Félix Pifano: Orfebre de la ciencia que enaltece a Venezuela

En el marco de la docencia, en 1932, fue profesor de biología del Liceo San José, de Los Teques, Estado Miranda, y de 1934 a 1935 fue Monitor de Clínica Medica, Monitor de Clínica Obstétrica e Interno del Hospital Vargas, de Caracas. Desde 1941 hasta su muerte fue profesor titular de la cátedra de Medicina Tropical de la UCV. Entre 1944 y 1946 fue Decano de la Facultad de Medicina de la UCV, y desde 1947, fundador y director del Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, que hoy lleva su ilustre nombre.

Cruz Ramón Galíndez

Félix Pífano Capdevielle
Félix Pífano Capdevielle

Es un venezolano de dimensión planetaria y nació en San Felipe, Yaracuy, el 1 de mayo de 1912. Su distinguido nombre: Félix Pifano Capdevielle, un gigante de la ciencia, hijo de Carmelo Pifano, italiano, y Josefina Capdevielle, yaracuyana, hija del francés  Domingo Capdevielle y Emilia Puyano, yaracuyana de San Pablo.

El martes, Día del Trabajador, se cumple el primer siglo de nacimiento de este insigne sabio, trabajador y orfebre de la ciencia, que hizo de la sencillez y la humildad una forma de vida y del saber y el conocimiento, la expresión más elevada de su fecunda existencia.

Rafael Mucci Mendoza, médico y catedrático universitario, al hacer una semblanza del ilustre centenario, que fue producto de tres culturas: hijo de italiano, abuelo francés y madre venezolana, dice que, al conocerlo, lo “impresionó aquel hombre de pequeña estatura, cabeza inclinada hacia un flanco, hablar pausado y tranquilo”.

Por su parte, Manuel Rodríguez Cárdenas, poeta y abogado, su amigo entrañable, contemporáneo (nació el mismo año, 1912) y compañero de aula en el Colegio La Salle, de Barquisimeto, lo describe así (fragmentos): “Era menudo, pequeño y delgado; padecía de un quebranto que le deformaba el cuello y miraba las cosas con ojos asustadizos”. Para mí, y así lo consigné en uno de los muchos reportajes que publiqué sobre nuestro admirado y querido sabio, siempre lo vi “con ojos de santo, expresión dulce y contagiosa”.

Vida de Pifano plasmada en un libro

En una carta (06/11/1984) que Félix Pifano le dirige a su hijo Edmundo, médico también, le dice en fragmentos: “Te entrega personalmente esta carta mi amigo Cruz Ramón Galíndez, familiar de mis amigos del Yaracuy, intelectual, periodista y mi biógrafo”. En vida del Maestro, cumplí en parte los deseos del célebre científico y humanista.

El 15 de noviembre del 2002, coordiné y redacté un suplemento de 32 páginas, donde está reflejada su ejemplar existencia que, junto con reportajes publicados en impresos de Barquisimeto, San Felipe y Caracas, fueron recogidos en el cuerpo de un libro, aún sin editarse, por motivos ampliamente conocidos (artículos publicados el 13, 14 y 15 de abril en este mismo matutino).

Esa obra contempla entre otros trabajos periodísticos escritos y publicados por mi persona: “Félix Pifano simboliza la moral médica-científica y el trabajo creador en un país en crisis”, “Un científico que hace de la humildad un real ejercicio de grandeza” “Félix Pifano Capdevielle: Valor de Yaracuy y científico venezolano de fama mundial”, “La mapanare de Félix Pifano”, “La música como factor de vida en el mundo de Einstein y Pífano”, “Félix Pifano y la Asociación Medica del Yaracuy”, “La Biblioteca Félix Pífano y las palabras del sabio”, “Para Pifano los noventa son los años del perdón y la gratitud una constante de la existencia”, “Homenaje en la UCV (1984) y aplausos en el Teresa Carreño (1996)”, “Félix Pifano Capdevielle: músico y compositor”, “Ovación para Félix Pífano”, “Félix Pifano: Incansable trabajador de la ciencia” y “Félix Pifano Capdevielle: Científico y humanista” (titulo del libro), donde se incluyen también trabajos de Manuel Rodríguez Cárdenas, Francisco de Sales Pérez, Lisbella Páez (yaracuyanos) y el trujillano Jorge Maldonado Parilli; prologo de Ángel Rafael Orihuela, testimonios de Enrique Domínguez Capdevielle, Vicente Fernández, Verónica Atencio  y conferencias del propio Félix Pifano.

De San Felipe a la cumbre de la ciencia y el saber

Félix Pifano es sanfelipeño y nació justo el día del onomástico del Patrono de la ciudad (San Felipe Apóstol) y el mismo día también cuando se reunió el Ayuntamiento (1731) para darle el nombre a la capital yaracuyana como San Felipe El Fuerte. Bajo esa significación histórica nace este eminente venezolano del siglo XX, que estudió la primaria en la entrañable escuela federal “Padre Delgado”  y en el Colegio Montesinos, que dirigía el bachiller Trinidad Figueira, en San Felipe, en tanto que el bachillerato lo hizo totalmente en el famoso Colegio La Salle, de Barquisimeto.

