en el hermoso y tradicional Barrio Zumuco.

Raúl Freytez / Fotos: Emilio Colaiacovo y archivo personal de la familia Lorenzo Hernández. Óleo: Gustavo Espinoza “Lelé”

Felipe Gutiérrez, Carlos Limardo Jr., Dominguito y Mauricio, celebrándole el cumpleaños a Juan Rubén
Felipe Gutiérrez, Carlos Limardo Jr., Dominguito y Mauricio, celebrándole el cumpleaños a Juan Rubén

En el San Felipe de 1965 despunta el recuerdo con la referencia de la Plaza del Bolívar pedestre, el Palacio de Gobierno, la antigua y hermosa Iglesia Matriz de paredes blancas y amplios espacios, ataviada por el campanario de donde surgía la figura del enorme reloj, y en pleno centro de la ciudad, el Grupo Escolar República de Nicaragua y el Hotel Valle Verde, enmarcada tal ambientación entre la sexta, séptima y la octava avenidas con la calle diez, actualmente Avenida Caracas, en el legendario barrio Zumuco que se extendía desde la Sexta Avenida, al Sur, hasta la Avenida 12, y desde la Avenida Caracas, antes calle 10, hasta la Avenida La Paz.

El barrio Zumuco fue una de las primeras barriadas que surgieron después del fatídico terremoto del 26 de marzo de 1812, igual que El Panteón, Cantarrana, Monte oscuro, Punta brava y Caja de agua, entre otros sectores populares de raigambre, donde germinaron nuevas familias guarnecidas en viviendas de tipo colonial con amplios ventanales y zaguanes a la entrada de las casonas, que muy pronto se convertiría en el centro de la ciudad renacida, pues allí se construyeron edificaciones de relevante importancia alrededor de una  hermosa plaza mayor que con el correr de los años se transformaría en el lugar por excelencia para rendir honores al Padre de la Patria, con la construcción de la Plaza Bolívar, frente al Palacio de Gobierno, y a su alrededor la Iglesia Matriz de San Felipe que derrumbaran en 1970 para construir en su lugar la actual Iglesia Catedral, entre otras obras significativas. 

Una de esas edificaciones fue el viejo Cuartel de la Policía, ubicado al frente de la plaza mayor, que al ser mudado a las nuevas instalaciones en la calle 9 entre las avenidas 10 y 11, luego dio paso a la construcción del Hotel Valle Verde, el lugar por excelencia para degustar exquisiteces culinarias italianas en el lujoso Bar Restaurant de piso reluciente, colindante con el Cuartel militar ubicado en la zona que hoy ocupa la sede de la Alcaldía de San Felipe.

Ya para el año de 1959, el joven Mauricio Lorenzo Estévez había llegado a La Guaira en el buque Begoña, proveniente de La Caleta, en Garachico, población de Tenerife, reconocida como la mayor isla del archipiélago canario en el océano Atlántico, patrimonio natural de la Comunidad Autónoma de Canarias, en España. 

Fachada del Hotel Valle Verde, el lugar por excelencia para degustar exquisiteces culinarias en el lujoso restaurant ubicado frente a la Plaza Bolívar de San Felipe
Fachada del Hotel Valle Verde, el lugar por excelencia para degustar exquisiteces culinarias en el lujoso restaurant ubicado frente a la Plaza Bolívar de San Felipe

Mauricio, pleno de juventud, nacido el 17 de abril de 1931, se alejó de su tierra esperanzado en alcanzar un mejor porvenir, y rápidamente desarrolló su experiencia mercantil en Caracas, en una bodega que no colmó enteramente sus aspiraciones y fue así como se enteró de San Felipe, un pueblo ubicado en el centro del país donde el verdor era perpetuo los doce meses del año, y sobre todo, podía tener mejores oportunidades de crecimiento comercial.

De este modo llegó a San Felipe, entre los años de 1959-60 y casi de inmediato se asoció con Doña María Soler Segovia en un pequeño espacio que alquilaban en el Hotel Bar Restaurant Valle Verde, administrado por Pepe Paván; una de las mejores posadas de la ciudad ubicada en pleno centro, frente a la Plaza Bolívar. Así nació las “Tostadas El Gallo”, que al cabo de un tiempo concertó negociación con la socia y se hizo único propietario del negocio en 1961 ya con una nueva denominación. Desde entonces la calidez de la ciudad impregnó su espíritu de paisanidad y se hizo sanfelipeño.

