El gigante

Cuando voy pasando frente al viejo hospital ubicado en la calle 28 entre quinta y séptima avenida, a dos cuadras de mi casa, observo una gran sombra que se viene desplazando por toda la 28. El dueño de aquella sombra caminaba con unos movimientos desgarbados que hacían más grande su ya de por sí gigantesca figura.

 

Leonel Hernández / Caricatura: Eduardo Tovar

Fotografía: Colección de William Ojeda García

(2do lugar de la II Bienal “Domingo Aponte Barrios” 2015, bajo el seudónimo “El Pici”)

Bitácora del Cronista
Julio Tota (Sosa) tenía unos cuantos años de edad, pero su mente no pasaba de cinco y así lo demostraba

“¡Muchacho el carajo, pórtate bien, que si no Julio Tota te va a llevar!”. Con esas palabras mi madre, como la mayoría de las madres de aquel San Felipe de comienzos de los años setenta de la anterior República, pretendía que entrara al redil cuando por alguna travesura me descarriaba un poco y no guardaba la compostura que, según ella, debería guardar un niño de siete años, que a lo sumo tenía yo en aquel entonces. Un frío espantoso recorría mi cuerpo cuando oía aquella amenaza y en mi mente imaginaba cómo aquel gigante que llamaban Julio Tota me cargaba y, raudo en su carrera, me llevaba a sus aposentos, donde tenía una gran celda para encerrar a los niños que se portaban mal. Mis pensamientos eran alimentados por las historias que, sobre este personaje, nos contaba todas las noches Miguelín, bajo las luces del poste de la casa de la señora Paula, a la mitad de la avenida 7 con la calle 28. Miguelín era el de mayor edad de quienes nos reuníamos bajo ese poste todos los santos días, y que a golpe de 7 de la noche estábamos allí puntuales, sin convocatoria previa; jugábamos el escondío, la loca, tonga y otros juegos especiales o hechos a la medida para la intensidad de la luz que aquella bombilla amarillenta producía. Luego de una o dos horas de juego y de sudor, y a veces de lágrimas y sangre, finalizábamos oyendo las historias o cuentos con que Miguelín nos deleitaba, que iban desde historias de la Llorona, la Sayona, hasta cualquier historia que le hubiese pasado a él en su colegio durante el día, o que él inventaba como lo hacía casi siempre que contaba alguna historia del gigante Julio Tota. Miguelín era el líder. Además de ser el de mayor edad, estudiaba 6to grado en el Fray Luis Amigó y eso le daba un gran prestigio y respeto, mezclado con cariño y admiración de nuestra parte. Siempre terminaba la noche con un grito de cualquiera de nosotros: “¡Corran! ¡Ahí viene Julio Tota!”. Y corríamos despavoridos hacia nuestras casas a escondernos de aquel gigante...

Fría la mañana, en aquel San Felipe de los sesenta, en aquella edificación que servía de asiento a la Comandancia de la Policía y que en su interior tenía los calabozos, que eran las jaulas donde se encerraba a quienes contravenían las leyes, es decir, a quien estaba en resguardo por ser culpable de un accidente de tránsito, por haber dirimido a coñazos una disputa, por no haber querido pagar una cuenta en algún bar y hasta a quienes habían osado robarse una gallina para preparar un sancocho a orillas del caudaloso Yurubí, El Chorrito o Tres Quebrás. Estos eran los delitos más comunes que se cometían en San Felipe por aquellos años, y entre los barrotes aquella mañana se oía:

-¿Quién es ese?

-Nadie sabe.

-¿Qué hizo?

-Se rascó, creo, y se agarró a coñazos con los policías y entre ocho fue que pudieron dominarlo.

-¿Y dónde fue eso? ¿En el bar Volante, en el Junín de Pedro Pinto, en el bar Paraíso o en El Avión de Chucho Elorza?

-No, fue en Guama. Parece que ese cipotón es de allá de donde llaman Los Chucos.

Cuando el secretario de la Comandancia llegó, vio cómo entre cuatro efectivos le caían a peinillazos a un detenido. Allí mismo, en pleno calabozo, intervino para detener aquella salvaje agresión:

-Epa, ustedes están locos, dejen a ese pobre hombre.

-¿Locos, Nelson? Tú tenías que haber visto cómo dejó a los policías que lo trajeron ayer de Guama –le contestó Bartolo Dudamel, El Tigre, que así se apodaba el policía de mayor rango.

-¿Y de qué se le acusa? –preguntó el secretario

-Desorden en la vía pública y resistencia a la autoridad –respondió otro de los policías.

-Pues dejen que pague sus delitos como la ley manda y déjenlo tranquilo –increpó el secretario.

A los funcionarios no les quedó más que obedecer. Al día siguiente, el secretario se acercó a la celda de castigo donde permanecía el detenido, abrió los cerrojos, empujó la reja y pudo ver a aquel hombre con su cuerpo lleno de moretones, causados por los peinillazos y rolazos que había recibido. Le llamó la atención la altura de aquel hombre, su vestimenta toda raída por el tiempo y el uso, los pies descalzos en el frío piso. Le dio la mano y lo invitó a salir de aquel hueco en donde estaba, sacó dos empanadas de una bolsa y se las ofreció, y aquel hombre las deglutió casi enteras. Le acercó una totuma con agua para que bebiera, y su sed de dos días, acompañada del ratón del mismo tiempo, fue mitigada. Por primera vez sus miradas se cruzaron y Nelson le preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Y aquel hombre dibujó una sonrisa en su moreteado rostro y como tomando tiempo para buscar en su cerebro la repuesta, al cabo de algunos segundos respondió: “Julio Tota”.

