Arepa, fogón y budare

La arepa siempre será la reina de la cultura gastronómica venezolana. (Foto Raimundo Torín)
La arepa siempre será la reina de la cultura gastronómica venezolana. (Foto Raimundo Torín)

Cuando hay arepas de por medio no habrá lámparas lujosas, ni vino y mucho menos manteles exquisitos. Si acaso mantequilla o margarina, queso rallado y diablito, ah, y un buen vaso de guarapo de papelón. Aunque al hablar de arepas el relleno es lo que cuenta, pero las “viudas” suelen ser infaltables para acompañar las comidas.

Desde su modesto nacimiento en las manos de la indígena y del campesino, hasta llegar a los hogares de todos los venezolanos, este sabroso manjar ha sobrevivido a los perros calientes, hamburguesas, pepitos y a los “aristocráticos” sándwichs, que mejor conocemos como sánguches, y hasta el personaje más emperifollado ha sucumbido ante su apetecible presencia rellena de múltiples delicias culinarias.

Las arepas más ricas se cocinaban en los fogones, muchos a fuego vivo y otros con tizones para guisar la comida del día a día; una humilde tradición hogareña que quizás en algunas regiones de Yaracuy y del país aún sobreviva, cuando nuestras abuelas y madres calentaban el budare a leña, abrasadas por el calor sofocante de los carbones. El budare, moldeado y cocido en barro por los aborígenes suramericanos, fue muy útil para cocer las cachapas, cazabe y las infaltables arepas. En la actualidad los elaboran de hierro fundido y su uso es frecuente en muchos restaurantes y hogares.

Hoy la arepa es un lujo por la dificultad de conseguir la harina de maíz, pero aún así jamás se extinguirá del hogar yaracuyano, aunque sí los fogones que pasaron a ser piezas de museo, desplazados desde hace mucho tiempo por las cocinas a kerosene, de energía eléctrica y gas. Aún así, la arepa siempre será la reina de la cultura gastronómica venezolana. (Raúl Freytez)