La “Refresquería El Gallo” bien pronto se convirtió en el lugar de encuentro para la tertulia entre sorbos de café, y por allí pasaron gobernadores, diputados, concejales, periodistas, poetas, gente de aquí, de allá, de todos lados para conocer los últimos eventos del día, casualmente por encontrarse en el centro de casi todos los poderes públicos que comentaban las noticias de los diferentes diarios que allí se expendían, mientras que mucha gente mitigaba el calor con las diversas marcas de refrescos, aparte de las golosinas de entonces y las exquisitas empanadas salidas de las manos de su esposa Ángela Hernández Ledezma, con quien contrajo nupcias por poder. Ángela había nacido en el poblado de La Orotava, también de Tenerife, y llegó directamente a San Felipe para formar su hogar con Mauricio en la calle 8 con avenida 8, del barrio Zumuco. Tuvieron dos hijos: María Auxiliadora (1961) y Mauricio Domingo en 1972.

La vieja calle 10 era subiendo, y alrededor de la hermosa Iglesia Matriz había un amplio espacio tipo plazoleta con caminerías donde colocaron una fuente rodeada de matas de mangos y mamones dulcitos, que unía la rampa o acera del lateral de la Iglesia por donde los zagaletones de entonces bajaban en patines cuesta abajo para chocar muchas veces violentamente contra la pared posterior del bautisterio.

Mauricio Lorenzo junto a su esposa Ángela y sus hijos Mauricio Domingo y María Auxiliadora
Mauricio Lorenzo junto a su esposa Ángela y sus hijos Mauricio Domingo y María Auxiliadora

Al lado de las “Tostadas El Gallo” estaba la “Óptica Gil”, de Enrique Gil Monllor, y también hubo una distribuidora de periódicos regentado por Corrado Carusso que luego fundó un negocio de fotografía. Al cruzar la esquina del Hotel Valle Verde estaba la joyería y relojería “La Perla del Turia”, la “Barbería Valle Verde”, de Pepe Valenti y unos metros después el “Cine Tropical”.

De este modo Mauricio, así a secas, como fue conocido por todos, se ganó el aprecio del pueblo por su trabajo constante, “pues lo que más recuerdo de mi padre es que conocía mucha gente y que trabajaba demasiado. Era incansable de lunes a lunes, él abría el negocio a las 4 o 5 de la mañana y eran las 8 de la noche y todavía estaba abierto, de hecho, no cerraba al medio día”, según aseguró su hijo Mauricio, quien desde muy joven empezó a trabajar con su padre.

Mauricio Lorenzo logró cautivar el aprecio de la vecindad por su condición de gente, siempre afectuoso y dispuesto a ayudar a los menos favorecidos, suelto en la palabra y acertado en el discurso diario al que era afecto en las conversaciones con sus amistades y varias instituciones públicas reconocieron su afecto por hacer de San Felipe una ciudad próspera a través del trabajo constante.

Una de esas personas que frecuentaba el negocio constantemente para hacerle mandados a mucha gente, era Juan Rubén a quien le prestó especial atención porque este hombre humilde de escasas letras, era de una apacibilidad casi infantil y diligencia extrema en el cumplimiento de los “encargos”, lo que le hizo ganar su aprecio y prácticamente lo apadrinó, proporcionándole un puñado de periódicos Yaracuy al Día para que los vendiera, e incluso le daba algunas instrucciones de tipo mercantil para que voceara por las calles de San Felipe, y así se ganó el título de pregonero, que también le permitió servir en el Centro Bazar El Único al anunciar las gangas y ofertas del negocio, conquistando el aprecio de su propietario, Tony Abreu. 

Varias instituciones públicas reconocieron su afecto por hacer de San Felipe una ciudad próspera a través del trabajo constante (Foto: Emilio Colaiacovo)
Varias instituciones públicas reconocieron su afecto por hacer de San Felipe una ciudad próspera a través del trabajo constante (Foto: Emilio Colaiacovo)

Juan Rubén, el primer pregonero de San Felipe

Mauricio Lorenzo y Juan Rubén Badel, dos generaciones, dos nacionalidades, dos hombres de buena voluntad que conjugaron sus vidas para dejar un rastro de identidad con las tradiciones de nuestro pueblo, y aunque poca gente de esta generación recuerda a Juan Rubén, su nombre está impreso en la historia de San Felipe por su sencillez, humildad extrema y exagerada disposición para el trabajo, quien habría de convertirse en el mensajero de buenas y malas noticias a través de los titulares que pregonaba con su lengua mocha por esas calles del San Felipe de ayer, sobre todo por la 5ta Avenida.

En él, San Felipe tuvo entonces su mensajero, un apelativo que se ganó a fuerza de caminar sin descanso con sus zancadas cortas, voceando incluso ofertas de los negocios del lugar para ganarse el sustento del día.

Calzaba alpargatas desgastadas, franela blanca manga larga y otras veces corta, pantalón de kaki arremangado o “brincapozo”, y en la cabeza un sombrero que oscurecía el perfil salpicado de unos pocos vellos, que le otorgaban un cierto parecido a Popeye el marino, pues el ojo derecho se le achicaba por el peso del párpado, y a pesar de su rígida catadura siempre mostró una placidez indefinible en el rostro -nunca mal encarado- que bien podría definirse de inocencia, aderezado de una sonrisa eterna para congraciarse con la vida.