El título de bachiller lo obtuvo en 1929, y seis años después, en julio de 1935 alcanzó el grado de Doctor en Ciencias Medicas, en la Universidad Central de Venezuela, a los 23 años de edad. Desde 1935 hasta 1939 fue médico rural en Yaracuy y Jefe del Servicio de Medicina Interna del viejo hospital San Agustín; médico Jefe de la Estación de Malariología de San Felipe; desde 1939 hasta 1941, Protozoólogo del Instituto de Higiene del Ministerio de Sanidad de Asistencia Social, en Caracas. En Caracas también, de 1941 a 1958, fue médico Jefe de la Sección de Investigaciones Parasitológicas del Instituto Nacional de Higiene, Ministerio de Sanidad y Asistencia Social.

En el marco de la docencia, en 1932, fue profesor de biología del Liceo San José, de Los Teques, Estado Miranda, y de 1934 a 1935 fue Monitor de Clínica Medica, Monitor de Clínica Obstétrica e Interno del Hospital Vargas, de Caracas. Desde 1941 hasta su muerte fue profesor titular de la catedra de Medicina Tropical de la UCV. Entre 1944 y 1946 fue Decano de la Facultad de Medicina de la UCV, y desde 1947, fundador y director del Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, que hoy lleva su ilustre nombre.

Pifano fue individuo de Número de la Academia Nacional de Medicina, y miembro de sus similares venezolanas en Brasil y Colombia, miembro del Comité de Expertos en Enfermedades Parasitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y miembro de las Sociedades venezolanas de Gastroenterología, Cardiología y Anatomía Patológica. Impartió enseñanzas a más de 15 mil de estudiantes de medicina y dos promociones llevaron su egregio nombre en 1957 y 1972. 

Carmelo Pifano, carga en sus brazos a quien sería el precursor de la medicina tropical Latinoamericana
Carmelo Pifano, carga en sus brazos a quien sería el precursor de la medicina tropical Latinoamericana

Conquistó, entre otros, los premios siguientes: “Alejandro Próspero Reverend” (1938);  “Vargas”, de la Academia Nacional de Medicina (1940); “José Gregorio Hernández” (1943); “Rafael Rangel” (1976) y Premio Nacional de Ciencias (1996). Fue laureado por la Academia Nacional de Medicina de Paris (Francia), en 1949, y entre las condecoraciones venezolanas otorgadas se cuentan la del Libertador (Grado de Caballero, en 1953 y Grado de Comendador, en 1970); “27 de junio” (1° y 2° clase); “Diego de Lozada” (1° y 2° clase); “José María Vargas” (UCV, 1976); “José Izquierdo”, del Colegio de Médicos del Distrito Federal en 1979 y “Enrique Tejera”, del Ministerio de Sanidad de Asistencia Social, en 1981.

Esta es la breve ficha bibliográfica de un científico venezolano de transcendencia internacional, que dijo alguna vez, que no le atribuye “suficiente importancia a su persona, como para referir a otro acto de su vida, y que si en alguna ocasión he tenido que apelar a ello no es para preservar un pasado sino para actualizar un presente y promover un porvenir”. Y, hace 30 años me confesó: “Y si algún ruego tengo que hacerle al destino es que la muerte me sorprenda trabajando”. Así fue. Palabra de un hombre que nació el Día Internacional del Trabajo.

Mensajes aleccionadores del sabio científico

En víspera de recibir el Premio Nacional de Ciencias, en 1996, cuando había cumplido 84 años, recordó: “ Yo me gradué de médico a los 23 años de edad, el 27 de julio de 1935; al tener el titulo regresé a mi región nativa, en donde transcurrió mi infancia y parte de mi adolescencia…Desde muy niño hacia excursiones en el campo, recolectando animales, sobre todo serpientes y toda aquella fauna ofensiva al hombre, cuando llego al Yaracuy, sin ningún cargo, por mi propia cuenta, con un microscopio que me vendió un agrónomo que venia de Puerto Rico, organizo un pequeño laboratorio, siguiendo mi trabajo de tesis sobre serpientes ponzoñosas”.

Con su marcado acento de catedrático universitario, el doctor Pifano, al referirse a la conducta de sus colegas, recordó lo siguiente: “Insisto en que tan pronto como el médico asume la responsabilidad de enfrentarse a un paciente, debe poner todo su esfuerzo en el diagnóstico, tratamiento y prevención de las dolencias que lo afectan, en el sentido de formar conciencia sanitaria”. En su línea de guía de los nuevos profesionales de medicina, el doctor Pifano recomendó:

“El médico joven no solamente debe estar preparado para comportarse ante su paciente, es decir, cómo manejarlo, conducir un examen clínico, establecer un diagnóstico y formular un tratamiento. Debe conocer como actuaron sus predecesores. Cómo y dónde ejercía sus funciones de trabajo, recursos disponibles y manera de utilizarlo con el análisis critico de sus actuaciones que podrían ser erróneas.  El médico debe tener la mente muy clara para comprender y aceptar que la medicina marcha inexorablemente hacia la socialización”.       

