LOS ÚLTIMOS CAMPANEROS DE LA IGLESIA MATRIZ DE SAN FELIPE

Estos monaguillos, hoy denominados Ministros del altar, también se convirtieron en campaneros, que muy bien pueden ser reconocidos por la historia como músicos de una sola cuerda, pues de alguna forma requerían de oído musical para valorar los sonidos adecuados en la rapidez del jaloneo de las campanas.

Raúl Freytez / Fotos: Magaly Martínez

Esta es la campana mayor que nos despertaba con las horas del reloj de la Iglesia Matriz de San Felipe, aseguró Jacobo Gil. (Foto: Magaly Martínez)
Esta es la campana mayor que nos despertaba con las horas del reloj de la Iglesia Matriz de San Felipe, aseguró Jacobo Gil. (Foto: Magaly Martínez)

La música campanuda dejó volar sus acordes de fe bajo el cielo del San Felipe renacido; inconfundible, certera en el llamado de paz a las mujeres y hombres de buena voluntad. Su voz armoniosa surcó el espacio desde el alto campanario de la ciudad con el repicar de los bronces de la Iglesia Matriz, hasta el último aliento de su existencia cuando fuera derribada en 1970.

Muchos de los niños y adolescentes de entonces y años posteriores, aún recordamos el tañido de la campana mayor, esa que daba las horas con su tono soberano para el tiempo del recreo en el Grupo Escolar República de Nicaragua y la salida de clases con el campaneo de los doce badajazos de identidad.

Así de vivos son los recuerdos de Jacobo Antonio Gil Domínguez, un zumuqueño que desde la edad de ocho años se hizo monaguillo con la guía de Monseñor Julio César Pacheco en la hermosa Iglesia de porte colonial, enraizada frente a la sencilla pero agraciada Plaza del Bolívar pedestre; regia pieza de bronce que hoy ennoblece la Plaza Bolívar de Aroa.

Nunca olvidaré la sonoridad cálida y enérgica de la campana mayor; esa obra de arte forjada en bronce que estaba sincronizada con las horas del viejo reloj de cuerda situado en lo alto del campanario, por el cual la ciudadanía tuvo el conocimiento de las horas y media hora del día. Esos sonidos fueron tan afectuosos como inolvidables”, apuntó Jacobo, entre los rasgos nostálgicos de sus 76 años, en la sala de su casa de la Urbanización La Ascensión.

En ese campanario de viejas añoranzas había cuatro campanas; tres pequeñas utilizadas para los repiques del llamado a la misa y una muy grande armonizada con la cuerda del reloj de fuertes flejes que mantenía alerta al poblado por el esfuerzo cotidiano del relojero oficial Rafael Carrillo, un vecino de espigado porte, encargado de darle cuerda al enorme mecanismo que movía sus manecillas metálicas. Es la campana que Jacobo denomina como la “Campana mayor”, esa que Dios mediante reaparecerá convertida en obra de arte ante los ojos del pueblo para regocijo de la feligresía sanfelipeña, pues ese bronce es el único testigo “vivo” de la hermosa Iglesia Matriz construida 52 años después del fatídico terremoto del 26 de marzo de 1812 frente a la plaza mayor en el San Felipe renacido.

El instante de la firma de la fotografía convertida ya en testimonio histórico, fue recogido por la lente de Magaly Martínez, investigadora de la Oficina del Cronista de San Felipe.
El instante de la firma de la fotografía convertida ya en testimonio histórico, fue recogido por la lente de Magaly Martínez, investigadora de la Oficina del Cronista de San Felipe.

Un eco clarísimo en el espacio

Hoy ratifico lo que desde en un principio afirmé era el redescubrimiento de la campana mayor en el campanario de la Catedral de San Felipe, el 9‎ de ‎marzo‎ de ‎2015 a las 12:12:26 de la tarde, ‏‎como está descrito en el geotag de la cámara fotográfica de Magaly Martínez. Tal hecho lo atestigüé porque desde la destrucción de la Iglesia Matriz en 1970, las campanas fueron ubicadas en el estacionamiento de la Curia Diocesana, lo que confirmó Jacobo Gil Domínguez, extrañado -igual que todos los sanfelipeños- que luego de un tiempo las campanas desparecieran inexplicablemente del lugar, sin que nadie supiera dar con su paradero.

Esa realidad se describió con mayores señales en la crónica titulada: “La campana rota y su afectuoso himno de identidad”, en la página web bitacoradelcronistasf.jimdo.com y que hoy con sumo agrado se confirman nuestras investigaciones al lograr de viva voz las memorias de Jacobo Gil, cuando afirmó que de las dos campanas ubicadas actualmente en el campanario de la Catedral de San Felipe una, en efecto, es el bronce que antes estuvo situado en el campanario de la Iglesia Matriz de San Felipe, que él llama “Campana mayor”, por ser la más grande de las cuatro que allí había, cuyo acorde era de un eco clarísimo e infinito en el espacio, “pues se escuchaba aún a muchas cuadras de distancia entre barrios”.

