La campana rota y su afectuoso himno de identidad

Un mar de sentimientos encontrados afloraron a mi alma al notar que tan valioso patrimonio regional se encontrara en la precaria condición de abandono y carestía de amor fraternal, allí en el suelo frío del campanario, absolutamente muda, cobijada con el manto verde azulado de la pátina que recubre las formas redondeadas del artístico y valioso bronce.

Raúl Freytez / Fotos: Magaly Martínez

La vieja campana rota de la Iglesia Matriz del San Felipe renacido sigue cobijada en el velo de leyenda. (Foto: Magaly Martínez)
La vieja campana rota de la Iglesia Matriz del San Felipe renacido sigue cobijada en el velo de leyenda. (Foto: Magaly Martínez)

El viejo campanario quedó mudo en lo alto de la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, ahora revestida de escombros y musgo; su bronce ya no toca más el llamado de júbilo, sino el toque de difuntos. El toque de oración también enmudeció. La atalaya se vino abajo igual que las gruesas paredes de barro y piedras, arrastrando consigo los lamentos del terruño feligrés. El 26 de marzo de 1812 enmudeció el pueblo para irrumpir luego como joya inmortal de entre los muertos. Por desgracia el yugo no soportó la embestida de la naturaleza y soltó el bronce que golpeó furiosamente contra el suelo antes de rajarse. Asa, hombro, tercio y badajo quedaron intactos, pero no así la copa que se agrietó por el violento impacto.

Luego del rescate de las victimas que se contaron por miles, ese día aciago la ciudad mártir se convirtió en un osario de almas, un camposanto natural que nos señala el rumbo al amor eterno por nuestra identidad, un homenaje a la memoria que nos eleva el alma al reencuentro con la nobleza de sus huellas, eternas en cada piedra que aun cuenta su potente historia.

Después vendría la reconstrucción alrededor de la ciudad y la poblada surgió como el ave fénix de sus propias cenizas mientras la campana rota era rescatada de entre los escombros teñidos de espanto y reliquias. Y San Felipe, ya sin el apelativo “El Fuerte”, germinó dejando en el rincón de los recuerdos los vestigios del trágico 1812, y sólo después de 52 años la vecindad vio perfilado al fondo de la nueva Plaza mayor, el Templo consagrado al Santo sacramento de la eucaristía en la esbelta y siempre hermosa Iglesia Matriz del San Felipe renacido, en cuyo campanario enclavaron el nuevo yugo que soportaría el peso de la histórica y valiosa reliquia ritual: la campana rota de armoniosas líneas y tañido claro y fuerte en su cantar sonoro, ahora teñido de verde azulado el bronce, matiz del Chimborazo entre el musitar de las hojas del bosque yurubiano. Así lo hicieron saber los cronistas de San Felipe.

Desde el campanario de la Catedral se observa la Plaza Bolívar y el Palacio de Gobierno en el San Felipe renacido
Desde el campanario de la Catedral se observa la Plaza Bolívar y el Palacio de Gobierno en el San Felipe renacido

Fue entonces cuando el campanario dejó volar al viento las intensidades musicales del bronce centenario por los enérgicos cordelazos del sacristán, y todo el pueblo mostró una sonrisa en sus labios persignándose en el nombre de Dios mientras desde lo alto el metal repicaba una y otra vez. Era la vieja campana rota cantando el afectuoso himno de identidad, alegre y fandanguera llamando a los vecinos al momento de la oración, indicio de dejar cualquier quehacer doméstico para dedicarse a rezar en el santuario de la paz.

En aquel momento los campanillazos arrollaron los sentidos tan igual como los recuerdos que afloran con ecos del ayer estampados en la memoria, con su voz inconfundible de sonoridades. La armonía se esparció ese día y los consiguientes colmados fervorosamente de concordia, y en cada tañido traía el mensaje de Cristo Redentor. Las campanas repican en la voz del pueblo.

Yo viví esos bellos instantes de la niñez y parte de mi juventud escuchando el repique febril de las campanas, e incontables veces desperté bajo su redoblar estridente, allá en el inolvidable barrio Zumuco detrás de la Iglesia Matriz, en la calle 8 número 98, bajo el cielo hermoso de San Felipe. Y desde el aula de clases en el inolvidable Grupo Escolar República de Nicaragua, se escuchaba el paso de las horas en cada golpe del badajo. A mediodía, con las doce campanadas, les pedía la bendición a mis viejos, e igual hacían mis hermanos. Era la devoción de una tradición de fe, amor y respeto por nuestros padres que ellos solían acompañar con la señal de la cruz; hoy una costumbre perdida en el tiempo.

Y llegó el infausto momento en que el hombre trajeado de político llegó a la patria chica para propiciar la devastación del templo, a pesar de las múltiples quejas y reclamos de la vecindad que no aceptaba la demolición de la centenaria Iglesia Matriz. Lo peor es que era un hijo de este suelo quien propició el hecho criminal que finalmente se cumplió en 1973. Paradójico también que luego de 161 años paralelamente se redescubrían las huellas de lo que fue la ciudad del origen en el amasijo de barro y ruinas en que se convirtió la ciudad de San Felipe “El Fuerte” luego del terremoto de 1812. Por un lado aniquilaban una reliquia histórica de innegable valor arquitectónico y patrimonial, la casa de Dios en el San Felipe renacido, mientras que por otra parte descubrían las huellas de un pasado noble forjadas al valor de la constancia.

