AQUELLOS AÑOS DE MOZO

A las 5:30 am logramos llegar a la primera loma del cerro, donde podíamos observar a San Felipe en todo su esplendor. ¡Qué vista tan maravillosa aquella! Nos parecía que estábamos descubriendo a San Felipe, y de alguna manera era así pues las luces nos orientaban para identificar las avenidas principales y algunas calles chispeadas de destellos. Y resultó espectacular para nuestros ojos de adolescentes de 16 y 17 años, divisar a lo lejos a Puerto Cabello desde ese lugar.

José Manuel Torrealba Daza/ Foto: Maryely Martín

San Felipe sigue luciendo precioso desde las alturas
San Felipe sigue luciendo precioso desde las alturas

Transcurrían aquellos primeros años de la década del 70, aun con la impregnación de todas las cosas maravillosas vividas en la década anterior y esta historia ocurrió por allá en mayo de 1972. Eran aquellos tiempos de hermosas canciones, con letras inolvidables que llegaban al alma y que transcurridos los años nos atrevemos aun a cantarlas completas, con pocos errores las piezas musicales interpretadas por Los Dart, el Grupo Mermelada y Los 007: Tú la vas a perder, reflexiones de mi vida, el tiempo de una botella, el último beso y matrimonio, entre otras; tiempos de minitecas donde nos reuníamos los chamos a partir de las 11 am en el Country Club, Club Teléfonos, Club Los Eléctricos y otros, donde disfrutamos alegremente bailando con el amor de nuestra primera juventud y cuando los amigos nos invitábamos para una fiesta con minitecas, decíamos: “el domingo vamos a güelé nucas al contry, ok”.

Claro que no solo eran fiestas y diversión, también nos llamaba el deber a prepararnos a conciencia para un mejor futuro y como nos lo pregonaban nuestros padres y maestros, que seríamos nosotros quienes dirigíamos los destinos de la patria y por ello había que cultivarse en las ciencias y las letras; por esa razón veíamos en las calles y avenidas de San Felipe a muchos jóvenes estudiantes con su chaqueta, su silla de extensión al hombro, un manojo de libros y cuadernos debajo del brazo, y no podía faltar el termo de café con su aromático contenido, que nos espantaba el sueño a tiempo cuando éste nos asaltaba. Recuerdo que cada estudiante o grupo de estudiantes tenía su lugar fijo de estudio y esto era “religiosamente” respetado por el resto de compañeros, para evitar una reprimenda por parte de los que rutinariamente ocupaban el lugar.

En la isla de la Avenida Yaracuy

Nosotros estábamos conformados en un grupo de seis estudiantes: Raúl Ernesto Freytez Quiñonez, Yorman Gustavo Téllez Petit, Pablo González Muñoz, José Antonio Ibarra Ávila, Pedro Moreno Muchacho y yo, José Manuel Torrealba Daza, teníamos nuestro feudo para estudiar en la avenida Yaracuy a la entrada de la urbanización la Ascensión y del callejón El Casabe, bajo los postes de luz N° 2 y 3, exactamente, allí transcurriría nuestra actividad estudiantil nocturna casi todo el año. Los vecinos del lugar nos reconocían y nos extrañaban cuando venía el tiempo de vacaciones y muchos decían: “esos muchachos sí hacen falta, con sus grisapas y todo”.

El inicio de la actividad de estudio era un ritual. Primero sobrevenía de manera espontánea una larga tertulia, poniéndonos al tanto de todos los hechos importantes ocurridos durante el día y luego iniciábamos el estudio, con interines de media hora, para buscar mangos en el zanjón de burgos o en la granja Santa Ana, y allí permanecíamos hasta la una de la madrugada. Una vez escanciado el termo de café y todo el avío, un día nublado del Mayo sanfelipeño, llegamos como de costumbre al lugar de estudio, y ya la tarde ocultaba casi totalmente el cerro Chimborazo, al que también se le conocía como “La Esperanza”, porque allí estaba la Hacienda La Esperanza de Alfredo Velásquez, en el Pico el Tigre; imponente frente a San Felipe en donde -un poco más abajo- se enciende todas las navidades La Cruz de la Esperanza, como un símbolo de nuestra fé cristiana. De repente, mirando el cerro, dice Yolman: ¡Qué bonito es ese cerro! Y nunca lo hemos visitado. Yo le contesto enfáticamente: y qué estamos haciendo que no hemos subido a ese cerro?..., bastante tiempo hemos tenido. Pedro en tono retador, dice: vamos pasado mañana, pero eso sí, nos vamos de madrugada para ver cómo se ve San Felipe desde allá, y en eso brinca Raúl presto al reto para decir decidido: ¡yo seré el guía!, porque yo me conozco todos esos caminos, los he recorrido a caballo con mi amigo Orlando Velásquez. Antonio, ante esta declaración épica de Raúl, le recuerda que hay que conocer muy bien el camino y que él no cree eso que dice; porque Orlando Velásquez sólo cabalgaba en los predios de la Hacienda “La Esperanza”, y ésta estaba bien lejos de nuestra meta. ¡Cuidado con una vaina, pues!, sentenció.