Jacobo Gil afirmó que, según han dicho varios cronistas, en la torre del campanario de la Iglesia Matriz “estaba una campana enorme proveniente de la Iglesia de Nuestra señora de la Presentación. Ella cayó con el terremoto, era de bronce y se abrió en un lado y eso le dio una tonalidad de tal magnitud que se escuchaba en todas partes. Por lo menos así se dio a conocer de generación en generación. ¿Dónde fue a parar? No lo sé, ni las otras tres campanas más pequeñas”.

Tal sonoridad se debe a la rajadura en la boca de la campana cuando cayera del campanario de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, durante el terremoto de 1812, hecho que afirmó José Policarpo Reyes Zumeta (Felipe de Villafuerte) en sus escritos y conferencias, “un acucioso investigador y el producto de sus pesquisas fue publicado en diversos medios impresos de la época, donde demostró destreza y rigidez en sus señalamientos”, según argumentó el periodista, escritor y cronista yaracuyano Cruz Ramón Galíndez. De igual modo así lo dio a conocer el profesor Domingo Aponte Barrios, y antes de él, el Dr. Alfonso Bortone Goitía, entre otros cronistas de vieja data. Si esa es o no la campana, sigue en la penumbra de la leyenda.

De hecho este pasaje de la historia de la campana rota de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, fue difundida por Mercedes Salom, cuyas declaraciones están en el libro “Campanario” de mi autoría (próximo a editar), donde afirmó: “…según se supo, o se comentó, un grupo de feligreses la rescataron de las ruinas y colocaron en resguardo de alguna familia de la época, y luego los cronistas argumentaron que ésta había sido colocada en el campanario de la Iglesia Matriz, al destacar que hablaban de una campana de oro que encontraron en el lugar de la tragedia, pero no podía ser de este metal precioso porque el oro no tiene el sonido característico que sólo otorga el bronce, aunque sí el brillo semejante ante los reflejos del sol. Lo cierto es que cuando bajaron las campanas para derribar la Iglesia Matriz, una de ellas se notaba entre las otras por su hermosura y gran tamaño con una hendidura distintiva, al parecer producida por la caída del campanario durante el terremoto. Esas campanas las colocaron en el estacionamiento de la Curia Diocesana, y de ahí no se supo más de ellas”.

Mercedes Salom fue la funcionaria que guardó con el mayor celo la memoria del lugar por más de 38 años, “desde el 16 de agosto de 1976”, ejerciendo el cargo de Informadora Turística en el Parque Histórico Arqueológico San Felipe “El Fuerte”, dependiente del Instituto Nacional de Parques (Inparques), considerada, con sobrados méritos, guardiana del patrimonio histórico de las huellas de nuestra identidad, hasta que obtuvo su jubilación en 2013 con el reconocimiento de los sanfelipeños.

Este es el testimonio fotográfico que muestra la campana con detalles de sus Imágenes, firmado por Jacobo Gil que da fe de su autenticidad.
Este es el testimonio fotográfico que muestra la campana con detalles de sus Imágenes, firmado por Jacobo Gil que da fe de su autenticidad.

De monaguillos a campaneros

Cuenta Jacobo Gil que durante su época de monaguillo con Monseñor Julio César Pacheco, le ayudaba en la misa entre otros servicios del altar, ataviado de lienzo blanco con mangas anchas, y que además subía a tocar las campanas, al igual que los otros misarios. “En esos tiempos la ceremonia era ofrecida en latín con el padre de espalda a la congregación y había mucho respeto y espiritualidad por parte de la feligresía que colmaba el templo”.

Es esa época no eran muchos los carros que se desplazaban por las angostas calles de San Felipe, por lo que las personas caminaban libremente casi por medio de las vías y esa rancia costumbre aún se conserva en muchos pueblos de Yaracuy, igual como la tradición de cuando las personas colocaban algunas sillas frente a su casa “para agarrar fresquito” y ver pasar la vida frente a sus hogares, pero la vecindad siempre esperaba el tañido del bronce para reforzar sus lazos de identidad con el campaneo de las horas sanfelipeñas.