Con el Templo en ruinas, las reliquias contenidas en ellas se ensombrecieron en los rescoldos del tiempo; unas aparecieron bien pronto y otras simplemente desaparecieron para siempre. Así estaba la vieja campana de Nuestra Señora de la Presentación que supuestamente heredaría la Iglesia Matriz de San Felipe, oculta en algún rincón hasta hace poco tiempo desconocido. Estos hechos se resaltarán en el libro “Campanario” donde describo con lujo de detalles la potente y hermosa historia inacabada de San Felipe, con prólogo del cronista y periodista William Ojeda García.

De la colección de campanas de la Iglesia Matriz de San Felipe, solo quedaron dos en el campanario de la Catedral
De la colección de campanas de la Iglesia Matriz de San Felipe, solo quedaron dos en el campanario de la Catedral

Resulta que durante la inspección de la Capilla El Cristo en 2014, finalmente se decidió preservar el maravilloso material religioso en la Catedral de San Felipe, mientras se conseguían los recursos para reconstruirla, y fue cuando, luego de 41 años, logramos dar con el paradero de la campana rota de la demolida Iglesia Matriz de San Felipe, que se mantuvo envuelta en la leyenda para reaparecer ante el regocijo de la feligresía sanfelipeña.

En esa ocasión, luego de conversar brevemente con el Párroco de la Catedral de San Felipe, José Gregorio Carreño, le pregunté si él tenía conocimiento de dónde había ido a parar la vieja campana de la Iglesia Matriz de San Felipe, a lo que respondió que en el campanario de la Catedral estaban dos campanas, que subiera a revisar. Y así lo hicimos.

De inmediato subimos la empinada y angosta escalera que lleva a lo alto del campanario. Entonces Magaly Martínez, investigadora de la Oficina del Cronista, Carlos Holder, del Instituto de Patrimonio Cultural (IPC), núcleo Yaracuy y Dayana Mendoza, para entonces asistente del concejal Gabriel Gutiérrez, presidente de la comisión de Cultura del Concejo municipal, nos reencontramos con la historia. Fueron 95 escalones. Confieso que el corazón se me aceleró, no sólo por el esfuerzo de remontar el estrecho túnel, sino por tener frente a mí un pedazo de historia viva moldeada en el bronce de esa legendaria campana.

Un mar de sentimientos encontrados afloraron a mi alma al notar que tan valioso patrimonio regional se encontrara en la precaria condición de abandono y carestía de amor fraternal, allí en el suelo frío del campanario, absolutamente muda sobre un manto de óxido, cobijada con el manto verde azulado de la pátina que recubre las formas redondeadas del artístico y valioso bronce, vinculada con la forma geométrica del “triángulo", que simboliza la Santísima Trinidad, originaria manifestación del Gran Arquitecto del Universo.

Esa hermosa campana de elegantes y hermosas imágenes esculpidas en su piel de bronce, es orgullo de nuestra idiosincrasia y vivo testimonio de identidad cultural, pues, según indicaron el Dr. Alfonso Bortone Goitía y el profesor Domingo Aponte Barrios, entre otros cronistas y conocedores de la memoria colectiva local, que nada se había sabido de esa joya ritual contenida en el campanario de la ciudad del origen, y por las características reflejadas en la fundición y hermosura artesanal, así como la grieta en la boca de esa campana, nos hace presumir que retorna más viva que nunca del letargo que la había convertido en leyenda.

Así fue que supimos de la campana rota extraviada de la vista humana, solamente visitada por golondrinas y azulejos, desairada en ese campanario ante los ojos de Dios. Esta campana retorna más vibrante que nunca con su cicatriz de martirio en alas de mariposa y canto de aves. Del resto de las campanas de la Iglesia Matriz nada se sabe, aún.

Descubierta esa reliquia histórica, mediante un informe le hicimos saber a las autoridades munícipes del cálido hallazgo, y como era de esperarse el presidente del Concejo municipal, Luis Omar Martínez, y los concejales del municipio San Felipe en pleno, junto con el Alcalde Álex Sánchez, la Oficina del Cronista y el IPC, hacen los preparativos pertinentes para rescatarla del olvido, junto a otra campana de menor tamaño que podría tener un mejor uso. Mientras que la antigua campana rota será exhibida con toda la gloria en la obra de arte "Tañido al cielo", para orgullo de nuestro gentilicio. Así pues que repiquen las campanas de júbilo, pues el bronce del origen retornó vivo de sus propias cenizas. ¡Aleluya!

 

En primer plano la cúpula de la Catedral escoltada por el imponente Chimborazo
En primer plano la cúpula de la Catedral escoltada por el imponente Chimborazo