En cuanto al destino del país y los educadores, destacó: “Soy de los que cree que nuestro destino esta en mano de los educadores, sobre todo en circunstancias en que trabajamos al encuentro de nuestro tiempo con generaciones que buscan y exigen de nosotros una mejor compresión y solución de sus problemas. Es necesario educar a esta juventud, fijarle un objetivo y trazarle rumbos sin pretender cambios violentos en el breve periodo de una generación. Se necesita más preceptoras y maestros que profesores y simples transmisores de conocimientos. Se requiere educadores de gran compresión y tolerancia, honestos, con mentalidad abierta a la discusión y la autocritica y con amplio sentido de la responsabilidad y espíritu de sacrificio. Educar es formar al hombre con criterio universal para situarlo en condiciones de sincronizar sus preocupaciones con la realidad del medio y con las exigencias de nuestros tiempos”.

En una conferencia, al referirse a la juventud, dijo en fragmentos: “He tenido a través de mi existencia una profunda fe y confianza en la juventud. La juventud debe estar perfectamente consciente del papel que le ha correspondido en la historia de la humanidad y en el momento presente. Jamás en la historia del Asia y del África representó la juventud una fuerza como la actual…Nunca se ha desarrollado una generación bajo la constante amenaza del ser destruida por las armas atómicas. Los estudiantes saben muy bien que deberán seguir siempre ampliando sus estudios si se quieren mantener al mismo paso del desarrollo”.

Epílogo y huella imperecedera de Félix Pifano

Pifano fue un yaracuyano, un venezolano, un latinoamericano de excepción. Reitero: Su fama, por su obra científica, traspasó nuestras fronteras; de una inteligencia superior, sabemos que el héroe, el santo, el genio, tuvo que expiar en vida, como Bolívar, su propia grandeza. Y saber que Pifano como el Libertador era pequeño de estatura, pero gigantes en la obra estelar de ambos. La obra magna de Félix Pifano, fue investigar y combatir el Mal de Chagas, que lo catapulto como un icono en la materia, de las enfermedades tropicales.

Cuando nuestro sabio cumplió ocho décadas, nos dijo, poéticamente, en fragmentos: “En mi situación, relacionada con mi edad cronológica, me resisto a dejarme incorporar por la fuerza del averno, a esa órbita de la víspera declinante del lucero de la tarde. Es por ello que, cuando llegamos a estas edades, solo tenemos por delante dos cosas: uno, el tiempo que va consumiéndose irremediablemente; y el otro, la voz, que empieza a decaer como el sol disipa la niebla”.

Félix Pifano fue un hombre digno, austero, integro y ejemplar, tanto en su vida pública como en su vida privada, hogareña. Casado con Angelita Cordido, en 1936,  procreó  cuatro hijos: Edmundo y Hernán (médicos) y Alicia y Emilia, que le proporcionaron 10 nietos, y uno de estos se llama Félix Pifano, como su insigne abuelo.

Cabe destacar que Pifano jamás prestó su nombre para cargos públicos y políticos, como el de Ministro de Sanidad, que todos los presidentes de la democracia le ofrecieron, porque, a su juicio eso neutralizaba el desarrollo de su actividad científica investigativa que se propuso desde sus años de estudiantes. Amén de su actividad científica, donde “experimentó una larga vida signada por el éxito en todas las disciplinas que abarcó”, al decir de Ángel Rafael Orihuela, cabe destacar sus 250 escritos en revistas de circulación mundial y una faceta poca conocida de músico y compositor, virtuoso en la ejecución del bandolín y el piano, sus dos inseparables instrumentos musicales, sus compañeros en alegres serenatas, cuando el amor despertó en su corazón y compuso el vals “El Tábano”, en honor a su esposa Angelita.

La modestia y sencillez de Félix Pifano fue ilímite. Cuenta su primo hermano y discípulo Enrique Domínguez, a guisa de anécdota que, cierta vez llegó al consultorio del científico una señora y le preguntó al sabio: “¿Cuántas vidas ha salvado usted?”. Y, Pífano, le respondió: “Que yo recuerde, una, en el rio Macagua, cuando un campesino se estaba ahogando y le tendí un trozo de árbol para que no se ahogara y se salvo”.

Félix Pifano es un gran yaracuyano, un inmenso venezolano que falleció físicamente el 8 de agosto del 2003, a los 91 años, para ingresar al sagrado Panteón de los Inmortales.    

Carmelo Pifano, italiano, y Josefina Capdevielle, yaracuyana, hija del francés  Domingo Capdevielle y Emilia Puyano, yaracuyana de San Pablo
Carmelo Pifano, italiano, y Josefina Capdevielle, yaracuyana, hija del francés Domingo Capdevielle y Emilia Puyano, yaracuyana de San Pablo