Juan Rubén salía muy temprano de su casa en la esquina de la calle 9 en el barrio Zumuco, a escasa media cuadra de la Comandancia de la Policía, la sede de la Circunscripción Militar y la Región Sanitaria, para más señas, a ganarse la vida, bien haciendo mandados a particulares, vendiendo periódicos o voceando consignas publicitarias de las Tostadas El Gallo, de Mauricio Lorenzo, del Centro Bazar El Único, de la Panadería Estrella o de la Farmacia Las Mercedes: “Haj aceijte de rijcino pa vaciar el intentino, en lajmercede, haj aceite de rijcino, haj aceijte de rijcino”, pregonaba a los cuatro vientos con su característica y repetitiva lengua mocha.

A Juan Rubén jamás se le escuchó una frase grosera o insultante, y su modo de ser, amable y servicial, le hizo convertirse de algún modo en leyenda urbana. Lo cierto es que todos los días bajo un palo ‘e sol, este hombre de pequeña estatura recorrió a pie la 5ta Avenida, enjuto su cuerpo trajeado de humildad, paseaba voceando noticias con pasos medidos de a centímetros mientras balanceaba el torso. 

Juan Rubén Badel Domínguez, nació el 27 de marzo de 1924, de la unión de Felipe Antonio Badel y Ana Lucía Domínguez, quienes también procrearon a Guadalupe, Ramón, Isidro, Estílita, Saturno, Victoria, Petra, Paula, Honorio y Pilar.

Juan Rubén y Mauricio Lorenzo, durante el homenaje que le hicieran en la Piedra de Oro con el obsequio del megáfono 27-04-76
Juan Rubén y Mauricio Lorenzo, durante el homenaje que le hicieran en la Piedra de Oro con el obsequio del megáfono 27-04-76

Nuestro Juan apuraba el paso con su pequeña carga de periódicos, y aunque muchos no entendían sus insistentes articulaciones verbales, él seguía voceando las noticias o titulares que con antelación le confiaba Mauricio, quien por cierto en una ocasión propició una “gran vaca” entre sus innumerables amistades para comprar y obsequiarle un megáfono que transformaría a nuestro personaje en el primer heraldo de San Felipe con un altoparlante a baterías. En esa ocasión también celebraron su cumpleaños en “La Piedra de oro”, junto a los familiares y a las personas que estaban siempre cerca de Juan Rubén: Tiberio Longobardi, Lorenzo Rómulo Reinoso, Chiche Betancourt, Mauricio Lorenzo y Luis Regalado “Marañón”, tan solo por nombrar algunas de sus amistades.

La Plaza Bolívar, la Boca´el Churro, Zumuco y la 5ta Avenida fueron sabaneados por este trovador de ilusiones, que a “medialengua” dibujó su silueta campechana por última vez en el San Felipe del mes de febrero de 1994 cuando apagó su megáfono a los 69 años de edad, por un paro cardio respiratorio. Su amigo Mauricio Lorenzo le sobrevivió 15 años, al desaparecer físicamente el 06 de abril de 2009, a la edad de 77 años.

Por estas calles pasó Juan Rubén en el San Felipe de 1966, voceando noticias con pasos medidos de a centímetros mientras balanceaba el torso
Por estas calles pasó Juan Rubén en el San Felipe de 1966, voceando noticias con pasos medidos de a centímetros mientras balanceaba el torso

Fue tanto el aprecio que le dispensó Tony Abreu, el propietario del Centro Bazar El Único, a Juan Rubén, que durante el deterioro de su salud viajó especialmente desde Portugal hasta el barrio Zumuco a visitar a su amigo enfermo, y fue notorio que la desaparición física de Juan Rubén causó un hondo pesar en la población, pues se marchaba un hombre bueno.

Para entonces era habitual que las honras fúnebres se hicieran en las viviendas, aunque otras familias acudían a la funeraria. En el caso de Juan Rubén, fue velado en la casa de su hermana Pilar Badel de Gil, en la avenida 11 entre las calles 8 y 9, frente a la Plaza Páez. De allí partió la caravana fúnebre y era costumbre de la época que la carroza pasara por la cuarta o la 6ta avenidas hasta el cementerio de la calle 25, pero a Juan Rubén lo trasladaron por la 5ta avenida, un hecho inusual pero que seguramente fue considerado como el homenaje póstumo del pueblo que le apreció por su forma de ser: sencillo, trabajador, afable y servicial; un personaje de humilde condición convertido en el primer pregonero de San Felipe. 

Juan Rubén (Óleo de Gustavo Espinoza, Lelé)
Juan Rubén (Óleo de Gustavo Espinoza, Lelé)