El viaje se preparó para el día sábado por la madrugada y salimos a las 3 am de mi casa, frente al hotel Yaracuy, solo faltó Pablo a la cita; el resto del grupo arrancamos en nuestra aventura, subiendo por la avenida Yaracuy hasta llegar al Hospital Central Plácido Daniel Rodríguez Rivero, luego nos dirigimos por el camino del Cerrito, arriba en el barrio La Mosca a un costado del hospital y seguimos por el camino central, ese que ahora lleva a una zona militar, pero que para aquel entonces no tenía alcabalas, sino un camino libre que nos permitía transitar sin problema alguno.

A las 5:30 am logramos llegar a la primera loma del cerro, donde podíamos observar a San Felipe en todo su esplendor. ¡Qué vista tan maravillosa aquella! Nos parecía que estábamos descubriendo a San Felipe, y de alguna manera era así pues las luces nos orientaban para identificar las avenidas principales y algunas calles chispeadas de destellos. Y resultó espectacular para nuestros ojos de adolescentes de 16 y 17 años, divisar a lo lejos a Puerto Cabello desde ese lugar.

Si tú no vai, nosotros tampoco

Al clarear la mañana, los primeros rayos del sol aliviaron nuestros cuerpos entumecidos por la fría brisa que nos llegaba del este. A las 7 am continuamos subiendo la empinada cuesta del cerro y transcurridos unos 10 minutos, Raúl nos declara que no nos puede seguir acompañando en la subida porque se siente muy mal. La atiborrada de mangos de la noche anterior estaba haciendo estragos en su estómago; estaba sudoroso, frío, jadeante con nauseas y se tendió de espalda sobre la hierba, adoptando posición fetal y decúbito dorsal (de espalda, pues). Alternativamente tratamos de animarlo, pero “que va”, el muchacho se quería quedar y Antonio muy serio lo increpó: ¡provocái como guía!; aún así el Raúl insistía en quedarse, y que nos esperaría allí hasta que regresáramos, pero le dijimos que éramos un grupo y si él no subía, ninguno de los demás seguiría el camino: ¡Si tú no vai, nosotros tampoco! Esperamos a que se recupera y así pudimos continuar la marcha menos exigida; llegamos a la segunda loma, desde donde divisamos la Represa Cumaripa, allí pernoctamos, comimos y bebimos agua para continuar subiendo hasta entrar a la montaña, una zona paradisíaca, con vegetación tupida, árboles de gran tamaño: bucares, gusanillos, apamates, araguaneyes, muchas orquídeas y parásitas a cuya sombra crecen sembradíos de café y cacao, rosas de montaña por doquier, un paraíso pues, en donde al sol se le dificultaba llegar al suelo por la abundante vegetación. A nuestro alrededor múltiples ruidos de diferentes aves silvestres y cantos hermosos de muchos pájaros flanquearon nuestra empinada marcha, también eran evidentes las huellas de mamíferos, reptiles y otros animales sobre el suelo. Mientras pernoctábamos sentados sobre unas piedras del camino, se nos acercó un zorro muy hermoso que nos olfateó a unos 10 metros de distancia y luego se alejó raudo por el bosque moviendo su cola de manera armoniosa; Raúl casi pisa una serpiente de coral, la cual se armó para atacarlo, pero él sacó la cámara fotográfica y le tomó una foto, el flash ahuyentó a la serpiente que se internó entre la maleza.

¿Tú no vei que va a llover?

Iniciamos el retorno a las 12 del mediodía, y al llegar a la segunda loma nos topamos con unas 10 reses paciendo a su antojo, además de dos jumentas que de inmediato fueron capturadas por Antonio y Yolman para pasear en ellas, y una vez terminado su paseo las liberaron y Pedro exploró por el lugar donde se escuchaba el ruido de un arroyo. Pernoctamos en el lugar y bajamos al fondo del barranco, como 10 metros aproximadamente, dejamos la ropa, la comida restante y los demás enseres en la orilla del barranco, por recomendaciones de Raúl. Llegamos hasta donde estaba el arroyo y el agua sí que estaba fría, carajo; nos bañamos como una hora y salimos reconfortados, subimos y cuando llegamos al lugar donde dejamos la ropa y la comida, nos encontramos con las arepas y panes diseminados por todos lados y la ropa esparcida a varios metros de distancia de donde la habíamos dejado, solo quedaban algunas latas de sardinas y diablitos, la ropa estaba en buen estado, solo mi camisa había sufrido los embates de los dientes de una de las vacas, la masticó de tal forma que hasta los botones los volvió harina; le dije a Raúl: mirá lo que pasó por estarte haciendo caso, nojoda, y me respondió: tranquilo yo te regalo una guayabera que tengo en la casa, pero le pregunté… ¿y cómo me voy a ir a mi casa sin camisa?... sonrió y me respondió socarronamente mirando al cielo: ¿tú no vei que va a llover? Nos vamos tranquilos bañándonos en la lluvia porái pa’ bajo… y así fue. Las nubes vaciaron sus tobos de agüita fresca.

Regresamos a las 5 de la tarde, bajando entumidos como pollos remojados por la Avenida Yaracuy, con aquel palo de agua, comiendo mangos de los que hay en abundancia por allí. Fue una experiencia inolvidable recordar aquellos tiempos, luego de 43 años, cuando la inseguridad no te mantenía preso en casa.

“Quien recuerda sus vivencias, siempre será libre”.