Pasaron los días. El hombre sanó de sus heridas y cumplió el castigo impuesto. Al momento de liberarlo, se dirigió a sus captores y les dijo con una gran sonrisa: “¿Me puedo quedar?”. El comandante, el secretario y algunos policías se rieron de lo que Julio Sosa, que era su verdadero nombre, les acababa de plantear, que más que una pregunta era como un ruego. El comandante Pedro Telmo Escalona le preguntó: “¿A qué te dedicas? ¿Qué carajo sabes hacer?”. Y Julio Tota dijo: “¡Todo lo que me manden!”. Y para comprobar que lo que dijo Julio Tota era cierto, Nelson sacó un bolívar de su bolsillo y le pidió que le comprara una caja de cigarrillos. Julio Tota riendo le respondió: “¡Ah vicio! ¡Filis Morris!” (Philips Morris era la marca más famosa de cigarrillos en esa época), lo que causó la risa de todos los presentes. Al rato apareció Julio Tota con la caja de cigarrillos y el vuelto completo del mandado que había hecho, y ese fue el primero de muchos que desde aquel día realizaría para todos en esa Comandancia. Desde el comandante hasta cada uno de los presos tenían en Julio Tota quien les buscara lo que ellos necesitaban, es decir, desde ese día se convirtió en el Ordenanza de la Comandancia de la Policía de San Felipe, oficio que cumplía a cabalidad: desde buscar la comida en el negocio de Felipe Rabán, hasta una hojilla o una lata de chimó a que Julián Alejos y algunas veces hasta una botellita de ron o aguardiente a que Herminio Castillo.

En sus pensamientos Julio Tota se sentía feliz. Él que nunca había tenido orden en su vida, ahora lo tenía para serle útil a los demás y así andaba calle arriba y calle abajo en aquel San Felipe del Santo Patrono, cumpliendo con lo que le ordenaban. Al negocio que llegaba, luego de saludar con su “¡Ciontío!”, sacaba la lista de las cosas que le habían pedido en la Comandancia y con una gran sonrisa de niño bueno, que era lo que en realidad era, tomaba las cosas y presuroso se iba a entregar su pedido en correcto orden. Tenía unos cuantos años de edad, pero su mente no pasaba de cinco y así lo demostraba. Su gran tamaño recordaba a los primeros habitantes de las Islas Canarias, los guanches, y lo más probable es que sus genes fuesen de esta raza, ya que en tierras yaracuyanas habitan muchos descendientes de españoles canarios. A veces algún vecino le brindaba un trago, casi siempre de ron, aguardiente o cocuy y él, solícito, se lo empinaba, causando en su pequeño cerebro el más completo desorden y a su vez, en su gran cuerpo, un completo descontrol que lo llevaba a recorrer todo San Felipe. Por la 5ta avenida se armaba el alboroto: “Ahí viene Julio Tota”, y la gente, sobre todo los más pequeños, corrían a esconderse de aquel gigante. Él feliz, en su mundo, repartía besos por doquier y su frase predilecta, “¡Ciontío!”, era como su grito de guerra.

Era sábado del año 1971. No recuerdo la fecha exacta, pero sí la gran emoción que embargaba a todos los venezolanos. En ese día un caballo de nombre Cañonero 2, conducido por Gustavo Ávila y entrenado por un yaracuyano nacido en Marín, Juan Arias, logró una proeza: ganó uno de los clásicos más importantes del hipismo en los Estados Unidos. Todo fue celebración y fiesta en Venezuela, así que mi amigo Gonzalo y yo, aprovechando aquel jolgorio, nos mezclamos con la muchedumbre y nos fuimos hasta la mismísima plaza Sucre a acompañar a los adultos que celebraban eufóricos el triunfo de aquel caballo en tierras del Tío Sam. Ya eran casi las ocho de la noche cuando le indiqué a Gonzalo que debíamos irnos y él, no tan solo no mostró ningún interés por mi propuesta, sino que se burló de la misma. No me quedó más remedio que regresarme solo a mi casa.

Cuando voy pasando frente al viejo hospital ubicado en la calle 28 entre quinta y séptima avenida, a dos cuadras de mi casa, observo una gran sombra que se viene desplazando por toda la 28. El dueño de aquella sombra caminaba con unos movimientos desgarbados que hacían más grande su ya de por sí gigantesca figura. Nos encontramos frente a frente, y por más que quisiera escapar, mis piernas no me respondían. Estaba petrificado, el miedo era total. Allí, aquella noche, cara a cara, me encontré con el terror de mis sueños, el mismísimo Julio Tota. Se me quedó mirando fijamente, cerré mis ojos y me dispuse a esperar lo peor.

Sentí unos dedos que, como una tenaza, apretaban mis mejillas, y sin sentir el más mínimo dolor, en mis oídos tronaba aquel grito de: “¡Ciontío!”, y siguió caminando calle abajo con rumbo desconocido. Ese fue mi único encuentro con aquel gigante. Desde ese día no supe más de él; se fue lejos, montado en un rayo viajero de ilusión hacia el Olimpo o hacia el Cielo de los Gigantes, y allí debe estar ahorita. ¡Qué falta hace en estos momentos, cuando hay tantos carajos que se portan mal! Y ahora con tanta desunión, qué bien haría su grito de cariño y amor, qué bien nos sentiríamos, como me sentí yo ese día, al escuchar un sonoro y fuerte “¡CIONTÍO!”.

La Banda Seca frente a la Comandancia de la Policía en 1966 frente a la calle 9 que aún era de libre tránsito
La Banda Seca frente a la Comandancia de la Policía en 1966 frente a la calle 9 que aún era de libre tránsito