Estos monaguillos, hoy denominados Ministros del altar, ayudaban al padre que oficiaba la misa y mantenían en orden lo relacionado a la ceremonia litúrgica, con el vino, la hostia, el cáliz, “y todo en su santo lugar”, también se convirtieron en campaneros, que muy bien pueden ser reconocidos por la historia como músicos de una sola cuerda, pues de alguna forma requerían de oído musical para valorar los sonidos adecuados en la rapidez del jaloneo de las campanas. “El Chingo” Julio fue uno de los campaneros más antiguos de la siempre recordada Iglesia Matriz de San Felipe, e igual Jacobo Gil junto a Adrián Álvarez, Héctor Alcalá Poza, Cristian Mujica, Mario y Orlando Rabán, así como también un muchacho llamado Domingo Montesinos, mejor conocido como “El Turpial”, “que aunque no ejerció el oficio de monaguillo sí fue el campanero que sobresalió de entre la muchachada de entonces, a pesar de haber sido de contextura delgada. Era muy flaco”. Al pasar de los años otros monaguillos tendrían esa responsabilidad, tal como Carmelo Martínez, desde hace muchos años residenciado en Barquisimeto, y Aléxis Gutiérrez enseñado entonces por el sacristán Melquíades Gómez, un trabajador del templo que había sido empleado por el Párroco Manuel Sánchez, cuando la Iglesia aun dependía del estado Lara.

Orlando Rabán, entregado desde hace muchos años a las artes gráficas de colocar las letras, repartir el espacio y organizar correctamente el material a imprimir al viejo estilo, fue también uno de los monaguillos de la Iglesia Matriz de San Felipe. Él y su hermano mayor (Mario, que llegó a ser sacristán), recuerda que alrededor de la cúpula del campanario habían cuatro relojes y bajo la bóveda, cuatro campanas: una pequeña ubicada frente a la Plaza Bolívar; las otras dos colocadas a ambos lados de la torre y la otra, la más grande colgaba del gran atril de la bovedilla y era la que daba las horas a los sanfelipeños. En el lado posterior estaba una corneta por donde salían las notas del carrillón, cuyo sonido no es de ningún modo extraño a nuestra memoria, pues repetían esa musicalidad inolvidable cada media hora en el transcurrir del día, e inclusive avisaba el toque de la hora determinada, por cierto, un instrumento muy tecnificado para la época con capacidad de producir armonías eficazmente afinadas y ordenadas, maniobrado desde la curia donde estaba situado, el lugar donde se congregaban los sacerdotes.

Esa visita a la casa de Jacobo Gil reafirma la calidez de nuestra memoria histórica, arrancó afectuosas emociones en su espíritu, pues ante la imagen fotográfica de la campana liberada de su encierro silente, arrinconada en el campanario de la Catedral sobre una alfombra de óxido, dijo conmovido por el reencuentro de recuerdos: “Esta es la campana mayor que nos despertaba con las horas del reloj del alto campanario en la Iglesia Matriz de San Felipe, cuyo tañido aturdía al campanero de turno, por el armonioso estruendo del bronce”.

Orlando Rabán recuerda que alrededor de la cúpula del campanario habían cuatro relojes y bajo la bóveda, cuatro campanas. (Foto: Magaly Martínez)
Orlando Rabán recuerda que alrededor de la cúpula del campanario habían cuatro relojes y bajo la bóveda, cuatro campanas. (Foto: Magaly Martínez)

La campana rota reaparecerá en una obra de arte

Con el correr del tiempo los campanarios enmudecieron algunos toques de los bronces, tal como el “Toque de arrebato”, que anunciaba alguna catástrofe, de igual modo el “Toque de fiesta”, para los días festivos, aunque aún persiste, por ejemplo, el “Toque de difuntos”, que revelaba la defunción de algún poblador, y el “Toque de bodas, con el repique de campanas. Pero de cualquier modo, esa campana será por siempre el idioma de mayor importancia para emitir el mensaje de las horas en alas de la distancia entre golpeteos de badajos y toques de melancolía, por encima de los años.

De ahí la importancia de la firma de Jacobo Gil en la fotografía convertida ya en testimonio histórico, captada por la lente de Magaly Martínez, investigadora de la Oficina del Cronista de San Felipe, tan emocionada como yo por el momento que con infinito amor compartimos con todos, orgullosos de nuestro gentilicio.

Ahora sólo falta conocer el significado de esos soberbios grabados con representaciones de hipogrifos custodiando un cáliz, moldeados en el cuerpo de la campana, en cuyo estudio se encuentra Lázaro Álvarez y Enric Aragonés, tan versados en letras como en leyendas heráldicas, con lo cual complementaremos el informe final que permitirá rescatar del olvido el último bastión de la lucha de nuestros fundadores, el único testigo “vivo”, aparte de las ruinas y la pila bautismal de San Felipe “El Fuerte”.

La campana rota aflorará en todo su esplendor en la obra de arte "Tañido al cielo" que ya cuenta con el respaldo del Gobierno regional, así como de los concejales y Alcalde de San Felipe para su revisión, discusión y aprobación, junto a la Oficina del Cronista Oficial y del Instituto de Patrimonio Cultural (IPC), para realizar el proyecto de Musealización de la Catedral. Que así sea.

La campana rota reaparecerá en todo su esplendor en una obra de arte, para orgullo de nuestro gentilicio. (Foto: Magaly Martínez)
La campana rota reaparecerá en todo su esplendor en una obra de arte, para orgullo de nuestro gentilicio. (Foto: Magaly Martínez)